martes, 2 de junio de 2015

La ciencia lúgubre

Si nos viéramos ante la disyuntiva de tener que confiar el rumbo de nuestra economía a un experto, eligiríamos a alguien cuyos negocios siempre le hubieran ido viento en popa. El londinense David Ricardo (1772-1823) contaría, sin duda, con todos nuestros beneplácitos. Fue un hombre de negocios, especulador exitoso, agente de cambio y diputado, que logró amasar una considerable fortuna. Su influyente obra, 'Principios de economía política y tributación' (1817), constituye la exposición más madura y precisa de la filosofía económico clásica iniciada por Adam Smith (1723-1790). Pero, ¿sería ésta una buena elección?

Depende del punto de vista. El propio Ricardo reconocía que:
«El principal problema de la economía política es determinar las leyes que regulan la distribución». 
En otras palabras, la distribución de la riqueza es el factor clave de la política y de la justicia social. Regular la distribución viene a ser lo más parecido al reparto de una tarta, y como dice el refrán, quien parte y reparte se lleva la mejor parte. ¿Y a quiénes elegimos para partir y repartir los pedazos de la tarta? Lo has adivinado: a los expertos en llevarse la mejor parte.

La economía es un juego de suma cero: lo que uno se lleva, a otro le falta. Por eso, los buenos economistas deberían ser aquellos que procuran un reparto equitativo: para eso no basta con ser listos, sino que además hay que ser justos. Como veremos, la economía se convirtió en una “ciencia lúgubre” en manos de economistas ricos, como Ricardo o Thomas Malthus (1776-1834). Habría que esperar a Karl Marx (1818-1883) para que nos desvelara que la economía clásica no era otra cosa que una lucha de clases. De los de arriba contra los de abajo.

Durante un tiempo se nos hizo creer que la lucha de clases era algo del pasado. Con la crisis actual, Warren Buffett (1930) se encargó de recordarnos la cruda realidad:
«Claro que hay una lucha de clases, pero es mi clase, la clase de los ricos, la que está librando esta guerra. Y la estamos ganando». (Gómez-Jurado, Juan: «Warren Buffett, el secreto del oráculo». Abc.es, 05/03/2012)
Pero volvamos a Ricardo que nos decía:
«Usted cree que la economía política es una investigación en torno a la naturaleza y causas de la riqueza –yo creo que sería mejor denominarla una investigación sobre las leyes que determinan la división del producto de la industria entre las clases que contribuyen a su formación». (Galbraith, John Kenneth: 'La sociedad opulenta'. Editorial Ariel. Barcelona, 2007; 47) 
Las distintas clases a las que se refería el economista londinense, eran dos: la burguesía capitalista y los trabajadores. Para Ricardo, el trabajo era una mercancía más:
«El trabajo, como todas las demás cosas que se compran y se venden y cuya cantidad puede ser aumentada o disminuida, posee su precio natural y su precio de mercado. El precio natural del trabajo es aquel precio necesario para que los trabajadores, unos con otros, puedan subsistir y perpetuar su raza sin que se produzcan aumentos o disminuciones». (Galbraith; 49) 
Se trata de la frase más citada en literatura económica, donde Ricardo define lo que se ha venido en llamar la ley de bronce de los salarios, según la cual los salarios reales tienden “naturalmente” hacia un nivel mínimo, el nivel de subsistencia. Pagar salarios por encima de ese nivel provocaría un incremento de la población y, en consecuencia, un aumento de la demanda por obtener un empleo haría que los salarios se redujesen hasta alcanzar de nuevo ese nivel mínimo. A mediados del siglo xix, las ideas económicas que procedían de Ricardo llegaron a una gran encrucijada. La tradición ricardiana iba a verse confrontada a partir de entonces con la tradición revolucionaria de Karl Marx.

Según John Kenneth Galbraith (1908-2006):
«La única diferencia era que Ricardo y sus inmediatos seguidores confiaban en la supervivencia del sistema en tanto que Marx no. Pero, para Ricardo, el sistema sobrevivía no porque fuese útil al hombre ordinario. Evidentemente, no lo era. Sólo sobrevivía porque no se presentaba otra alternativa segura y, además, ninguna que fuese mejor. Cualquier esfuerzo que se efectuase para modificarlo reducía su eficacia». (Galbraith; 51) 
En efecto, plantearse un cambio de sistema se nos ha presentado por parte de los economistas clásicos como algo utópico e imposible de lograr. Como “una locura”:
«El trabajador, aunque esté descontento, debe comprender la locura que constituiría el cambio de sistema, porque este es el sistema, el sistema natural –y no hay otro–. La economía política, tal como se enseñaba en la torva Manchester, se llamó, y no sin razón, “la ciencia lúgubre”». (Palmer, Robert Roswell; Colton, Joel: 'Historia contemporánea'. Akal editor. Madrid, 1980; 172) 
El mito de que no podemos cambiar el sistema es todo un logro de la hegemonía cultural capitalista que se ha mantenido durante casi doscientos años, hasta el punto de que hoy «nos es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo». Esta paradoja no es mía, sino de Fredric Jameson (1934).


No hay comentarios:

Publicar un comentario