sábado, 28 de noviembre de 2015

Las poles al sol

El pasado día 14 de noviembre, el McLaren de Fernando Alonso (1981) se paró a poco de comenzar la clasificación. Al verse obligado a esperar hasta que acabara la primera serie (Q1), alguien le prestó una silla y el español aprovechó para ver pasar los coches desde una posición inédita. La imagen llamó la atención desde el primer momento a los televidentes. Uno de los comentaristas de Antena 3, Cristóbal Rozalén dijo que le recordaba una película española: Los lunes al sol (2002). El director del programa se lamentó una vez más de la mala suerte del ex de Ferrari. Las redes sociales parafrasearon la ocurrencia como Las poles al sol.

Luego volveremos a este tema.

¿Qué tiene que ver la Fórmula 1 con la filosofía? Bueno, todo tiene que ver con la filosofía y afortunadamente poco tiene que ver con la Fórmula 1.
Pero los medios de comunicación dan una importancia extraordinaria a ésta mientras que ignoran la otra.

Aunque no dejo de recibir críticas por ello, soy de los que ven la Fórmula 1. No sé muy bien por qué. Me entretiene, sí, claro. Pero quizá tenga que ver con la nostalgia de aquellos primeros años 70 en los que por azar me vi dentro de esa zona que llaman paddock. Mucho ha cambiado desde que Bernie Ecclestone (1930) se hiciera con el control de este circo en 1978. Control que ha durado más de treinta años y que sólo parece tambalearse a partir de los procesos judiciales en los que se haya inmerso desde 2014.

De todo ésto no te hablan en Antena 3 ni en las cadenas que antes compraron a Ecclestone los derechos de retransmisión de la Fórmula 1. Como cualquier otro espectáculo, las carreras de coches de “la categoría reina” cuentan con sus héroes (nacionales) y sus propagandistas. A los españoles nos han vendido que el “nuestro” no puede ser otro que Fernando Alonso. Quien ha ejercido como su hagiógrafo es Antonio Lobato (1965) que también ha sido la cara de este deporte a lo largo de doce años consecutivos. La carrera de este fin de semana será la última pues ya ha anunciado su retirada. Atrás quedan frases cargadas de adrenalina y amor ciego por un solo piloto, que casualmente es de Oviedo como él.
«¡Magic Alonso está volando literalmente sobre la pista!».
Ni que decir que a veces el héroe se convertía en superhéroe. Lobato seguía insistiendo en que tenía “poderes”, que hacía “magia”, que tenía algo que los demás pilotos no tienen. Un amor incondicional lleva tal vez al odio, en ocasiones muy poco disimulado, hacia quienes le han aguado la fiesta al piloto asturiano: Sebastian Vettel (1987) y Lewis Hamilton (1985). El alemán y el inglés han acaparado siete de los nueve títulos posibles del Formula One World Drivers' Championship desde que en 2007 Alonso lo ganara por segunda y última vez. Lobato ha sido el que más empeño pondría en mantener la ilusión de que aquella no sería la última. Los hechos han demostrado no sólo que se equivocaba, sino que su palmarés iba a ser pronto superado por otros pilotos, como es el caso de los dos que he mencionado.

La simbiosis Lobato-Alonso se nota en el poco interés que ha despertado la figura emergente de otro español: Carlos Sainz Jr. (1994). La atención sigue centrada en “nuestro” bicampeón mundial, aunque sea para llorar sus salidas de pista, sus pinchazos, sus abandonos o sus decepcionantes cronos. No es, como habrás supuesto, una cuestión de mero fanatismo patriotero, sino que tiene mucho que ver con los patrocinadores, con el dinero de la publicidad, contigo y conmigo.

El propio Lobato lo contaba en la Cadena Ser:
«Este año, estamos ante el peor nivel de popularidad de la F1 desde el 2003. Se nota mucho que la gente ha perdido el interés por este deporte; no solo en las audiencias, también en las conversaciones por la calle».
Resulta irritante –y con esto vuelvo al principio–, la falta de objetividad que Antonio Lobato ha mantenido a lo largo de estos años. Su caso demuestra a todas luces lo que ocurre con los “periodistas” a sueldo de empresas privadas. Ninguna pregunta incómoda a Emilio Botín (1934-2014) con ocasión de los millones que se llevaba a Suiza. Tampoco a Juan Carlos I (1938), ni siquiera en la época que estallaron los escándalos. Ninguna información crítica sobre la organización de Gran Premio de Europa en Valencia, cuya estafa repercute ya en los contribuyentes valencianos en forma de recortes. Curiosamente, Lobato se enciende cada vez que Vladimir Putin (1952) entra en escena con ocasión del GP de Rusia, pero nunca tiene una sola palabra para criticar a los líderes de otras potencias que tampoco respetan los derechos humanos.

La película Los lunes al sol trata de unos compatriotas nuestros que, sin comerlo ni beberlo, son despedidos de los astilleros donde trabajaban. Se quedan en el paro y, por edad, difícilmente encontrarán otro trabajo en su vida. Un drama social. ¿Lo comparamos con Fernando Alonso? El asturiano gana 97.222 euros al día. ¿Vas a seguir llorando cada vez que no se clasifique? Tampoco es cuestión de que cambies de colores y pases a engrosar los tiffosi que siguen a Vettel o Hamilton: ellos ganan más o menos lo mismo. (Sport, 12/08/2015)

La Fórmula 1 es un circo, sí, pero un circo muy caro. Forma parte de la vieja ecuación panem et circenses (pan y circo) que inventaron los romanos para entretener a la población y apartar su atención de los problemas que realmente le conciernen. Así, nos solidarizamos con la suerte de los mega-millonarios e ignoramos el drama de nuestros compatriotas que están en el paro o que serán desahuciados mañana o pasado.

La filosofía es común a quienes aman la verdad. ¿Crees que algún día alguna cadena nos contará la verdad de la Fórmula 1?
«En la Fórmula 1 no ocurren los milagros» –he oído decir tantas y tantas veces. 
Sólo hay lugar para la magia. Y sólo hay uno que es Magic.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Sin noticias del 11S

Ni los diarios lo llevan en sus portadas ni las cadenas de televisión abren sus informativos apelando al 11S. Han pasado muchos años desde aquel 11 de septiembre de 2001: catorce para ser exactos.

Apelar, ¿he dicho apelar? Apelamos cuando recurrimos a alguien o algo en cuya autoridad, criterio o predisposición ponemos nuestra confianza para dirimir, resolver o favorecer una cuestión. Y para eso, precisamente, se utilizaron los atentados contra las Twin Towers (torres gemelas) y el Pentágono: para zanjar cualquier discusión en torno al nuevo orden que las élites iban a imponer al mundo, empezando por los mismísimos Estados Unidos de América.

El 11S cambió la forma de ver el mundo de mucha gente y por eso es un tema que nos interesa como filósofos. Lo veremos a continuación.

Puede que estés pensando que vamos a dedicar esta entrada a las teorías de la conspiración que anticipábamos en 'Inmersos en las conspiraciones', hace sólo unos días. Pero no, hoy haremos otra cosa. Vamos a hablar, si te parece, de lo que ha significado el 9/11 (11S) en nuestra historia más reciente.

No sólo las portadas, sino muchos artículos, entrevistas, reportajes, discursos, declaraciones, etc. hicieron referencia a la infamia del 11S para luego justificar el lanzamiento de bombas primero sobre Afganistán, luego sobre Irak, y mientras tanto sobre Yemen, Pakistán u otros países. En otras palabras, el 11S serviría para emprender guerras preventivas contra otros países que ni siquiera habían amenazado con atacar a los Estados Unidos.

Las guerras pueden tener varios efectos positivos para las élites, por muchos y terribles que sean los efectos negativos para los ciudadanos. Estoy pensando no sólo en la relación que tienen con la extracción, el tráfico o la especulación de los recursos naturales (como el petróleo), sino también en el aumento del presupuesto en armamento. Las élites económicas las forman, entre otros, gente de la industria petrolífera y armamentista.

Bastó apelar al 11S para aprobar, en poco más de treinta días, la Patriot Act, una ley que acababa con la vigencia de los derechos humanos y las libertades civiles. Por poner un ejemplo, con esta ley se puede proceder a la inmediata detención de los sospechosos sin notificación a sus familiares y sin derecho a abogados defensores o notificación de causa... y con carácter indefinido.

Al pueblo norteamericano se le dijo que tenía que elegir entre su seguridad y sus derechos constitucionales. Pero la elección ya estaba hecha: el 7 de octubre de 2001, el presidente George W. Bush (1946) había declarado su War on Terror (Guerra contra el terrorismo) lo que colocaba a cualquiera que criticara su política en la posición de un enemigo del propio país, un traidor, un disidente o un presunto terrorista.

Para eso sirve poner a tu país en estado de guerra. Eso sí, no de una guerra cualquiera, sino que todo apunta a que se trata de una guerra perpetua.

Tanto es así que, a día de hoy, Wesley Kanne Clark (1944) sospecha incluso de quienes pierden un trabajo o rompen con una novia porque pasan a formar parte de un grupo de personas especialmente peligroso. Este general retirado tiene, aparentemente, poco que ver con el republicano y conservador Bush. De hecho, en 2003, se postuló como precandidato del Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, con el apoyo, entre otros, de Michael Moore (1954).

