sábado, 13 de junio de 2015

El contrato del caminante

 
Si algo comparto con Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) es esa afición suya a dar paseos en solitario por el monte. Si bien, él los daba por los Alpes mientras que yo camino por un lugar no muy lejos de La Mancha.

El filósofo de Ginebra escribió sobre política social, sobre educación, y otras materias, además de ser músico y botánico. Su tiempo fue el de la Ilustración, aunque sus críticos resaltan sus contradicciones así como sus desencuentros con los ilustrados. Por ejemplo, para el historiador alemán Philipp Blom (1970), el ginebrino era más bien un “antiilustrado”. Otros dicen de Rousseau que era un escritor deslumbrante, aunque confuso e incoherente. En cambio, el estadounidense John Rawls (1921-2002) nos invita a no creer tales dislates. Como ves, navegamos una vez más por aguas revueltas.

Sobre él, González Cortés escribe lo siguiente:
«Existe una hagiografía que hace del “republicano” Rousseau un “monarca absoluto” de la inteligencia, a prueba de errores y al margen de críticas. Sin embargo, quien decide salir de la parálisis del asombro y escapar de cualquier relato heroico verá en Jean-Jacques a una criatura atormentada, a un ser desgarrado entre la experiencia cotidiana y su idea de la armonía, a alguien que vive inadaptado entre el presente y el pasado, y que desde los claroscuros de su pesimismo se dedica a escribir proféticamente acerca de los males que atenazan al ser humano». (González Cortés, María Teresa: 'El espejismo de Rousseau. El mito de la postmodernidad'. Editorial Academia del Hispanismo. Vigo, 2012)  
En todo caso, Rousseau anticipó la obsesión romántica por la subjetividad individual. Tal enfoque individualista y subjetivista impresionaría a Inmanuel Kant (1724-1804), cuya obra iba a suponer un giro copernicano en la historia de la filosofía occidental. Podemos decir también que las ideas políticas expresadas por Rousseau hacia 1762 en Du contrat social ou Principes du droit politique (El contrato social o Principios del derecho político) influirían tanto en la revolución francesa (1789-1799), como en el auge del republicanismo y del nacionalismo.  Pero no nos adelantemos al paso de nuestro caminante solitario. Una de sus frases más célebres es ésta:
«El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado».  
Otro aforismo suyo, que seguro habrás oído más de una vez, es éste que aparece en su Émile, ou de l'education (Emilio, o de la educación):
«El hombre es bueno por naturaleza».  
Según el profesor Rawls, lo que Rousseau se propuso demostrar es lo siguiente:
«[Que] el hombre es naturalmente bueno y que sólo por las instituciones se vuelven malvados los hombres». (Rawls; John: 'Lecciones sobre la historia de la filosofía política'. Ediciones Paidós Ibérica. Barcelona, 2009; 250)  
A pesar de su fama de huraño y, en cierto modo, de misántropo, Rousseau es, junto con Hobbes y Locke, uno de los más famosos autores contractualistas. Su contrato social trata principalmente sobre la libertad e igualdad de los hombres bajo un estado instituido por medio de un pacto.

Como ocurre con Locke, autores de uno y otro sesgo político tratan de hacer suyo a Rousseau.

Por una parte, los liberales valoran la perspectiva filosófica que adoptó nuestro caminante solitario al situar al individuo como agente fundamental que finalmente decide vivir en una sociedad constituida como un estado de derecho que asegure las libertades. La pretensión de Rousseau era:
«Encontrar una forma de asociación capaz de defender y proteger, con toda la fuerza común, la persona y los bienes de cada uno de los asociados, pero de modo tal que cada uno de estos, en unión con todos, solo se obedezca a sí mismo y quede tan libre como antes».  
Pero a diferencia de Locke, que sí era un liberal, el filósofo de Ginebra incluiría a todos los ciudadanos en su contrato. El primero no era un demócrata, el segundo sí. Bueno, lo era hasta cierto punto ya que Rousseau no incluía a las mujeres, cuyo sitio reservaba al hogar familiar.

