miércoles, 15 de abril de 2015

El buen gobierno según Locke

Además de filósofo y médico, John Locke destacó como político. O como politólogo, si lo prefieres. Es el autor de los 'Two Treatises of Government' (Dos tratados del gobierno civil). Lo que Locke propone es que la soberanía emana de los individuos cuyos derechos naturales, tales como la propiedad, la vida, la libertad y la felicidad, son anteriores a la constitución de la sociedad que surge a partir de un contrato social. Por ese contrato, los individuos ceden parte de su libertad al gobierno a fin de que les proteja sus derechos y libertades individuales. El poder reside en el parlamento, no en el rey. El poder absoluto que los reyes disfrutaron hasta entonces, se acabó con Locke.

En efecto, la soberanía popular se expresa ahora en el parlamento, donde se hacen las leyes que todo individuo ha de cumplir, incluido el rey. Para Locke, la separación de poderes queda repartida entre el poder legislativo (el parlamento) y el poder ejecutivo (el gobierno). Veremos cómo dicho binomio pasó a ser una terna cuando años más tarde Montesquieu (1689-1755) le añadió el poder judicial.

Según Locke hay diferentes caminos individuales para buscar la felicidad y por ello los conflictos son inevitables. Vimos en el 'Conocimiento lockeano' cómo cada individuo debe escribir en su propia tabula rasa el conocimiento que adquiere como resultado de la experiencia. Empirismo y liberalismo son dos conceptos que van muy ligados.

Los contractualistas, como Locke, imaginan un estado de naturaleza anterior al contrato social. La visión que Locke tiene de ese estado de naturaleza es que los hombres (hoy diríamos los seres humanos) viven en una situación de paz donde rigen leyes naturales que surgen de la razón. Una visión muy distinta a la que tenía Thomas Hobbes (1588-1679) cuyo estado de naturaleza era el de 'La guerra de todos contra todos'. Sin embargo, Locke admite que los hombres abandonan ese estado de naturaleza, pacífico en su caso, porque no existe allí una justicia imparcial que asegure los derechos naturales, esos que hemos citado antes. A través del contrato, los hombres ingresan en la sociedad civil. Si los que son elegidos para ejercer el poder violasen el contrato, entonces se volvería al estado de naturaleza.

El sistema lockeano supuso el primer paso para acabar con el Antiguo Régimen y sustituirlo por una democracia liberal. No es de extrañar que liberales y neoliberales tengan a John Locke como un héroe. Por ejemplo, Andrés Mejía Vergnaud, que durante un tiempo dirigió el Instituto Libertad y Progreso (ILP), en Bogotá, nos cuenta su punto de vista:
«En la versión de Locke, los hombres se ven llevados a instituir por consenso común un gobierno. Pero este gobierno, y aquí yace el elemento más importante, no tiene más fin que el de proteger y defender los derechos de los individuos, por excelencia el de la propiedad. Locke da vida así a la formulación clásica del liberalismo político: el Estado existe solo como instrumento de protección de los derechos individuales. Por tanto, no tiene más facultades que las necesarias para ejercer esa protección, y será ilegítima cualquier expansión del gobierno que exceda esas líneas. Vendrán tres siglos de teoría liberal que discurrirán sobre estas bases». (Mejía Vergnaud, Andrés: «Segundo tratado sobre el gobierno civil, de John Locke». En ambitojuridico.com. Legis. Bogotá)
Por otra parte, entre los marxistas existe cierta controversia. No son pocos los académicos marxistas que reivindican a Locke como uno de los suyos, mientras que otros critican tanto a Locke como a Hobbes por haber logrado instaurar el concepto que equipara la sociedad con un "mercado posesivo". Uno de los más significativos críticos de Locke fue el canadiense Crawford Brough Macpherson (1911-1987), autor de 'La teoría política del individualismo posesivo. De Hobbes a Locke'. El autor de estas líneas comparte la perspectiva macphersoniana. Por otra parte, el filósofo catalán Antoni Domènech (1952) es muy crítico con la explicación de Macpherson. Y nuevamente, sobre la cubierta del Aletheia no tardan en florecer dos bandos: macphersonianos y domenechianos. De cómo resulte este debate daremos cuenta en próximas entradas.

La justificación de la propiedad privada individual es un punto clave en la teoría lockeana. En su Segundo tratado sobre el gobierno civil, Locke sitúa la propiedad privada como un derecho natural, esto es, anterior al contrato social. Y no sólo eso, sino que justifica que la propiedad individual sea desigual. En palabras del propio Locke:
«Ahora bien, como el oro y la plata, al ser poco útiles para la vida de un hombre en comparación con la utilidad del alimento, del vestido y de los medios de transporte, adquieren su valor, únicamente, por el consentimiento de los hombres, siendo el trabajo lo que, en gran parte, constituye la medida de dicho valor, es claro que los hombres han acordado que la posesión de la tierra sea desproporcionada y desigual. Pues, mediante tácito y voluntario consentimiento, han descubierto el modo en que un hombre puede poseer más tierra de la que es capaz de usar, recibiendo oro y plata a cambio de la tierra sobrante; oro y plata pueden ser acumulados sin causar daño a nadie, al ser metales que no se estropean ni se corrompen aunque permanezcan mucho tiempo en manos de su propietario. Esta distribución de las cosas según la cual las posesiones privadas son desiguales, ha sido posible al margen de las reglas de la sociedad y sin contrato alguno; y ello se ha logrado, simplemente, asignando un valor al oro y la plata, y acordando tácitamente la puesta en uso del dinero; pues, en los gobiernos, las leyes regulan el derecho de propiedad, y la posesión de la tierra es determinada por constituciones positivas». (Locke, John: 'Segundo tratado sobre el gobierno civil'. Alianza editorial. Madrid. Descargar en PDF)
Recuerda que, según Locke, el contrato está para defender los derechos naturales y que él ya ha situado la propiedad privada entre ellos, justificando además que ésta se halle desigualmente repartida. Por eso mismo, la misión del gobierno no debe consistir en encontrar el modo de reducir las desigualdades, sino en asegurar a los propietarios que sigan como tales.

No te sorprenderá que el parlamento lo formaran sólo varones propietarios. Los desposeídos no estaban representados. Las mujeres, tampoco. Y es que a veces perdemos de vista que la democracia no se inventó para el pueblo, sino para los ricos. Para legitimar el poder de los ricos sobre la aristocracia. Y sobre el resto.

Aunque dicho ésto, es posible que diseñar una democracia perfecta fuera pedirle demasiado a alguien que vivió en el siglo xvii. Cierto. Pero tambien es verdad que ese modelo de democracia tan chapucero es, con pocas variantes, es el que tenemos ahora.

Ya te lo advertí: quien escribe ésto es un macphersoniano.

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