Sin embargo, catorce años después del 11S, Wesley Clark se declara partidario de encerrar a los estadounidenses “desleales“ que no apoyen la guerra contra el terrorismo, la que se inventó Bush:
«En la Segunda Guerra Mundial, si alguien apoyaba la Alemania nazi, a expensas de los Estados Unidos, no dijimos que ejercía su libertad de expresión. Los pusimos en un campamento. Eran prisioneros de guerra». (Nimmo, Kurt: «US General Wesley Clark Calls For Interning “Disloyal” Americans Who Do Not Support the “War on Terrorism”». Global Research. Toronto, 18/07/2015)
No sé muy bien como eran aquellos campamentos de los años 40 pero, a día de hoy, un campamento quiere decir Guantánamo, lo más parecido a uno de esos campos de concentración erigidos por los nazis. En sintonía con lo que dice Clark, no resulta tan extraño que el actual presidente Barack Obama (1961), [prematuro] premio Nobel de la Paz, siga sin cumplir su promesa de cerrarlo.

Tras el 11S se instauró la censura. Apelando al patriotismo, se acabó con la libertad de expresión:
«Hoy por hoy, desde el famoso encuentro que Condolezza Rice, Consejera de Seguridad Nacional, sostuvo con los dueños de las cinco principales cadenas televisivas del país el 10 de octubre de 2001, la prensa norteamericana aceptó la más férrea censura gubernamental. El 11 de octubre, un día después del encuentro con Rice, se logró la total capitulación de los medios de comunicación en Estados Unidos bajo el pretexto de los dueños de las cadenas de someterse por “patriotismo“». (Alvarado Godoy, Percy Francisco: «La renovación de la Ley USA Patriot: nuevo intento por perpetuar las violaciones y la antidemocracia». Rebelion.org, 11/05/2004)
El 11S sirvió, además, para justificar la tortura. La que se practicaba en la prisión de Abu Ghraib, en Irak, en Guantánamo u otros lugares clandestinos a lo largo del planeta adonde llegaban nuevos secuestrados mediante los vuelos secretos de la CIA. Para Bush, la Convención de Ginebra no tiene lugar en este caso, puesto que los terroristas no usan uniforme y no se rigen por las normas de la guerra. Un argumento que le servía para animar a sus agentes, con o sin uniforme, a actuar al margen de la ley y sin respetar los derechos humanos: es decir, como terroristas. (Saiz, Eva: «EE UU empleó técnicas de tortura tras los atentados del 11-S». El País, 17/04/2013)

Según el vicepresidente Dick Cheney (1941), a los que torturaron bajo sus órdenes habría que glorificarles y deberían ser condecorados. (Dann, Carrie: «Cheney on Interrogation Tactics: 'I Would Do It Again in a Minute'». NBC News, 14/12/2014)

Si fuiste de los que creyeron que Obama arreglaría los desaguisados de Bush, Cheney y CIA, siento decirte que te equivocaste. Todo sigue igual, o peor.

Por un caso de espionaje tuvo que dimitir el presidente Richard Nixon (1913-1994) en 1974. Sigue siendo el único que ha pasado por ese trance a pesar del espionaje masivo llevado a cabo por la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) durante los últimos dos años de Bush en la Casa Blanca y durante toda la etapa de Obama. El PRISM, que así se llama este programa de vigilancia electrónica, pudo llevarse a cabo, ¡cómo no!, apelando al 11S. De no ser por Edward Snowden (1983) ni tú, ni yo ni tampoco Angela Merkel (1954) sabríamos que nos estaban espiando. Aunque probablemente lo siguen haciendo.

Es cierto que la acción que presuntamente acabó con la vida de Osama bin Laden (1957-2011), un diez de marzo de 2011, tuvo el efecto de acabar con la eterna cacería del creador de Al Qaeda. Pero sólo fue para sustituirlo por un enemigo aún mayor: el ISIS. En 2014, el líder del Estado Islámico, Abu Bakr al-Baghdadi (1971), cortaba los lazos con Al Qaeda al tiempo que se autoproclamaba califa con el nombre de Ibrahim.

El 11S había servido para crear un enemigo creíble en sustitución de la amenaza que representaba la Unión Soviética (URSS). Pero con bin Laden amortizado, aún sirvió para rescatar de entre sus cenizas un nuevo monstruo del mal capaz de sembrar el terror y el caos en aquellos lugares del planeta donde a la élite le interese. La masa de inmigrantes que ahora cruza las fronteras de Europa es consecuencia, tal vez inesperada, de haber iniciado la Guerra de Irak y de haber creado y financiado tanto a Al Qaeda como al ISIS. Pero ya hablaremos de ello en otro momento.

Que el 11S haya dejado de ser noticia no significa que la gente haya aceptado el relato que se nos contó entonces como válido. Los del 9/11 Truth Movement (Movimiento por la Verdad del 11-S) cuestionan la versión oficial tanto en Internet como en mítines locales, conferencias nacionales e internacionales. Se llaman a sí mismos “9/11 Truthers” o “escépticos del 9/11”. Rechazan, en cambio, que les etiqueten de “teoristas en la conspiración”. Y, sí, de ellos también hablaremos. Pero otro día.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Chapoteando entre delfines degollados

Cada inicio de septiembre tiene lugar una matanza de delfines en Japón. Un rincón paradisíaco del parque nacional en Wakayama, se tiñe de rojo para la ocasión con la sangre derramada por más de mil delfines degollados. Previamente fueron cercados por los botes y dirigidos hacia una cala concreta: una trampa.

Según el documental The Cove (2009) cada año los japoneses matan cerca de 23.000 cetáceos, entre delfines y marsopas. El ministerio de Agricultura, Forestal y Pesca nipón rebaja la cifra total a trece mil pero admite que son unos 1.200 los delfines que se matan cada año en la cala de Taiji. En cualquier caso, es difícil saberlo puesto que se impide, no sin violencia, el acceso a las cámaras. De hecho, la mayor parte de la película dirigida por Louie Psihoyos (1957) fue grabada en secreto.

Vamos a navegar en el tiempo.

¿Te acuerdas de Flipper? Fue una famosa serie de televisión que se emitió entre 1964 y 1967. Su protagonista era un delfín mular (Tursiops truncatus). Aunque sería más exacto decir que ese papel lo interpretaban cinco delfines hembra, los que Ric O'Barry (1941) capturó y luego entrenó para la serie. Estos delfines de nariz de botella son los más habituales en los espectáculos acuáticos con animales. Dicen de ellos que son también los más inteligentes, los más sensibles. Y como todos los animales que se encuentran en cautiverio sufren depresiones. 

En cierta ocasión, Cathy nadó hasta los brazos de Ric. Inhaló aire a través de su orificio nasal. Pero no lo exhaló. Los cetáceos no respiran de manera automática como los humanos, sino que cada inhalación de aire les supone realizar un esfuerzo. Según O'Barry, aquelllo fue un sucidio.

Después de eso, Ric O'Barry dejó de entrenar delfines en cautividad para sumarse a la causa en contra de la cautividad de los animales. De hecho, es el alma-mater de la película The Cove, antes citada.

Se da la paradoja de que los seres humanos seguimos gastando miles de millones de dólares para enviar señales al espacio en busca de vida inteligente cuando posiblemente haya especies junto a nosotros que lo son tanto o más que nosotros.

Según Seth Shostak (1943), director del Search for extraterrestrial intelligence (SETI):
«El presupuesto de la NASA programado para el 2015 es de 2.500 millones de dólares, mucho menos que una milésima parte del presupuesto federal total de EE.UU. A los proyectos del SETI les corresponde una milésima parte del presupuesto de la NASA». («Jefe del SETI: "Se podría encontrar vida extraterrestre, pero los políticos se oponen"». En rt.com, 19/08/2014)
Has deducido bien: Lo que el jefe del SETI trata de decirnos es que con más financiación se podría avanzar en programas que permitieran encontrar vida extraterrestre en un plazo inferior a veinte años. Pero los políticos se oponen, se queja Shostak.

Buscamos la inteligencia fuera del planeta azul mientras nos negamos a admitir que los animales que nos rodean la tengan. Aunque en realidad, hay algo más importante que la inteligencia: la conciencia. Los delfines tienen conciencia de sí mismos, como los humanos.

Como los humanos que les cortan el cuello mientras chapotean en su sangre.

El caso es que no se trata de dinero, sino de combatir la plaga, dicen los propios pescadores. Los gobiernos de los tres países balleneros, Japón, Noruega e Islandia, culpan a los cetáceos de diezmar determinadas poblaciones de peces. (Donhauser, Michael: «Tres países contra el resto del mundo en la reunión de la Comisión Ballenera». El Mundo, 11/07/2011)

Se niegan a reconocer que somos los humanos quienes, en realidad, estamos acabando con las especies marinas. Según un informe publicado en la revista Science, en 2006, el colapso total de la pesca llegará antes de cuarenta años si se mantiene el ritmo actual de capturas. O sea, antes de 2046. (Dean, Cornelia: «Study Sees ‘Global Collapse’ of Fish Species». The New York Times, 03/11/2006)

Por otra parte, el consumo de carne de delfín o de ballena presenta graves riesgos para la salud humana ya que se han encontrado altas concentraciones de mercurio en su carne. (Johnston, Eric: «Mercury danger in dolphin meat». The Japan Times, 23/09/2009)

No lo hacemos por dinero, ni tampoco deberíamos comer la carne de los cetáceos. Entonces, ¿por qué los matamos?

Los humanos somos bien capaces de convertir lo paradisíaco en dantesco, como ocurre en la cala de Taiji, en las islas Feroe u otros lugares. Y lo hacemos por el mismo motivo que aún existen las corridas de toros: por tradición. Por el espectáculo. Por la diversión. Por cultura.

