martes, 9 de septiembre de 2014

Memorias desde el dique seco


Los barcos, de vez en cuando, visitan el dique seco. Esto es, salen de su medio acuático para que su casco sea revisado y reparado. Estas operaciones reciben el nombre de “obra viva” o “carenado”.

La metáfora está servida. Los seres humanos, también de vez en cuando, salimos de nuestro medio y pasamos por revisiones físicas, médicas, mentales, laborales, financieras o sentimentales. Y algo de eso le ha pasado al autor de esta bitácora durante no ya semanas sino meses.

Te propongo que antes de hacernos de nuevo a la mar repasemos juntos lo que ha sido nuestra travesía hasta ahora. Una travesía que fue larga e intensa, que cuenta con más de ochenta entradas a día de hoy.

El viaje lo iniciamos a finales de septiembre de 2013, partiendo desde Königsberg (la actual Kaliningrado) motivados por llevar la contraria a quienes siempre empiezan la historia de la filosofía en Atenas, o más concretamente en Mileto.

Aunque ciertamente pronto pusimos rumbo al mar Egeo para enfrentarnos a la pregunta que se hicieron Tales y los presocráticos:
«¿Cuál es el elemento básico del cosmos?»
Luego recorreríamos el espacio que hay entre Heráclito y Parménides, pues el primero sostenía que todo fluye mientras que el segundo aseguraba que todo permanece. Esta dicotomía subyace en cualquier problema que nos hayamos planteado a lo largo de la historia del pensamiento.

Vimos como la idea de que el mundo está formado por átomos ya nos la anticipó Demócrito unos cuatrocientos años antes de nuestra era. Por otra parte, los cálculos de Eratóstenes resultaron ser muy exactos en lo referente al tamaño de la tierra. Los hizo, por cierto, doscientos años antes de Cristo.

Más tarde abordaríamos a los filósofos de Atenas: Sócrates, Platón y Aristóteles. Así supimos del método mayeútico (o socrático); del mundo de las Ideas; del mito de la caverna; del alma tripartita; de la gran cadena del ser; de la bóveda de las estrellas fijas. Temas muy sesudos que otros, como Diógenes, ponían ya en serios aprietos con sus ocurrencias y su estilo de vida.

Y no nos olvidamos de hablar de Epicuro. La historia de la filosofía tradicional tiende a obviar el pensamiento de los filósofos del Jardín. Por la influencia cristiana, evidentemente. Decíamos entonces que la ataraxia de los epicúreos supone lograr una total independencia de nuestro mundo interior frente a las amenazas que nos vienen de fuera. Es decir, que nos da las claves para no tener miedo:
«No tenemos nada que temer de ellos [de los dioses], pero tampoco nada que esperar». (Hersch, 2010; 71)
Al igual que los epicúreos, los estoicos también buscaban la felicidad. Pero la clave de la felicidad para los filósofos del Pórtico, consiste en la aceptación del destino, y no en el hedonismo.

Tocamos otros temas, como el relativismo o el zen. Y las ideas de Agustín de Hipona y Pablo de Tarso, que reintroducían el miedo a lo divino con el que marcaron el pensamiento de la Edad Media.

Recuerda que la Edad Media duró unos 1.000 años, casi nada. Te digo, desde el año 476, el de la caída del imperio de Roma, hasta 1492, año del descubrimiento de América. Algunos adelantan esta última fecha al 1453, cuando cae Constantinopla, la capital bizantina del imperio romano de oriente. O bien la hacen coincidir con la invención de la imprenta, de unos años antes.

Del periodo medieval destacamos la aparición de universidades alrededor del año 1000. Era como salir de un largo túnel donde el catolicismo dominaba todos los aspectos de la vida de los individuos.

Llegados al Renacimiento nos detuvimos a conversar con Maquiavelo. Supimos también de La Boétie, de Erasmo de Rotherdam, y de los humanistas. Con ellos, el hombre volvía a ser la medida de todas las cosas.

A principios de la Edad Moderna se quemaban libros, y personas. Todo en nombre de aquel Jesús que predicó sobre el amor al prójimo. La invención del demonio resultó fundamental para justificar ese proceder.

Fue en 1515 cuando Lutero clavó sus tesis protestantes en la puerta de la iglesia de Wittenberg. La intransigencia de los unos y los otros asolaron Europa con sus guerras de religión.

Dijimos que desde la óptica cristiana, nuestra vida trascurre entre dos paraísos. El de Adán y Eva, y el que dicen que nos espera en el más allá siempre y cuando seamos obedientes con quienes detentan el poder. Lo importante es que nos quede claro que no es posible (y tampoco se nos permite) construir un paraíso aquí en la tierra. Según ellos, vivimos en un valle de lágrimas. ¿O acaso te imaginas que otro mundo es posible, como cantaba John Lennon?

Y finalizamos esta primera fase planteando el racionalismo de Descartes:
«Pienso luego existo». 
Para terminar hablando de cómo funciona nuestro cerebro, cuando funciona.
Así que pongamos en marcha nuestros cerebros e izemos velas.

Locke nos espera.

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