martes, 23 de junio de 2015

Aquel primer paso hacia la desigualdad

En 1754, la Academia de Dijon lanzó un premio donde había que dar respuesta a la siguiente pregunta:
«¿Cuál es el origen de la desigualdad entre los hombres, y si ésta es respaldada por la ley natural?».
Al concurso se presentó un hombre de 42 años, un tal Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) al que aún le faltaba por cumplir otros ocho años para ver publicadas las que serían sus obras más conocidas: el 'Contrato social' y el 'Emilio'.

El premio de la Academia de Dijon no fue a parar a sus manos pero, aún así, consiguió que el Discours sur l'origine et les fondements de l'inégalité parmi les hommes (Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres) se publicara en 1755. Esta obra se la conoce también como el 'Segundo discurso'.

Para comprender bien a Rousseau es necesario complementar su 'Contrato social' con una lectura atenta del 'Segundo discurso', según nos advierte John Rawls (1921-2002). El profesor de Baltimore explica cómo el filósofo ginebrino dividía el periodo precontractual (o estado de naturaleza), en cuatro estadios, cada uno de ellos de larga duración, que eran los siguientes:
  1. El estadio del bruto, donde el hombre es todavía como un animal, perezoso e irreflexivo a la vez que feliz e inofensivo, no inclinado a infringir daños a otras personas. En este estadio, los humanos ya tienen capacidad de libre albedrío (o sea, el potencial para actuar a la luz de razones válidas). Es decir, no están guiados sólo por los instintos. Éste no es el estado ideal. Los hombres aún son perfectibles;
  2. El segundo estadio es el de la sociedad incipiente, donde ya existe el lenguaje. Un aspecto de nuestra perfectibilidad, que depende del lenguaje, es que somos seres históricos. Ésto significa que la perfectibilidad reside tanto en la especie como en el individuo y puede verse en el desarrollo histórico de la civilización. La realización particular de nuestra naturaleza depende de la cultura de la sociedad en la que vivimos. Los animales, por el contrario, llegan a ser todo lo que serán en un número relativamente escaso de meses y son hoy lo mismo que eran miles de años atrás;
  3. El tercer estadio es el ideal para Rousseau. Es el que se asemeja al descrito por Montaigne. Es ésta una fase patriarcal donde el aprecio público adquiere valor. Rousseau lo sitúa a igual distancia de la estupidez de los brutos y de las luces funestas del hombre civilizado. Será interesante retomar este punto el día que hablemos de 'El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado', de Friedrich Engels (1820-1895);
  4. Y por último, aparece el conflicto y el desorden. Es en este estadio donde los hombres dan el primer paso hacia la desigualdad. Este estadio se parecerá más al estado de naturaleza descrito por Hobbes. Es aquí donde se acaba con la instauración de la autoridad política bajo el dominio de los dueños de la propiedad. Sucedió con el desarrollo de la metalurgia y la agricultura, –dice Rousseauque hizo que las personas necesitaran cada vez más la ayuda de otros y, por lo tanto, acabó provocando la división del trabajo, así como la implantación de la propiedad privada de la tierra y las herramientas y, por último, la desigualdad entre las personas que, al principio, emanaba directamente de las desigualdades naturales (en fuerza, inteligencia, ingenio, etc.) entre individuos. (Rawls, John: 'Lecciones sobre la historia de la filosofía política'. Ediciones Paidós Ibérica. Barcelona, 2009; 252-258)
Según Rawls, para Rousseau las personas nos movemos por:
  1. El amour de soi (amor de sí mismo) que hace que cada individuo se preocupe de su bienestar natural y su medio de subsistencia;
  2. El amour propre (amor propio) que sólo surge en sociedad. A los seres humanos nos preocupa lo que los demás piensan de nosotros y la posición relativa que ocupamos dentro de nuestro grupo social.
El profesor estadounidense no cree que el amour propre contenga un principio de reciprocidad.
«El principio de reciprocidad –dice Rawls– es formulado y captado por la razón, la imaginación y la conciencia, y no por el amour propre. No obstante, impulsados por el amour propre, estamos preparados para aceptar un principio de reciprocidad y actuar conforme a él siempre que nuestra cultura lo ponga a nuestra disposición y nos lo haga inteligible, y siempre que el ordenamiento básico de la sociedad nos asegure una posición de igualdad con otras personas». (Rawls; 254)
No obstante, también es verdad que el amour propre puede devenir en “vanidad” o “arrogancia“; en un deseo de ser superior a los demás; de dominarlos; de ser admirado por ellos. Esto es, existe una tendencia pervertida o antinatural del amour propre de dominar a los demás y mantenerlos en una posición inferior a la nuestra. Y hay que admitir que esta segunda interpretación del amour propre goza de más aceptación que la primera.

Así pues, la reflexión, la razón y la imaginación pueden convertirse en enemigas de la piedad y bloquear las tendencias de ésta que nos impulsan a identificarnos con el sufrimiento de otras personas. 

El propio Rousseau decía en su 'Segundo discurso':
«Hace mucho tiempo que el género humano no existiría ya si su conservación hubiera dependido solamente de los razonamientos de quienes lo componen». (Rawls; 256)
Y es que Rousseau siempre desconfió del "triunfo de la razón".

En 'El contrato del caminante' hicimos un retrato de Rousseau con más sombras que luces. ¿Exageramos, tal vez? ¿Cuál era el punto de vista de su “voluntad general”? Ésta es la explicación que nos da Rawls:
«En su discurso sobre la economía política, Rousseau dice que la máxima según la cual el gobierno “está autorizado a sacrificar a un hombre inocente por la seguridad de la multitud” es “una de las más execrables jamás inventadas por la tiranía, la más falsa que pudiera proponerse, la más peligrosa que pudiera aceptarse y la más diametralmente opuesta a las leyes fundamentales de la sociedad”.
Sigue Rawls:
»Rousseau dice también: “Lejos de que uno deba perecer por todos, todos han comprometido sus bienes y sus vidas en la defensa de cada uno de ellos para que la debilidad privada siempre esté protegida por la fuerza pública, y cada miembro, por el estado en su conjunto”. Son [los] intereses fundamentales asegurados para cada ciudadano –y no la mayor satisfacción posible de nuestros diversos intereses de toda clase, tanto fundamentales como particulares– los que especifican nuestro bien desde el punto de vista de la voluntad general. Estos intereses fundamentales son compartidos por todos». (Rawls; 289)
Según ésto, las personas estamos comprometidas los unos con los otros en la defensa de cada miembro de la sociedad. La de Rousseau, es una visión mucho menos individualista de lo que cabría suponer. Nuestro caminante solitario no concebía el bien común en los términos utilitaristas del “máximo bienestar para el máximo número”. Para él, la sociedad no es la suma de los intereses de los individuos, sino que transforma la naturaleza humana de cada individuo en parte de un todo que es mayor que la suma de sus partes.

Vale, pero aún nos queda por desmontar o confirmar la sospecha de si Rousseau era o no un estalinista, como sugería Blom. No te pierdas el próximo capítulo. (Ni dejes de leer el anterior).


--- Sobre Rousseau encontrarás al menos estas tres entradas:



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