Bordeamos pues en el terreno de la antropología. Siendo que la cultura se define como el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc., quizás deberíamos corregir el lema que utilizan los animalistas: la tortura sí es cultura. Aunque ello nos disguste.

Pero estas escenas dicen poco de los delfines y mucho, en cambio, de nosotros. De vez en cuando uno tiende a pensar como Thomas Hobbes (1588-1679) que nos advertía a los humanos que a quien más hemos de temer es a la especie humana, precisamente.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Filosofando a la de una, a la de dos y a la de tres

La española, y también británica, Ellen Duthie es la autora de un blog donde va narrando sus sesiones de filosofía que, cada dos semanas, tiene con los preescolares de una escuela pública de Madrid. Entre otras cosas, dicen los propios niños, se dedican a hacer “porquerías”:
«En Filosofía a la de tres, las porquerías son preguntas que empiezan por “¿Por qué...?” Y hemos empezado por dar un ejemplo. Alba Torres se ha encargado de la primera pregunta: ¿Por qué nos vestimos?». (Duthie, Ellen: «2014/15 Sesión 1. Desnudez y vergüenza, princesas y príncipes». En filosofiaaladetres.blogspot.com.es, 05/10/2014)
Y es verdad, la filosofía empieza siempre con una pregunta, y luego otra y otra... Digamos que se trata de un modo diferente de aprender: aprender pensando. No hay que memorizar, ni calcular, traducir, escribir, leer o dibujar. Solamente hay que pensar, jugar, razonar y dialogar.

Los catalanes tienen una palabra para eso: “Enraonar”. Que, si no me equivoco, quiere decir razonar conversando dos o más personas. O conversar razonando. Justo lo que hace Duthie, conversar con los niños y niñas, provocándoles con sus preguntas para que sean ellos y ellas quienes encuentren sus respuestas. Al fin y al cabo, eso es lo que hacía Sócrates (470-399 a.C.). Lo llamaba mayéutica, ¿lo recuerdas? Hablamos de ello hace tiempo, en 'Del tábano a la cicuta'. Estábamos en octubre de 2013, y sólo llevábamos cuatro entradas.

Por cierto, que nosotros dibujamos viñetas para la ocasión, mientras que Duthie suele apoyarse en cuentos o libros ilustrados.

Pienso que Duthie nada contra corriente. Nuestros gobernantes quieren sacar la filosofía de las aulas y ella se empeña en introducirla. ¿Te propongo unas “porquerías”?: ¿Por qué crees que los que mandan tienen tanto interés en impedir que los niños aprendan a hacerse preguntas? ¿Y por qué se empeñan en que sean los religiosos quienes adoctrinen a nuestros hijos? ¿Es porque es más fácil enfrentarse a una masa con pensamientos uniformes y predecibles que no a unos ciudadanos de entre los cuales pueda emerger una idea que lo revolucione todo? Venga, tú también puedes preguntar: más abajo están los comentarios.

Pero no nos alejemos del rumbo que nos marca Duthie. Ella, junto a Daniela Martagón, ilustradora mexicana, y Raquel Martínez Uña, editora de Wonder Ponder, se han embarcado en un nuevo proyecto: una ‘Filosofía visual para niños’. Cuentan que,
«Un día, Ellen Duthie quiso tratar la crueldad con los niños y ahí todo cambió. No terminaba de encontrar el libro ilustrado que tratara el tema como ella necesitaba. Su cabeza pedía determinadas escenas y le trasladó esa inquietud a su amiga la ilustradora Daniela Martagón. Ella, en muy poco tiempo, preparó las escenas que Ellen necesitaba. “Cuando las utilicé en clase, enseguida vi que el enganche de las imágenes con el tema era directa. Los niños empezaron rápidamente a construir cosas. Nunca me había pasado eso en sesiones anteriores. Las escenas que Daniela había dibujado eran inmediatas, lo que no pasaba con los álbumes ilustrados”». (Pizarro, Javier: «¡Atención! Aquí hay niños debatiendo sobre filosofía». En elasombrario.com, 16/08/2015)
El resultado es una caja con láminas: 'Mundo cruel'. Luego hicieron otra: 'Yo, persona'. Ambas son auténticas “cajas de Pandora”. Abrirlas supone una acción en apariencia pequeña o inofensiva, pero que puede acarrear consecuencias catastróficas. O al menos exijen que nos estrujemos las neuronas:
«¿Hay vidas que valen más que otras? ¿Tiene sentido castigar la crueldad con más crueldad? ¿Matar forma parte de la vida? ¿Es posible ser cruel sin proponérselo? ¿Hay veces en las que ser cruel puede resultar divertido? ¿Son a veces necesarios los castigos? ¿Cómo decidimos lo que es aceptable y lo que no es aceptable como castigo?…» (Barrios, Nuria: «¿Matar hormigas es cruel?». Babelia, El País. 16/12/2014)
¿Es cruel obligar a un perro o un gato a vivir en un apartamento? ¿Lo es encerrar a un pájaro en una jaula o a un pez en una pecera? ¿O torturar a un toro en la plaza? Decimos de las personas que tienen mascotas que son sus “dueños” o sus “amos”: ¿pueden ser dueñas unas personas de otras, unos animales de otros? ¿Son los padres dueños de sus hijos? ¿A quién pertenecen los niños?

Abre, mira, piensa. Y juega. No tengas miedo. Sólo son preguntas. Sólo estamos filosofando. A la de una, a la de dos, a la de tres.

martes, 8 de septiembre de 2015

Del revés y la Lógica ausente

Hay una metáfora que equipara nuestro funcionamiento cerebral al del puente de mando de un barco. Desde allí se gobierna la nave. El oficial de guardia se encarga de transmitir sus órdenes a los diferentes puntos del buque de la misma manera que desde nuestro “sistema central” algo (o alguien) transmite las suyas a cada punto de nuestro cuerpo. Tanto en un lugar como en el otro encontramos diversos controles de navegación, de dirección y demás equipos esenciales para la toma de decisiones.

En su última película, Inside Out (2015), los estudios de animación Pixar han colocado a las emociones al mando de nuestro sistema central. Éstas son cinco:
  1. Joy (Alegría);
  2. Sadness (Tristeza);
  3. Anger (Ira);
  4. Fear (Miedo);
  5. Disgust (Desagrado).
Por supuesto, se han tomado la licencia de darles aspecto antropomórfico. Quizá lo justifica el hecho de que todos, alguna vez, hemos sido jubilosos, iracundos, melancólicos, timoratos o asqueados. O jubilosas, iracundas, melancólicas, timoratas o asqueadas.

Hemos dicho que ellas están al mando pero, ¿tenemos algún control sobre nuestras emociones? ¿Es por eso que inventamos el concepto de inteligencia emocional? Hasta hace sólo unas décadas, todo se medía en torno al cociente intelectual (CI). En 1983, Howard Gardner (1943) puso en duda que el CI sirviera para explicar plenamente nuestra capacidad cognitiva ya que dejaba de lado dos capacidades importantes:
  1. La capacidad para comprender las intenciones, motivaciones y deseos de otras personas (o inteligencia interpersonal);
  2. La capacidad para comprenderse a uno mismo, apreciar los sentimientos, temores y motivaciones propios (o inteligencia intrapersonal).
Pero, ¿qué es una emoción? ¿Se trata de una célula, una proteína, una descarga eléctrica? ¿O una interpretación del mundo externo? Para la psicóloga María Jesús Sancho:
«Una emoción es algo que se mueve dentro de una persona y que la impulsa a comportarse de una manera o de otra». (Alemany, Luis: «'Del revés', explicado por un neurólogo y una psicóloga». El Mundo, 20/07/2015)
La película tiene como protagonista a Riley, una niña de Minnesota, y a sus emociones desde los once hasta que cumple los trece años.

Puede que te llamara la atención que de las cinco emociones antes citadas, dos de ellas sean masculinas: Miedo e Ira. Cuando la cámara se adentra en los sistemas centrales de los demás personajes siempre vemos cinco emociones, todas del mismo género. ¿Por qué no ocurre igual en el caso de Riley?

Según Santiago Gimeno, de Sensacine.com, hay tres teorías circulando por ahí que explican por qué Riley tiene emociones femeninas y masculinas:
  1. Porque es bisexual;
  2. Porque aún no ha desarrollado sus emociones. No olvidemos que Riley es todavía una niña; 
  3. Porque influyen las emociones de sus padres. En la mente del padre, Ira parece ser el jefe y Miedo el segundo de a bordo, mientras que en la de la madre, es Tristeza la que está al mando aparentemente secundada por Alegría. (Gimeno, Santiago: «'Del revés (Inside Out)': 3 teorías que explican por qué Riley tiene emociones masculinas y femeninas». En sensacine.com, 11/08/2015)
Interesante, ¿verdad? Pero entonces, ¿qué pasará con Riley y sus emociones ahora que llegan a la pubertad? ¿Se atreverá Pixar a emprender la continuación? ¿Lo permitirá la (hasta ahora) conservadora y sexista Disney?[1]

Me temo que no

El director Pete Docter (1968) responde:
«¡Eso sería una película de terror! No somos tan valientes». (Heredia, Sara: «'Del revés (Inside Out)': ¿Habrá secuela de la película de Pixar?». En sensacine.com, 20/07/2015)
Y es que todavía es complicado gestionar el tema de la sexualidad y más en películas dirigidas a un público presuntamente infantil.

