domingo, 14 de septiembre de 2014

Inmersión ¿o sumersión?


Hay lugares, como en Cataluña, donde se fomenta el bilingüismo. Siguen el método llamado de “inmersión lingüística” que consiste en utilizar la lengua local como vehicular para la mayoría de las asignaturas que se dan en las escuelas e institutos.

Lo contrario consiste en la “sumersión lingüística” que favorece el uso de la lengua dominante impidiendo y castigando el uso de la lengua propia de cada territorio. En geología, sumergir equivale a hundir o a hacer desaparecer un terreno bajo un manto de sedimentos.

Dada la educación que recibimos durante los cuarenta años de nacional-catolicismo y los otros cuarenta de santa-transición no es de extrañar que algunos individuos, como el ministro Wert, se obsesionen en impedir a toda costa que en su modelo de España se hable otra cosa que no sea el español, que ellos identifican con el idioma que se habla en Castilla, o sea, el castellano.

No hay más que observar cómo los sucesivos gobiernos de las Españas, desde tiempos del primer borbón, procuraron sin éxito acabar con el bilingüismo en los territorios conquistados para la corona. En Valencia casi lo consiguen pero en Cataluña están muy lejos de lograrlo.

Durante la guerra de sucesión, Felipe V de Borbón, el Animoso, (1683-1746) arrasó con furia las costas levantinas desde Xàtiva hasta Lleida. Ésto ocurrió al comienzo del siglo xviii. Sus decretos de Nueva Planta, fechados en 1715, recortaron los autogobiernos de Cataluña y Baleares castigaron el uso de la lengua catalana. Antes lo hizo en Valencia pero, salvo por un par de detalles, parece que muchos valencianos prefieren el olvido.

Más tarde, en 1848, el entonces idolatrado general Baldomero Espartero (1973-1879), siendo regente del trono, sofocó una revuelta en Barcelona a cañonazos. Suya es la célebre frase: «A Barcelona hay que bombardearla al menos una vez cada cincuenta años». De hecho, las fortalezas de Montjuïc y la Ciutadella tenían como misión la de amenazar con las bocas de sus cañones a quienes vivían en la ciudad. Una gente que seguía empeñada, precisamente, en que de sus bocas salieran voces en la lengua prohibida.

Los exabruptos de Espartero se habrían cumplido casi totalmente si en lugar de cincuenta años hubiera hablado de cien. Porque en 1938, otro militar, el fascista Francisco Franco (1892-1975) se encargó de repetir la “hazaña”. El “generalísimo” bombardeó la ciudad condal como hicieron Espartero y Felipe V unos cien y doscientos años atrás respectivamente. (Para ser exactos, fueron noventa en el caso del general y doscientos treinta y cuatro en el caso del borbón). Y de nuevo, persiguió el uso del catalán.

Pocos años antes, en 1923, el general Miguel Primo de Rivera (1870-1930), tras disolver las cortes y erigirse como dictador, dictó una de sus primeras medidas que fue, ¿cómo no? la de prohibir el uso de otra lengua que no fuera el castellano o el uso de símbolos tales como banderas vascas o catalanas. Es conveniente recordar que Primo contaba con el beneplácito del rey Alfonso XIII de Borbón (1886-1941), abuelo y bisabuelo de los dos que tenemos ahora.

Y fíjate dónde estamos. El pasado 11 de septiembre, los catalanes exigieron su independencia de España una vez más, mientras que Wert empezaba el curso escolar repitiendo los mismos errores que cometieron fascistas y borbones. Es decir, optando por la sumersión en vez de por la inmersión.

Es evidente que la lengua es uno de los elementos esenciales que construyen la identidad de un pueblo. Y por eso, fascistas y borbones tratan de que sea el castellano y no el catalán el idioma que se hable en las escuelas. Todo por la unidad y la grandeza de España, nos dirań.
 
Pero el lema franquista de “Una, Grande y Libre” estaba mal planteado. No digo que fuera erróneo, pero entiendo que no resulta efectivo cuando trata de imponer una identidad, la castellana, sobre las otras. Además, no era más que una impostura: No se pretendía “Libre” pues el mismo Franco fue siempre contrario a la democracia, al tiempo que su autoproclamado patriotismo no le impedía plegarse a los intereses de la Alemania nazi y luego a los de los Estados Unidos.

Más recientemente hemos visto como nuestros “patriotas de hojalata”, del PP o del PSOE, ceden nuestra soberanía permitiendo la instalación de bases militares norteamericanas, nos incorporan a la OTAN u obedecen los dictados neoliberales de la Troika, cambiando la Constitución para que prevalezcan los intereses de las empresas sobre los de los ciudadanos. Todo lo cual, no hace una nación “Grande”, sino más bien lo contrario.

Y tampoco somos “Una” porque nuestros gobarnantes, lejos de atraer a los ciudadanos de la periferia haciendo más atractiva la idea de España, se han dedicado durante décadas a ningunearles, amenazarles e insultarles. No es extraño que quieran irse.

Si lo que realmente se pretende es la unidad, probemos con otras propuestas. Por ejemplo, la de lograr que todos los niños de España, en Toledo, en Cádiz, o en Orihuela del Tremedal, aprendieran una decena de palabras en las diversas lenguas oficiales del estado español. No es tan difícil, y puede resultar hasta divertido. Mira:
«Bon dia, egun on, si us plau, agur, gràcies, besiños, eskerrik asko, musuak, goiza ona, bo día, cervexa, garagardo, fins aviat, bakea, pau, mesedez, estou namorado por ti, pensat i fet, ardo bat, un got de vi,...»
Con este juego, nos acercamos e ignorándolas, nos alejamos. Pensemos que, casi sin darnos cuenta, aprendemos palabras extranjeras tales como:
«Good morning, bona sera, please, arrivederci, bon appétit, ciao-ciao, thank you, prego, this is my house, prêt-à-porter, my phone, ça va, bon weekend, faire l'amour et pas la guerre, yes we can, oktoberfest, pizza o spaguetti, yellow submarine,...»
Si jugamos con las palabras que nos vienen de fuera, ¿por qué no lo hacemos con los nuestras?

Es un cambio de rumbo, lo que propongo. No sé si el ministro Wert escuchó la propuesta. Sigue amarrado el timón y no lo suelta. Pero, ¿por cuánto tiempo?



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