lunes, 27 de abril de 2015

El dinero de Locke

En la entrada anterior, la que titulamos como 'El enriquecimiento ilimitado e individual', vimos como John Locke (1632-1704) justificaba la apropiación ilimitada de la tierra a través de la aparición del dinero según la teoría del individualismo posesivo enunciada por Crawford Brough Macpherson (1911-1987) en 1975.

En 2012, durante una conferencia que llevaba por título 'Capitalismo y modernidad', Antoni Domènech (1952) expuso una visión del pensamiento lockeano desde una perspectiva muy contraria a la del filósofo canadiense.

Sin llegar a mencionarle, Domènech explica que la mayor parte de las falsificaciones del pensamiento moderno se produjeron durante el siglo xix, pero que a la teoría de Locke le llegó el turno en el siglo xx. Contra «una idea muy extendida» [la de Macpherson], Domènech opone la suya, según la cual:
«Locke acepta la noción anticapitalista de libertad de la Escuela de Salamanca, la inalienabilidad de la libertad (contra la que polemizó Hobbes), así como, una concepción de la propiedad privada explícitamente autoexcluyente y, por lo mismo, nada capitalista. Pero a diferencia de la Escuela de Salamanca, Locke tiene una concepción rara y errónea, “capitalista” si me permitís la broma, del dinero como institución social».
Así que Locke era capaz de ser “anticapitalista” y “capitalista” a la vez, por seguir con la broma iniciada por el filósofo catalán.

Antes de explicar cómo es que la interpretación del dinero por parte de Locke resulta ingenua, Domènech nos introduce en la concepción de la propiedad según la Escuela de Salamanca de aquella época, basada en el conocimiento del derecho romano. Así, el ager publicus quiere decir que toda la tierra es propiedad de la República de Roma. Una parte del ager publicus se destina a usos comunales y otra se destina a uso privado. Por ejemplo, las tierras comunales en Castilla eran propiedad del rey. Esto es, eran públicas. De haber sido Castilla una república, –sigue Domènech– serían propiedad del pueblo y no del monarca. La propiedad, privada o pública, se cede como fideicomiso. Y si se hace mal uso de ella, el soberano puede expropiarla, da lo mismo que el soberano sea un monarca o una república.

Para aclararnos, un fideicomiso (del latín, fideicommissum, mezcla de los conceptos “fe” y “comisión”) es la disposición por la cual un fiduciario deja su propiedad o parte de ella encomendada a la buena fe de alguien, la de un fideicomisario, para que, en caso y tiempo determinados, la transmita a otra persona, al fiduciante, o la invierta del modo que se le señala. 

De entenderlo así, la concepción de la propiedad que se desprende de la teoría de Locke sería muy progresista pues abriría la puerta a que el Estado expropie a quienes no hacen un buen uso de la propiedad, o no hacen uso alguno de la misma. Piensa, por un momento, en las enormes cantidades de tierra que acumulan algunas familias de la aristocracia española o el gran número de viviendas que permanecen sin ser habitadas en manos de los bancos que, paradójicamente, echan a la gente de sus casas mediante los deshaucios.

Los macphersonianos dudamos que esa fuera la idea que inspiraba a Locke teniendo en cuenta que no era un demócrata, punto este en el que coincidimos con nuestros colegas domenechianos [1]: «Robespierre era un demócrata; Locke no», reconoce el propio Domènech.

Es con el dinero de Locke con lo que ya no estamos tan de acuerdo. Para Domènech, el filósofo inglés no entendió o no leyó a los teóricos españoles cuando se pronunciaron sobre este tema:
«El dinero no es una mercancía y por lo tanto no es una tecnología neutra».
El dinero no es un activo, sino un pasivo. Es más, el dinero es una creación del Estado y no una convención anterior a éste, como sugiere Locke. La deuda pública es fundamental para entender la creación del dinero por parte del Estado, sostiene el profesor catalán.

Como dice Domènech, «en los mercados precapitalistas, la gente que concurre a ellos lleva bienes de uso que no han sido producidos para ser vendidos en el mercado, sino que son excedentes. En cambio, en los mercados propiamente capitalistas, donde la división del trabajo es muy especializada, se producen mercancías para ser vendidas en los mercados. Es difícil de entender cómo alguien podría intercambiar bienes antes de que se echen a perder en mercados que sólo intercambian excedentes», que son el tipo de mercados en los que Locke estaba pensando.

Observa que Domènech nos dice por un lado que Locke interpretó perfectamente a los eruditos de la Escuela de Salamanca en lo que se refiere a la propiedad vista como un fideicomiso y, sin embargo, luego nos dice que no entendió para nada el significado del dinero que se impartía en esta misma escuela. Volvemos a la broma de antes, donde la ambigüedad con la que Locke se maneja en términos económicos da para verlo como “capitalista” y “anticapitalista”.

O como un «auténtico bolchevique», en palabras de Domènech.


[1] La distinción entre macphersonianos y domenechianos es una invención del autor de este blog. Dudo mucho que existan tales categorías en el mundo académico.

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