La historia de Riley pasa por una crisis cuando la familia se traslada inesperadamente desde Minnesota a California. En esos momentos, Alegría y Tristeza desaparecen del puente de mando para adentrarse en los entresijos de la mente de la protagonista. El panel de control se va fundiendo cuando Miedo, Desagrado e Ira quedan al mando. Al parecer, Alegría y Tristeza gestionan mejor nuestros sentimientos.

Dice Docter que se plantearon la introducción de un terrible villano que tendría por nombre Depresión que acecharía a las emociones. Finalmente la desecharon pero, aún así, Riley pasa por momentos que cualquiera calificaría como depresivos.

¿Y por qué no introdujeron una sexta emoción: la Lógica? También la rechazaron –dicen– porque les complicaba las cosas:
«Su presencia [la de la Lógica] podía tener implicaciones no deseadas ni previstas». (Heredia, Sara: «'Del revés (Inside Out)': Una de las primeras versiones incluía un temible villano». En sensacine.com, 15/07/2015)
Ya sabes, si no quieres complicarte la vida, mejor olvídate de recurrir a la lógica.

Un detalle que no se le pasó por alto a Docter es el de mostrarnos que los animales también tienen emociones, las mismas “cinco” emociones. Si bien, ocurre con un perro y con un gato, que son animales a los que fácilmente asignamos un comportamiento pseudohumano. ¿Las tienen también otros animales? ¿Un caballo, un cerdo, una gallina, un atún? Ya sabes por dónde voy. Seguro que recuerdas lo que escribimos en 'Una vegana a bordo del Aletheia'. Los animales se alegran, entristecen, enfurecen, acobardan o asquean como nosotros, los humanos. Y, por supuesto, sufren cuando se les maltrata.

A lo largo de los años, varias “islas de la personalidad” se han formado en la mente profunda de Riley, que son las dedicadas a las Bobadas, al Hockey, la Amistad y la Familia. ¿Te das cuenta? No aparece una isla para la religión. Y eso que Pete Docter se confiesa cristiano. Piensa que el tema de esta película tiene mucho que ver con el libre albedrío, un tema central durante siglos para la Iglesia.

Aún así, Paul Asay no se desanima en buscar la presencia de Dios en Inside Out.
Para este autor de Colorado Springs, el mundo protestante ha convertido la sonrisa en un imperativo moral. La sonrisa es vista como la externalización objetiva de una vida bien ordenada, mientras que la tristeza viene a ser el síntoma de un fracaso moral. (Asay, Paul: «Looking Inside Inside Out». En patheos.com, 23/06/2015)

Sin embargo, la vida no consiste sólo en encontrar la felicidad. Aceptar los momentos tristes de nuestras vidas –según Ethan McCarthy– nos ayuda a allanar el camino para alcanzar una clase más profunda de alegría. De hecho, –insiste– los Evangelios no mencionan que Jesús riera, pero sí nos dicen que lloró. Y es por eso que se regocija de que Tristeza acabe como la heroína de la película. Al fin y al cabo el cristiano comienza su camino aceptando con tristeza que es un pecador. (McCarthy, Ethan: «'Inside Out' and Christian Sadness». En christianitytoday.com, 20/07/2015)

En fin, ver para creer.

Me queda una duda de la que no te he hablado hasta ahora: ¿Por qué en España la titulan 'Del revés' y no 'Dentro, afuera' (Inside Out)? Vale, porque no suena bien.

Tampoco entiendo que para el público latinoamericano hayan escogido titularla 'Intensa-Mente', aunque el juego de palabras resulte gracioso. Personalmente, prefiero la traducción literal por esa dicotomía entre lo que somos hacia afuera y lo que nos pasa por dentro.

Pero quizás estoy apelando a la Lógica, esa emoción que deliberadamente quedó ausente.

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[1] Según El Mundo, en 2006, Disney pagó 7.400 millones de dólares por hacerse con Pixar.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Inmersos en las conspiraciones

Hay gente que, como yo, ven conspiraciones por doquier. ¿Alguna vez te llamaron “conspiracionista”? ¿O fuíste tú quien llamaste “conspiranoico” a otro? Tales expresiones no existen realmente, pero se utilizan para hacer referencia a las teorías de la conspiración.

Empecemos por el principio: ¿sabemos lo que es una conspiración? Según la Real Academia de la Lengua, una conspiración es la unión de varias personas contra su superior o soberano, o bien contra un particular, con el fin de hacerle daño. Muchos estaríamos de acuerdo en que una conspiración política viene a ser un acuerdo secreto entre varias personas con el fin de deponer al poder establecido. ¿Quieres ejemplos?: el complot organizado por los militares para derrocar la II República española en 1936; o el que derrocó a Allende en Chile, en 1973. ¿O acaso crees que fueron actos espontáneos, no planificados, que ocurrieron porque Dios así lo quiso?

Dudas que el conspiracionismo sea una corriente de pensamiento. Dices, en cambio, que se trata de un peculiar esquema de pensamiento que interpreta que detrás de “la realidad”, siempre se puede encontrar una voluntad materializada en una o varias personas, o en los extraterrestres, que llevan a cabo determinadas acciones orientadas a alcanzar sus objetivos.

Describes a los conspiracionistas como fervientes creyentes de las diversas versiones que se oponen a las historias oficiales que conocemos a través de los medios de comunicación, tales como la muerte de Lady Di, el asesinato de John Kennedy, los atentados del 11 de septiembre o las posibles visitas de los extraterrestres a la Tierra.

¿Te das cuenta? Sueles meter a los extraterrestres por medio. ¿Sabes por qué? Porque de esa manera desprestigias la posición de quienes dudan de las versiones oficiales, con quienes no estás de acuerdo.

Por ese camino algunos destacaron una de las fotos tomadas durante los atentados de 2001 en Nueva York: hubo “conspiranoicos” que quisieron ver la cara del maligno dibujándose entre las volutas de humo y polvo. Resultó evidente que la imagen estaba retocada digitalmente, pero ¿cuál crees tú que era la intención del autor del retoque? ¿Una broma? ¿O una cortina de humo, valga la redundancia?

Creo que estamos de acuerdo en que la idea de una conspiración llena ese vacío que se produce cuando no encontramos respuestas coherentes a nuestra necesidad de dar una explicación racional a los hechos.

Pero llegados a este punto, prefieres pensar que los que barruntamos conspiraciones estamos delirando o padecemos algún tipo de enfermedad mental, ¿a que sí?

El doctor Patrick Leman, psicólogo de la Royal Holloway londinense, tiene una explicación alternativa:
«Mi investigación sugiere que la gente tiende a pensar que un acontecimiento significativo o de gran magnitud tiene que estar causado por algo similar en cuanto a su magnitud, significado o poder».
La historia de las teorías conspirativas es más corta de lo que suponemos –nos cuenta Peter Knight, de la Universidad de Manchester–; su origen hay que buscarlo a finales del siglo xviii, cuando algunos empezaron a vincular la Revolución Francesa con ciertas sociedades secretas como la Masonería o los Illuminati.

Para el autor de Conspiracy Culture. American Paranoia from the Kennedy Assassination to The X-Files (2000) el auge de las teorías de la conspiración tiene que ver con la pérdida de credibilidad en el poder establecido. Dice Knight:
«El auge de esta línea de pensamiento es directamente proporcional a la pérdida de confianza en sus autoridades». («Historia de las teorías conspirativas». BBC, 11/09/2007)
Lo dudo. Tú también dices haber perdido la confianza en quienes nos gobiernan pero, aún así, no compartes la sospecha de la posible existencia de fuerzas que conspiren bien sea para tomar el control del estado, de nuestras mentes o incluso de nuestros cuerpos. Crees, como sugieren los medios, que tales ideas emergen de los grupos antisistema o que son una especie de Agitprop[1]. Tiendes a olvidar que el poder también es vulnerable a tales teorías: durante el macarthismo[2] se sospechaba de casi todo el mundo por estar al servicio del comunismo. Se sospechaba, se acusaba y se castigaba.

No obstante, –según Knight– la cultura de la conspiración no se limita a los delirios paranoicos de unos cuantos chiflados de la extrema derecha. Hoy está mucho más extendida.

Tú mismo, que estás tan orgulloso de pertenecer a la única especie que ha sido capaz de abandonar el planeta e ir de visita por el espacio, te indignas ante quienes dudan que eso sea tan cierto. Y puedes llegar a suscribir expresiones como ésta:
«Como sucede con todas las especies, entre los humanos existen especímenes con menos sentido común, menos inteligencia y menos escrúpulos; y en el tema que nos compete, esos especímenes son denominados “conspiranoicos”, creadores de las más ridículas teorías conspirativas sobre la llegada del hombre a la Luna». («El hombre llega a la luna». Taringa)
Te indigna que se afirmen cosas en ausencia de pruebas, y, probablemente, en este tema tienes razón. Reconoce, no obstante, que tiendes a creerte, sin cuestionar, cualquier información de las que te llegan a través de la televisión u otros medios de comunicación masiva. ¿De dónde salen esas informaciones? Tú bien lo sabes: de los servicios de inteligencia, las más de las veces. Pero no, ellos no van a engañarte, no: ¿por qué iban a hacerlo?

Los conspiranoicos –me dices– pensamos que todos los sitios de comunicación mienten, desinforman, manipulan. Salvo esos sitios que abundan por la Internet haciendo acopio de todo tipo de conspiraciones. Esos –ironizas–, «siempre dicen la verdad».

No, no siempre dicen la verdad. Algunos mienten, inventan o juegan. Otros sirven, eso sí, como cortinas de humo pues nos desvían del tema para que no veamos lo importante. Y lo importante no reside en las respuestas que puedan darnos, sino las preguntas que nos hacen.


