domingo, 7 de junio de 2015

El gran banquete de Malthus

Al hablar de David Ricardo (1772-1823), en 'La ciencia lúgubre', dijimos que la economía consiste principalmente en determinar cómo se reparte la tarta. Si no te gustaron las ideas de Ricardo puede que aún te gusten menos las de su amigo Malthus que decía:
«Un hombre que nace en un mundo ya ocupado, si sus padres no pueden alimentarlo y si la sociedad no necesita su trabajo, no tiene ningún derecho a reclamar ni la más pequeña porción de alimento (de hecho, ese hombre sobra). En el gran banquete de la naturaleza no se le ha reservado ningún cubierto. La naturaleza le ordena irse y no tarda mucho en cumplir su amenaza». (Pressat, Roland: 'Introducción a la demografía'. Ariel, Barcelona, 1989; 16)
Conocido como el padre de la demografía, Thomas Robert Malthus (1766-1834), tuvo una gran influencia en el pensamiento económico, político, social y científico de su época. Y aún la tiene en la nuestra.

A Malthus le preocupaba el futuro demográfico de la humanidad. Su tiempo era el de la Inglaterra del siglo xviii, la de la revolución industrial. La población crecía y crecía mientras el abastecimiento de alimentos se resentía debido a la proliferación de cercados por parte de los propietarios de la tierra, así como por las continuas subidas de precios.

Nuestro demógrafo observaba cómo el instinto arrastra a los seres humanos a actuar en contra de la razón que les debería inspirar el temor de no poder satisfacer las necesidades de su prole. Por utilizar una expresión muy en boga en nuestros días, podríamos decir que los humanos, para Malthus, tenemos una tendencia a reproducirnos por encima de nuestras posibilidades.

Tales preocupaciones las pudo expresar Malthus en su célebre 'Ensayo sobre el principio de la población', de 1798, donde sostenía que la población crece en progresión geométrica mientras que la producción de alimentos lo hace en progresión aritmética. En consecuencia, la población quedaría siempre limitada por los medios de subsistencia. Si éstos crecen, la población también lo hace, a no ser que lo impida algún poderoso obstáculo represivo como pudiera ser una guerra, una epidemia o un desastre natural. De no aparecer tales obstáculos, se llegaría a una situación de empobrecimiento que podría llevar a la especie humana hasta su extinción. La catástrofe maltusiana, ocurriría en 1880 según pronosticó el propio Malthus.

Aunque la previsión falló, el neo-maltusianismo sigue vigente.

La triste conclusión maltusiana es que el crecimiento de la población no puede ser frenado sin producir miseria. Con Ricardo y Malthus la noción de la pobreza en masa y de la gran desigualdad se convirtió en una premisa básica.

Dice Galbraih:
«Puesto que la mayoría de los hombres han sido siempre pobres, no es sorprendente que Malthus no se turbase en absoluto al comprobar las conclusiones a que llegaba y no se sintiese llamado a proponer ningún remedio». (Galbraih; 47)  
Ni Malthus ni tampoco Smith –sigue Galbraih– se preocuparon de cómo podían participar los distintos individuos y clases en el producto de la economía. Al contrario, como buen clérigo anglicano que era, Malthus pretendía atajar el peligro de la procreación irresponsable mediante la virtud de la castidad. O, en todo caso, proponía retrasar el matrimonio hasta que el hombre contase con recursos y de no ser posible obtenerlos le recomendaba abstenerse de intentar formar una familia.

El profesor de Haileybury entendía que las ayudas a las familias recogidas en la Poor Law (Ley de pobres) suponían una carga innecesaria para el estado y se oponía a ellas, no sólo por motivos económicos sino también demográficos: Tales ayudas liberaban a los pobres de las oportunas restricciones morales sin las cuales nada les impedía multiplicarse de un modo irresponsable.

Creo que es evidente que la sociedad defendida por Malthus era la que se rige por un orden social donde los ricos privilegiados no necesitan una población excesiva si ésta pudiera llegar a ocasionarles gastos en forma de impuestos. Si bien, él se mostraría partidario de favorecer a las clases medias:
«Aún cuando no podemos pretender excluir la riqueza y la pobreza de la sociedad, si encontráramos una forma de gobierno que permitiese disminuir el número de personas de las zonas extremas y aumentar el de la zona media, tendríamos, sin duda, la obligación de adoptarla». (Malthus, Thomas Robert: 'Primer ensayo sobre la población'. Alianza editorial. Madrid, 1995; 168-169)
Aún así, para Malthus, si los pobres eran pobres lo eran por su propia responsabilidad. Las clases altas podían tener la conciencia tranquila –no era por su culpa.

No es de extrañar que Malthus refutara la Ilustración y su idea de progreso, ni que rechazara la perfectibilidad de una sociedad compuesta por seres humanos buenos y libres, unidos por el contrato social.

El maltusianismo influiría en los biólogos evolucionistas, particularmente en Charles Darwin (1809-1882) y Alfred Russell Wallace (1823-1913), que desarrollaron las ideas de la selección natural y la teoría de la evolución

Cabe decir que Karl Marx (1818-1898) se posicionó en contra del maltusianismo, al exponer que el progreso en la ciencia y la tecnología permitirían el crecimiento exponencial de los recursos. No se equivocó.

Por un lado, la producción de alimentos sobrepasó con creces el nivel previsto y, por otro, los métodos anticonceptivos y el control de la natalidad limitaron el crecimiento de la población, al menos en los países desarrollados.

Hoy vivimos en la opulencia –dice Galbraih–, pero seguimos rigiéndonos por las leyes de la economía clásica, que se basaba en la escasez.

El legado de Malthus fue la inevitabilidad de la pobreza en masa. De hecho, dime: ¿cuándo fue la última vez que oíste decir a alguien eso de que la pobreza existirá siempre?


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