Por otra parte, el concepto de la “voluntad general” sería retomado y reinterpretado por diversas visiones de la filosofía política como las socialistas, las nacionalistas o incluso las fascistas.

Al igual que hicieron los filósofos contractualistas que le precedieron, Rousseau hace aparecer el contrato social cuando los individuos ya no pueden superar los obstáculos del estado natural. Es entonces cuando pactan unir sus fuerzas con el fin de subsistir y crean la sociedad. Las cláusulas del contrato social se resumen en lo siguiente:
«Todo individuo se enajena, con todos sus derechos a favor de la comunidad; porque, dándose cada uno por entero, la condición es la misma para todos los contratantes, y dándose a la comunidad, la comunidad por acto recíproco del contrato se da a cada uno de los individuos. Cada uno se entrega a nadie en particular, y en este cambio se gana el equivalente de todo lo que se pierde, y una fuerza mayor para conservar lo que se tiene».
Recordemos que según la visión de Thomas Hobbes (1588-1689), los hombres nos volveríamos violentos y peligrosos si volviéramos a un estado de naturaleza: Bellum omnium contra omnes (Escribimos sobre ello en 'La guerra de todos contra todos'). El punto de vista de Rousseau sería muy diferente al del inglés: para el suizo, el mejor estado del hombre es justo aquél que antecede al contrato social, siendo la civilización la que nos corrompe.

También la solución hobbesiana distaba mucho de la rousseauniana: si Hobbes abogaba por una monarquía absolutista que no divina, Rousseau sería partidario de una democracia, hasta cierto punto. En el libro cuarto de su 'Contrato social', defiende la dictadura como elemento necesario para prevenir y solucionar las crisis en las repúblicas. Tampoco estaba contra la censura.

Aparentemente, Rousseau ataca a la religión cristiana por ser ésta incompatible con la libertad. Digo “aparentemente” porque Blom desmontó esta idea en su libro 'Gente peligrosa': para el historiador de Hamburgo, los verdaderos triunfadores de la Ilustración fueron Voltaire (1694-1778), Kant y el propio Rousseau, ya que se limitaron a «coger el pensamiento cristiano y secularizarlo, pero dejando intactos los reflejos culturales», lo que permitió a la burguesía asentarse en las estructuras de poder del siglo xix librándose, en lo civil, de la parte más farragosa del dogma. Así pues, la Ilustración fracasó –según Blom– porque básicamente dejó intacto el edificio teocrático del antiguo régimen. (Martí Font, José María: «El gran combate de la Ilustración». El País, 26/04/2012)   

Lo que Blom reivindica es un mayor reconocimiento del papel que representaron los verdaderos “héroes” de la Ilustración: Denis Diderot (1713-1784), David Hume (1711-1776), Paul Henri Thiry d'Holbach (1723-1789) o Claude-Adrien Helvétius (1715-1771). Todos ellos radicales, todos ateos.

El historiador alemán explica las circunstancias que hicieron de Rousseau y Diderot dos grandes amigos hasta que llegó su ruptura. Un final que tuvo un trasfondo epistemológico o religioso, según se mire:
«Diderot y Rousseau son como hermanos. Diderot había sido religioso de joven, quería ser jesuita, aunque creció para entender, en contra de su instinto, que la religión no tenía sentido porque no es verdad, degrada a la gente y los hace más miserables. Entendió que tenía que empezar a pensar en contra de lo que le decía su instinto. Rousseau era todo lo contrario, creía que todo lo que pensaba o creía, tenía que ser la forzosamente verdad y a partir de ahí construía su pensamiento».  
El retrato de nuestro caminante solitario figuraría frente al escritorio de un célebre seminarista: Iósif Stalin (1878-1953). Según Blom, el estalinismo vino a ser la utopía de Rousseau llevada a la práctica.

¿Una interpretación exagerada?


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