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[1] El Agitprop o propaganda de agitación es una estrategia política, generalmente de tendencia comunista, difundida a través del arte o la literatura para influir sobre la opinión pública y de este modo obtener réditos políticos.
[2] El macarthismo se desarrolló en los Estados Unidos entre los años 1950 y 1956. Durante ese periodo, el senador Joseph McCarthy (1908-1957) desencadenó un proceso de delaciones, acusaciones infundadas, denuncias, interrogatorios, procesos irregulares y listas negras contra personas sospechosas de ser comunistas.


lunes, 31 de agosto de 2015

Control sobre nuestros cuerpos

Te recuerdo que el feminismo se ha visto escindido en dos posturas al respecto de la prostitución: la abolicionista y la legalizacionista. Hace unos meses, dedicamos una entrada a la primera que se tituló De abolir la prostitución; y también otra para la segunda, cuyo título fue De abolir la explotación sexual.

Que Amnistía Internacional se haya posicionado a favor de la despenalización de la prostitución supone un jarro de agua fría para quienes persiguen la abolición de la misma. Algunas actrices de Hollywood ya han mostrado su disgusto. En nuestro país, Lidia Falcón ha soltado frases como ésta:
«No quiero pensar que es la mafia del proxenetismo, con todo su dinero y su poder la que ha dirigido la decisión de AI, sino la ignorancia de las consecuencias que la tal habrá de tener». (Falcón, Lidia: «Carta abierta a Amnistía Internacional». Público. 20/08/2015)
Esperemos que no. No hay otra organización con mayor compromiso en la defensa de los derechos humanos que el que tiene AI, que yo sepa. Al igual que Lidia, también me involucré con esta organización y aún sigo colaborando.

Todos somos conscientes, o eso creo, de que a lo largo de la historia ha habido personas que desde el gobierno u otras entidades han tratado de imponernos (y han impuesto) amplias restricciones sobre lo que nuestras mentes pueden pensar o lo que nuestros cuerpos pueden hacer.

Se meten en cuestiones tan íntimas y privadas de nuestras vidas como lo son el sexo, el tipo de las relaciones que tenemos con los demás o el control de natalidad. Tales cuestiones son abordadas por extraños con el propósito de castigar a quienes no se adaptan a su norma.

Y, sin embargo, –como decía Locke– somos propietarios de nuestros cuerpos. O deberíamos serlo.

Por ello, Amnistía Internacional (AI), la organización que defiende los derechos humanos, nos anima a reclamar el control sobre nuestros cuerpos, nuestra salud y las decisiones personales que afectan a nuestro futuro. Así nos invitan a compartir en Twitter el siguiente mensaje:
«Tengo derecho a decidir sobre mi cuerpo y sobre mi vida, y tú también. No permitas que otras personas elijan por ti #MyBodyMyRights».
En su manifiesto "Mi Cuerpo. Mis Derechos", AI proclama estos siete puntos:
  1. Las relaciones sexuales con consentimiento mutuo no son nunca delito, cualquiera que sea nuestro sexo, orientación sexual, identidad de género o estado civil;
  2. Someterse a un aborto (o ayudar a alguien a abortar) NO convierte en criminales a las personas;
  3. Unos servicios de salud asequibles, confidenciales y de calidad, en los que estén incluidos el acceso a métodos anticonceptivos, no son un lujo, son un derecho humano;
  4. Toda educación e información sobre sexo y las relaciones deben basarse en datos científicos y han de estar a disposición de todas las personas;
  5. Todas las personas tenemos derecho a vivir sin ningún tipo de violencia, incluida la violación;
  6. Tenemos derecho a participar en la confección de leyes, políticas y programas que afecten a nuestros cuerpos y a nuestras vidas;
  7. Si se nos niega nuestra elección en materia sexual y reproductiva, nos asiste el derecho a denunciarlo, a que se investiguen los hechos y esperar que se haga justicia.
Añaden que tal manifiesto no representa un mero acto de fe, sino que se trata de principios fundamentados en derechos humanos consagrados en normas internacionales que imponen obligaciones a nuestros gobiernos que, por supuesto, no cumplen las más de las veces.

En 'El dinero de Locke' vimos cómo tanto Macpherson como Domènech están de acuerdo en algo: que el modo en que Locke define la propiedad es ambiguo. Insanablemente ambiguo dirá Alejandra Ciriza cuando escribe 'Sobre las significaciones de la libertad y la propiedad: una revisión feminista de Locke a la luz de algunos dilemas del presente', un trabajo excelente que nos invita a reflexionar sobre una de las claves en las formulaciones lockeanas: que la primera propiedad de un individuo es su propio cuerpo. (Ciriza, Alejandra: «Sobre las significaciones de la libertad y la propiedad: una revisión feminista de Locke a la luz de algunos dilemas del presente». Revista de Sociologia e Política, vol.18, no.36. Curitiba, junio de 2010)

La autopropiedad puede significar dos cosas:
  1. Que el individuo goza de autonomía sobre sí mismo;
  2. Que se es propietario del propio cuerpo a la manera de una cosa. 
Las dispares interpretaciones que de la teoría de Locke hacen Macpherson o Domènech nos lo presentan bien como un liberal, el primero, bien como un republicano, el segundo. Dicho esto podrías pensar que el profesor canadiense simpatizaba con las tesis liberales pero era, más bien, un marxista humanista. Del profesor catalán podríamos decir que es un marxista republicano.

Locke es republicano en cuanto se opuso al poder absolutista del monarca. Es liberal en cuanto a que desliza dicho poder hacia un parlamento que será controlado por los de su clase. Recordemos que Locke militaba en el partido whig, que representaba a los liberales de entonces.

A Ciriza lo que le interesa es determinar qué tipo de libertad tenemos sobre nosotros mismos, sobre nuestros cuerpos. En el trabajo antes citado, Ciriza critica el enfoque de Judith Jarvis Thomson (1929) según el cual «las mujeres pueden abortar pues tienen sobre su cuerpo (cosa) derecho de propiedad». Según esa lógica, el cuerpo de una mujer es suyo como una cosa de la que puede disponer libremente, negándose a aceptar un embarazo no consentido.

Esta es la disyuntiva que nos plantea Ciriza:
  1. Libertad como ausencia de interferencia;
  2. Libertad como autonomía para actuar libre de la dominación.
De una manera o de otra, los cierto es que por todo el mundo existen las discriminaciones que impiden a mucha gente actuar en libertad. Según AI:
«Existen muchos obstáculos para los derechos sexuales y reproductivos, entre ellos las barreras en el acceso a los servicios de salud, la información y la educación. Sin embargo, detrás de estos problemas subyace la discriminación. Las mujeres, las niñas y las personas que integran grupos marginados, como las personas que viven en la pobreza, las minorías, las castas llamadas “inferiores”, los hombres gays, las mujeres lesbianas y las personas transgénero, se enfrentan a un enorme riesgo cuando tratan de ejercer estos derechos». («Derechos sexuales y reproductivos». Amnesty.org)
A Amnistía Internacional le preocupan esos riesgos y por eso toma decisiones en temas tan polémicos como el aborto o la prostitución. Según Salil Shetty (1961), director general de esta organización:
«Los trabajadores sexuales son uno de los grupos más marginados del mundo, quienes en la mayoría de los casos afrontan un riesgo constante de discriminación, violencia y abuso».
Tal vez sigas pensando que AI está dando su apoyo a la explotación sexual de tantas y tantas mujeres. La organización lo niega por medio de una de sus asesoras, Catherine Murphy, quien dijo:
«[La nueva política] significará la despenalización de leyes sobre trabajo sexual consentido. La explotación o tráfico dentro del comercio sexual seguirán siendo delitos». (Nguyen, Katie: «Amnistía Internacional apoya la despenalización de la prostitución». La Vanguardia, 12/08/2015)
A mí me parece obvio. ¿Y a ti?

jueves, 27 de agosto de 2015

Una vegana a bordo del Aletheia

Nos anuncias tu veganismo y revolucionas la cubierta del Aletheia. Y lo haces justo cuando Masahiro, nuestro chef, nos presenta su menú de sushi y sashimi que incluye piezas de atún, salmón, pargo, caballa, jurel y langostino.

Puede que a más de uno nos amargues la cena pero, como filósofos, queremos conocer tus motivos para ser vegana. Queremos saber tu verdad, aunque cuestione la nuestra.

Empiezas por definir el concepto del veganismo: se trata de un principio moral que se resume en la idea de no utilizar a los animales para ningún propósito ni en ninguna forma. Lo que se traduce en la práctica en una actitud firme en no consumir productos de origen animal, ya sea con fines alimenticios, de vestimenta, higiene, entretenimiento u ocio.

Entre los filósofos de a bordo, a más de uno le ha molestado tu respuesta a una pregunta directa que se te hizo:
– «¿Lo haces por salud o por motivos éticos?».
– «Por ambas cosas» –dijiste.
Que sea por llevar una dieta más saludable es algo que todo el mundo puede entender e incluso aceptar. Pero cuando añades que se trata de una cuestión ética deja de ser algo que te concierne sólo a ti, pues le estás diciendo al resto que comemos carne que no lo estamos haciendo bien. Estás apelando a la ética colectiva tanto como a la individual.

Alguien te habla claro: No le gusta que una niña rica venga a decirnos que se siente superior a nosotros por el hecho de ser vegana.

Ésta fue tu respuesta:
«No me siento superior por ser vegana. Lo cierto es que soy vegana porque no me siento superior a nadie». (Añades que la cita pertenece a Michele McCowan)
Sabes bien que discutir sobre las ventajas o inconvenientes de llevar una dieta u otra no constituye un debate incómodo. Otra cosa es cuando nos enfrentas a un problema que los humanos todavía no hemos sabido resolver: ¿estamos legitimados para hacer sufrir a los animales?

Admites que son muchos los te han dicho que los animales no sufren. A ellos les recomiendas ver Earthlings (2003), dirigido por Shaun Monson. Earthlings (o Terrícolas) es un documental acerca de cómo los humanos explotamos a los animales de otras especies. 

Precisamente, hay un aspecto que quieres aclarar: no se trata de seguir una dieta vegana. Ser vegano implica no hacer daño a los animales. Está claro que los animales sufren cuando los llevamos al matadero. Algunos humanos no saben, o fingen no saber, que los cerdos, pollos, terneras, atunes y delfines son desangrados mientras aún están vivos. De lo contrario, su carne no sería apta para el consumo. 

Pero hay más. Los animales también son asesinados para obtener sus pieles. Los veganos se oponen a vestir abrigos de foca, calzar zapatos de cuero o portar bolsos de cocodrilo. También a los rellenos con plumas de oca, los célebres plumíferos. Y a las prendas confeccionadas con piel conejo. Y por supuesto aquellas que utilizan la lana o la seda.

Del mismo modo, la ética vegana está absolutamente en contra de que la industria experimente sus productos sobre animales. La experimentación con animales es una auténtica tortura. No es que los veganos estéis en contra de la ciencia. Para nada. De momento, los productos cosméticos que utilizas no se hicieron a base de pruebas sobre animales, como suele ocurrir con la mayoría de los que hallamos en las tiendas.

Los veganos os oponéis también a la caza deportiva, esa que convierte en colegas a un rey que dispara a los elefantes, un dentista que apunta a los leones o un frutero que abate perdices. 

Y no estáis de acuerdo, tampoco, con que se permita esclavizar animales a beneficio del espectáculo en circos, en acuarios o en zoos. Los animales no son un entretenimiento. Rechazas que nos divirtamos jugando con ellos hasta la muerte como ocurre en los festejos taurinos, las peleas de gallos o de perros, y en los rodeos.

El veganismo no es una moda, dices. Rechazas esa asociación de ideas que empareja a cantantes o actrices con el veganismo. Que Nosequien haya seguido una dieta vegana no puede emplearse para confundir a la gente en el sentido de que sólo los ricos y famosos optan por ser veganos. Afirmas que muchos son como tú: gente sencilla comprometida con unos valores éticos.
«La ética no se basa en meros caprichos o deseos personales sino en normas objetivas basadas en la razón. ¿Por qué iba ser diferente en el caso de otros animales?». 
Insistes en que de acuerdo con la lógica:
«No debemos hacer a otros individuos aquello que no deseamos que nadie nos haga a nosotros mismos».
Estás apelando al principio de igualdad o de igual consideración. Si no queremos que nadie nos use como comida, tampoco debemos comernos a otros individuos que tampoco desean que nadie les someta, les mate ni les haga daño. Todos los seres dotados de sensación somos conscientes de nosotros mismos y poseemos unos intereses básicos relativos a nuestra supervivencia y bienestar.

Ahora diriges la mirada hacia mí y me recuerdas lo que yo mismo puse por escrito en una de mis últimas entradas:
«Los animales tienen derechos porque pueden padecer daño: tienen derechos en cuanto son pacientes morales».
Recuerdo que la cita era del profesor Alcoberro.

El especismo –dices– consiste en discriminar de la igual consideración moral a otros individuos sólo porque pertenecen a una especie distinta a la nuestra. Es lo mismo que discriminarles por ser de otro sexo u otra raza.

Nos hablas con dulzura pero con voz firme. Te crees lo que dices, porque tienes razón.

El capitán del Aletheia nos anuncia que someterá a votación declarar la nave como vegan-friendly. De hecho, algunos nos planteamos cómo es que hemos llegado a viejos (o casi) sin habernos enfrentado nunca a esta cuestión. Tal vez es que mirábamos hacia otro lado.

Como inicio no está mal. Así que te pregunto:
– «¿Volveremos sobre el tema?».
– «Sí».
– «¿Seguro?».
– «Segura».



miércoles, 26 de agosto de 2015

Con el toro por bandera

Lo ha dicho Juan Carlos I de Borbón (1938), el que fuera rey de España hasta hace bien poco. Lo podemos leer en La Razón, periódico promonárquico y... protaurino:
«La Fiesta es un activo de España que tenemos que apoyar». («Don Juan Carlos: “La Fiesta es un activo de España que tenemos que apoyar”». La Razón, 13/08/2015)
Sin embargo, el catedrático de filosofía Jesús Parra Montero nos recuerda que no todos los reyes pensaron como nuestro regio cazador de elefantes. (Parra Montero, Jesús: «El apoyo banal de los “Borbones” a la ¿fiesta nacional?». En nuevatribuna.es, 20/08/2015)

Fueron muchos los monarcas que prohibieron la “fiesta nacional”. Quien más hizo por recuperarla fue, precisamente, Fernando VII de Borbón, el rey Felón, quien tras derogar la Constitución de Cádiz se dedicó a cerrar universidades y a perseguir a muerte a los liberales.

Los liberales de ahora, los neoliberales, se hacen eco en Libertad Digital de las palabras del matador Enrique Ponce (1971) al brindarle un toro al ex-monarca:
«Su majestad, para mí es siempre un verdadero placer brindarle un toro, pero hoy me hace especial ilusión porque con su presencia, no sólo dignifica y defiende abiertamente la fiesta de los toros, sino también las tradiciones y la cultura de nuestro pueblo, un claro gesto por la democracia y la libertad». («Ponce, a Juan Carlos: “Su presencia en San Sebastián es un gesto de democracia y libertad”». Libertad Digital. 13/08/2015)
Todo ésto viene a cuento de que San Sebastián recuperaba las corridas de toros con el cambio de consistorio. Una decisión democrática, tan democrática como lo fue prohibirlas. Lo que chirría, en todo caso, es que alguien le diga al rey que considera democrática su presencia sabiendo que un rey, salvo rarísimas excepciones, no se somete al veredicto de las urnas. Y que hable de libertad, cuando él no se la concede al toro.

Observando la presencia de símbolos taurinos por doquier, uno diría que nuestros paisanos muestran una querencia hacia el toro. ¿La tenemos? ¿Mostramos la acción de amar o querer bien al toro? Pues en eso consiste la querencia. ¿O se trata, más bien, de una tendencia a repetir lo que nuestros antepasados hacían con independencia de si está bien o mal?

Tradición, tradición, y tradición.

Lo cierto es que los españoles, algunos españoles, parecen identificarse con la imagen del toro, pero ¿qué es lo que les gusta de esa imagen?

Según escribe Rubén Galgo para Brandemia, la silueta del toro es (o debería ser) la auténtica Marca España:
«Es un elemento muy gráfico e identificador de España como animal ibérico, bravo, de raza, masculino, fuerte...». (Galgo, Rubén: «La historia del Toro de Osborne, la auténtica marca España». Brandemia. 12/03/13)
Como ves la cosa va de testosterona.

Entremos pues al trapo de la rojigualda con la silueta del toro bordado. La empresa Zings, una de las que las fabrica, utiliza este argumento de venta:
«Luce tu orgullo español y taurino».
Ocurre que algunos no encuentran ese orgullo en la cabeza, sino en la entrepierna. Me remito a las palabras que el embajador José María Sanz Pastor dijo con motivo de nuestra última gran hazaña bélica, la que supuso retomar la isla Perejil:
«Más que los boinas verdes y el Tercio Duque de Alba, teníamos que haber plantado en el islote el toro de Osborne, para que los vecinos del Sur vieran, además, lo que le cuelga de la entrepierna...». (Burgos, Antonio: «Un toro de bandera». El Mundo. Madrid, 31/07/2002)
El caso es que él no acudió a la cita. Hubiera estado bien verlo allí, aunque fuera en bañador.

El embajador pertenece a ese grupo de españoles que asocian su patriotismo con el tamaño de los cojones que cuelgan de las vallas de Osborne a lo largo y ancho de, valga la redundancia, nuestra piel de toro.[1] Siendo así, hay cierta coherencia en aquella frase que el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero (1960), alias ZP, pronunció en su día:
«Y luego van de patriotas por la vida... patriotas de hojalata». («Zapatero acusa a los dirigentes del PP de ser "patriotas de hojalata"». 20 minutos, 18/12/2005)
Lo que pasa es que por la boca muere el pez, y cinco años más tarde ZP se confabuló con esos “patriotas de hojalata”, con el PP, para cambiar el Artículo 135 de la Constitución, siguiendo las órdenes de la canciller de Alemania y sin consultar la opinión de los españoles. Con ello, se daba prioridad absoluta al pago a los bancos de los intereses y el capital de la deuda pública del Estado sobre cualquier otra necesidad de gasto que pudiera afectar a los españoles. ¿Patriotismo, dices? Un patriotismo de cojones de hojalata, diría yo.

La silueta negra del toro sobre la bicolor se corresponde con la época actual, la de la Transición borbónica. Hay una cierta correspondencia, en mi opinión, con los tiempos en que ondeaba la bandera franquista, pues su escudo se enmarcaba también en una silueta negra, pero en este caso la de un águila. Cabe recordar que el Generalísimo repuso las tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, de la anterior etapa monárquica en sustitución de las que componían la bandera de la Segunda República (1931-1939) que era roja, amarilla y morada. Por cierto, durante el periodo republicano las corridas no se suspendieron.

Pero nos hemos alejado de la pregunta: Los españoles, ¿amamos realmente al toro?

En la web del filósofo Ramon Alcoberro (1957) hay una entrada para la ética animal donde se dice:
«Alguien se convierte en sujeto moral en la medida en que puede hacer un bien (es ‘agente moral’), o en la medida en puede sufrir un mal (y entonces se denomina ‘paciente moral’). A tal efecto resulta secundario que ese ‘alguien’ sea racional o no».
Según el profesor de la Universitat de Girona y de la UOC, los animales tienen derechos porque pueden padecer daño: tienen derechos en cuanto son pacientes morales.

Los humanos podemos llegar a ser muy peligrosos con los miembros de nuestra propia especie –lo vimos en La guerra de todos contra todos– pero sin duda aún lo somos más para las demás especies.
«El hombre no es el único animal que piensa, sino el único que piensa que no es un animal». (Alcoberro, Ramon: «Ética animal: definiendo un ámbito». Filosofia i pensament)
Que nosotros, los humanos, hemos hecho de nuestro planeta un infierno para los animales, ya lo decía Arthur Schopenhauer (1788-1860) hace más de un siglo. Según él, los humanos no debemos compasión a los animales, sino justicia.

Al filósofo prusiano le gustaba pensar, pensar hasta el final. Así decía frases como ésta:
«Ni el mundo es un artilugio para nuestro uso ni los animales son un producto de fábrica para nuestra utilidad». (Parerga und Paralipomena. Kleine philosophische Schriften, 1851)
De Schopenhauer se dice que fue el primero en reivindicar los derechos de los animales.

En Tauromaquia: entre el placer y la ética criticamos el sufrimiento que infligimos a los toros a benefico del espectáculo. Me dicen que me quedé corto, y debo admitir que tienen razón. Por eso esta entrada.

Apelando a la tradición y por mor del espectáculo, hay un lugar en España donde la multitud aún lancea un toro hasta darle muerte. Se trata de un linchamiento, ni más ni menos: esto es, una ejecución sin proceso y ejecutada tumultuariamente. Desde el Ayuntamiento lo ven de otra manera:
«El Toro de la Vega constituye el eje de las tradicionales fiestas de Tordesillas, miles de ciudadanos de diferentes partes de nuestro país y de fuera de nuestras fronteras llegan a Tordesillas para presenciar este singular festejo». («El toro de la Vega». En tordesillas.net, Última visita en 08/08/2015)
Tradición, tradición y tradición. Y negocio, al parecer.

Los iracundos vecinos de Tordesillas que están a favor de continuar con la tradición, toleran muy mal las críticas provenientes de quienes defienden los derechos de los animales. Tanto es así que en la pasada edición la emprendieron a pedradas contra los manifestantes que se oponían al acto, provocando que varias personas sufrieran heridas. («Batalla a pedradas en Tordesillas en el torneo del Toro de la Vega, que dejó 4 heridos por asta». En 20minutos.es, 16/09/2014)

Temen tal vez que algún día se prohiba este tipo de tortura, como ya ocurrió con aquella infame costumbre de lanzar una cabra desde el campanario de Manganeses de la Polvorosa, otro pueblo de Castilla y León, por cierto.

Hace apenas unos días, un toro era abatido a tiros en Coria, un pueblo de Extremadura. 
«El sacrificio de Guapetón, uno de los animales utilizados el pasado junio, con un disparo de escopeta en plena vía pública y rodeados de vecinos, “puede constituir una infracción grave” de la Ley de Seguridad Ciudadana». (Jiménez Gálvez, José María: «En Coria el toro va en nuestro ADN». El País, 07/08/2015)
En opinión de Almudena Domingo, teniente de alcalde de esta localidad, «el toro va en nuestro ADN», lo que no deja de ser otra manera de certificar que para muchos, y para muchas, el toro forma parte de nuestra identidad. Nos guste o no.

Practicamente en toda España se celebran festejos taurinos. Donde vivo, y en muchos sitios de Valencia, Castellón, Tarragona y Teruel, celebran el bou embolat (toro embolado) en el marco de lo que se conoce como Bous al carrer o Correbous.[2] La diversión, en este caso, consiste en colocar sendas bolas de fuego sobre las astas del animal.

Al respecto, los del partido animalista PACMA dicen:
«Consideramos una forma evidente de maltrato animal causar pánico al toro, que al tratar de deshacerse del fuego llega incluso a quemarse. Obligar a los toros a llevar fuego en la cabeza sin poder zafarse del peligro que para ellos supone, les provoca episodios de ansiedad y estrés muy elevados». («PACMA denuncia la celebración del 'Toro Jubilo' en Medinaceli». En pacma.es, 14/11/2010)
El maltrato que damos a los animales está relacionado con el maltrato que damos o podemos llegar a dar a los seres humanos. 

Ya lo decía Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928):
«Los hijos de los que asistían con religioso y concentrado entusiasmo al achicharramiento de herejes y judaizantes se dedicaron a presenciar con ruidosa algazara la lucha del hombre con el toro, en la que sólo de tarde en tarde llega la muerte para el lidiador. ¿No es esto un progreso?». (Parra Montero, Jesús: «El apoyo banal de los “Borbones” a la ¿fiesta nacional?». En nuevatribuna.es, 20/08/2015)
El escritor y político valenciano añadía que la única bestia en la plaza es la gente.

Pero de eso hace mucho tiempo. Este año, en San Sebastián, el alicantino José Mari Manzanares (1953) gritaba: «Viva España». Para, a continuación dar muerte a uno o más toros. Al fin y al cabo, su oficio no es otro que el de matador. La incongruencia consiste en asociar los vivas a nuestra nación (el patriotismo) con las muertes por diversión (el absurdo).

Y como una incongruencia lleva a otra, uno se acuerda de aquel incidente que protagonizara el fundador de la Legión, José Millán-Astray y Terreros (1879-1954), cuando exclamó fuera de sí:
«Viva la muerte, muera la inteligencia».
Algunas fuentes aclaran que, en realidad, lo que dijo es que mueran los intelectuales traidores. Se refería, sobre todo, a Miguel de Unamuno (1864-1936) allí presente. Con sus exabruptos, el legionario estaba dando la razón, sin saberlo, no sólo a Blasco Ibáñez, sino a John Locke (1632-1704) que, en el siglo xvii, dijo que la crueldad con los animales tendría efectos negativos sobre la evolución ética de los niños, ya que más tarde transmitirán la brutalidad a la interacción con los seres humanos. (Locke, John: Some Thoughts concerning education (1693))

No se puede amar y maltratar al mismo tiempo: es un oxímoron.

Amemos pues a los animales. Porque eso es lo que nos hace humanos. No matemos la inteligencia. O por lo menos, no permitamos que los patriotas de hojalata nos conviertan en salvajes. En matarifes.


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[1] Según el geógrafo griego Estrabón (64-19 a.C.), la península ibérica [Iberia] se parecía a una piel de toro extendida de oeste a este.
[2] En Cataluña prohibieron las corridas de toros pero no se atrevieron a prohibir también los correbous.


viernes, 7 de agosto de 2015

Tauromaquia: entre el placer y la ética

El tema taurino no nos deja indiferentes a los filósofos. Pero como navegantes no nos queda otra: tenemos que mojarnos. De una manera u otra, nos vamos posicionando a favor o en contra.

Confieso que siendo niño, o adolescente, no lo tenía tan claro. Mi abuelo me llevó a la plaza alguna vez. Difícilmente podía escapar a las corridas que se emitían por la televisión, porque a mis mayores les gustaban. Tampoco era raro que me enviasen a comprar entradas para quienes nos visitaban, especialmente si eran extranjeros. Tengo amigos y amigas que se declaran taurinos y se ofenden si se cuestionan las corridas. Sin casi darme cuenta, los toros pasaban a formar parte de mi identidad como español. Y a buen seguro que esto fue lo que les pasó a muchos de los que nacieron antes de la década de los ochenta, y puede que de los setenta también.

Los españoles de entonces (y algunos de los de ahora) presumen de la fiesta nacional ante los turistas pensando que a éstos les va a encantar. Lo  cual no siempre ocurre: las dos comunidades que prohibieron las corridas de toros son de las que más turistas reciben: Canarias y Cataluña.

Precisamente, suelen ser los extranjeros quienes abren nuestros ojos ante la crueldad con que tratamos a estos animales. Creo que muchos podríamos relatar algo parecido a lo que nos cuenta Jordi Calvo Rufanges en su blog:
«Recuerdo también llevar orgulloso a los primeros extranjeros que conocía a ver esta tradición de mi tierra, quizá la más característica. Y fue en este momento, cuando algunas de sus preguntas sobre las posibles lesiones que el toro pudiera tener por correr por la calle asfaltada durante más de una hora, sobre el daño que el fuego pudiera hacer a sus ojos en el caso del llamado toro embolao, de si el toro tenía estrés o se sentía mal por pasar por tal trance, me hicieron pensar. Claro, yo nunca me había hecho estas preguntas, ni nadie a mi alrededor, por lo que no tenía respuestas. Fue entonces cuando empecé a prestar atención a los discursos que cuestionaban la fiesta del toro y explicaban sus efectos sobre el animal. Parece difícil de cuestionar que hacer pasar al animal por cualquier festejo taurino es en todo caso un situación traumática para el mismo. Porque acabará con lesiones físicas, por muy reducidas que sean y porque tendrá impacto psicológico en animal en forma de estrés o algún daño similar. De lo que no hay duda es de que el animal sufre, mucho o poco, pero sufre». (Calvo Rufanges, Jordi: «De jugar a toros a antitaurino». Diario de un altermundista. Público. Madrid, 31/07/2015)
La cita es larga pero valía la pena. Algunas cosas, sobre todo las que se justifican a través de la tradición, nos resultan difíciles de cuestionar cuando formamos parte de ella.

De poco sirve a los protaurinos dejar en evidencia a los de fuera, porque no entienden, porque no saben apreciar el arte del toreo, pues quienes se oponen a la fiesta, lo hacen por empatía hacia el que sufre. En cambio, los que defienden la lidia sostienen que los animales no sufren. Quizás porque les niegan el alma o porque Dios le dijo al hombre que tenía dominio sobre todo bicho viviente. O, simplemente, porque no les importa demasiado.

Lo más habitual es que los antitaurinos argumenten que en las plazas se tortura a los animales:
«La tortura no es cultura».
Es su grito de guerra que contrasta con la afirmación de los protaurinos de que el toreo es un arte.

A los antitaurinos tampoco les vale que les digan que también se tortura a los cerdos, corderos, atunes y pollos que nos comemos, porque a eso también se oponen, al menos la mayoría. Los antitaurinos militan en partidos o movimientos ecologistas o animalistas, y practican, cada vez más, el vegetarismo o el veganismo.

Es difícil trazar un perfil de quienes están a favor de las corridas. Los ha habido analfabetos o catedráticos, actrices o filósofos, monárquicos o republicanos, fascistas o progresistas.

Entre estos últimos, Enrique Tierno Galván (1918-1986) decía cosas como ésta:
«El torero sigue siendo mítico y, cuando expresa la valentía humana frente a la bruta, el pueblo se enardece y los viejos entusiasmos reaparecen». (Wikiquote)
El mito frente al logos, de nuevo. La tradición frente a la razón.

El poeta de la Generación del 27, Federico García Lorca (1898-1936) arremetía así contra sus colegas de la Generación del 98:
«El toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo». (Wikiquote)
Y es que muchos escritores y filósofos de la Generación del 98 detestaban las corridas de toros, pues las culpaban del atraso de la sociedad española. Recordemos que 1898 marca el momento en que España alcanza su decadencia al perder en guerra contra los Estados Unidos sus últimas colonias de ultramar: Cuba, Filipinas, Guam,...

Lo cierto es que el mundo de la cultura ha salido, en más de una ocasión, para echar un capote a los taurinos. Éstos se arropan con los grabados que Francisco de Goya (1746-1828) dedicara a esta fiesta, así como enarbolan los lienzos de Pablo Picasso (1881-1973). Pero, ¿no te parece un argumento débil? Los museos están llenos de cuadros que representan el arte de la guerra y no por ello hemos de dejar de oponernos a ese horror. Lo mismo ocurre con los poetas, dramaturgos, cineastas y dibujantes de comics. Que la guerra exista en la cultura no es motivo para reivindicarla como un bien cultural. ¿O te parece que sí?

Pues, más o menos, esa es la estrategia del Partido Popular en relación con el mundo de los toros. En febrero de este año, el entonces todavía ministro de Cultura José Ignacio Wert (1950) destacaba la importancia que tendría celebrar en el futuro que la fiesta de los toros fuera nombrada Patrimonio Cultural Inmaterial por parte de la UNESCO. Lo dijo en Albacete, durante el discurso inaugural del I Congreso Internacional de Tauromaquia. Como anfitriona, María Dolores de Cospedal (1965) afirmó:
«Los toros son la manifestación cultural más propia e identificativa de la cultura española, y eso no lo podemos perder». (Congreso Internacional de Tauromaquia, 28/02/2015)
Los antitaurinos arguyen que no es ético subvencionar la tauromaquia con fondos públicos, mientras que los protaurinos resaltan la poquedad de tales ayudas.
«Si se analizan los contenidos de los Presupuestos Generales del Estado en los últimos cinco años: la Tauromaquia no existe. Tan sólo en tres ocasiones aparece una pequeña partida de 30.000 euros para el Premio Nacional de Tauromaquia, una de las cuales no se llegó a utilizar porque no se convocó». (Medina, Juan: «Las subvenciones a los toros en los Presupuestos Generales del Estado (2010-2014)». Taurología.com)
En realidad resulta difícil saber cuánto nos cuesta la tauromaquia a los españoles, sobre todo si nos empeñamos en mirar las cuentas donde no quedan reflejadas.
«Las ayudas públicas mantienen vivo el negocio de los toros. [...] Las subvenciones a las ganaderías es solo una parte ínfima del gran negocio del toro. Las ayudas a los festejos dependen directamente de los ayuntamientos o las comunidades autónomas». (Martínez, Toni: «Las ayudas públicas mantienen vivo el negocio de los toros». La Marea. Valencia, 03/08/2012)
Para hacernos una idea, sólo la Comunidad de Madrid destina un millón y medio de euros a la partida de Asuntos Taurinos. («Los toros le cuestan a la Comunidad de Madrid 1,4 millones de euros». Estrella Digital. Madrid, 02/11/2014)

El despilfarro queda patente en pueblos como Torica, en Guadalajara, que construyó su plaza en 2010, en plena crisis, con un coste de 2 millones de euros. El aforo del coso es de 3.000 espectadores cuando el municipio apenas cuenta con 1.300 habitantes. Y no era prioritario como sugiere Ecologistas en Acción:
«Este pueblo no tiene dinero para una depuradora de aguas residuales, para contratación de personas desempleadas, para un centro social o para una casa de cultura». («Hoy se inaugura la polémica plaza de toros de Torija». El Digital de Castilla La Mancha, 10/09/2010)
Parece bastante claro que a los liberales (o neoliberales) no les parece tan mal que nuestros impuestos sirvan para sostener la fiesta taurina.

Ante esta evidencia, los neoliberales recurren a un Premio Nobel para emendarles la plana a los animalistas. Éstas son las razones que da Mario Vargas Llosa (1936) al ser preguntado por Fernando Sánchez Dragó (1936):
«El toro bravo existe porque existen los toros; si no, desaparecería. Es una creación de la Fiesta taurina. Y es un animal privilegiado, tratado con inmenso amor, aunque lo ignoren muchos animalistas. Se realiza en las plazas de toros». («Vargas Llosa: "El toro es tratado con inmenso amor, aunque lo ignoren muchos animalistas"». Abc. Madrid, 11/05/2012)
Los animalistas dirán que es al revés: que existen corridas porque existen los toros y que, además, éstos no están tan bien tratados. En todo caso, lo que ocurre en la plaza es tremendamente cruel, no se puede hablar de amor por un animal al que se le tortura y se le mata. Tanto Sánchez Dragó como Vargas Llosa  reconocen que las críticas que reciben por la crueldad y el sufrimiento les hacen mella y ambos admiten tener la conciencia desgarrada entre el placer y la ética.

Pero lo que de verdad le apena a Vargas Llosa es la prohibición de los toros en Cataluña porque estima que se trata de una decisión política, para manifestar su desafío a la unidad de España.

Son sus razones, pero hay otras.

Corría el mes de julio de 2010 cuando me encontré, sin querer, inmerso en un debate sobre la decisión del parlamento catalán de abolir las corridas de toros. Estaba en un restaurante de una aldea apartada en el monte. Aquella tarde éramos tres comensales: un matrimonio ocupaba una mesa y yo la otra.

El hombre criticaba la decisión de los catalanes y les negaba que tuvieran legitimidad para prohibir la fiesta: «Al que no le guste que no vaya», decía.

Yo traté de explicarle que existen unas cuantas razones para oponerse a que en nuestro país se practique la tortura contra los animales. Eso les enfadó, sobre todo a él que exclamó:
«A los catalanes habría que meterlos en un saco y lanzarlos al mar».
En ese momento comprendí que la Guerra Civil, en según que sitios, permanecía en las neuronas más que enterrada en las cunetas.
«Lo que usted dice ya está inventado: en América del Sur lo llamaban los vuelos de la muerte».
No me escuchaba. Discretamente, el mesonero se me acercó para explicarme, en voz baja, que mi interlocutor era un ganadero de reses bravas, de las que se utilizan para la lidia.

Más tarde supe que el sector de la tauromaquia se hallaba en una tremenda crisis con cada vez menor número de reses bravas y también de festejos taurinos. Estábamos muy cerca de Almansa, una ciudad manchega que tres años antes había prohibido las corridas sin, aparentemente, generar traumas. En 2007, tanto Almansa como Paterna acabaron con la organización de espectáculos taurinos en sus localidades. La decisión fue adoptada, además, con el voto favorable del PP en ambos municipios.

El episodio anterior acabó cuando la pareja abandonó el local. Ella aún se me acercó para disculparse por la salida de tono. Él no.

Aquella muestra de odio me dejó pensativo. Los animalistas llevan la voz cantante cuando se trata de reivindicar los derechos del toro. Es una cuestión de empatía con los animales que sufren. Pero hay un aspecto que se nos suele pasar por alto y que tiene que ver con la antropología: cuando acudimos a la plaza, participamos como espectadores de una tortura. Nos convertimos en cómplices. ¿Hasta qué punto nos afecta? ¿Nos hace mejores o peores como seres humanos? ¿Si admitimos el maltrato a los animales, no admitiremos también el maltrato contra las personas?

Un gran conocedor de los animales dijo:
«La fiesta nacional es la exaltación máxima de la agresividad humana». (Wikiquote)
La frase es de Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980).