jueves, 25 de junio de 2015

Libertad o represión

El profesor John Rawls (1921-2002), decía que en la doctrina rousseauniana hay quienes ven un totalitarismo implícito. Por ejemplo, el alemán Philip Blom (1970) era de esa opinión, tal como vimos en 'El contrato del caminante'. ¿Hasta qué punto queda comprometida la libertad en el pensamiento de Rousseau?

El también estadounidense Roger D. Masters (1933), que ha dedicado gran parte de su carrera a estudiar la manera en que las circunstancias biológicas influyen sobre el comportamiento individual y social de los seres humanos dijo sobre nuestro caminante solitario:
«Rousseau parece haber sido prácticamente el único de su siglo en concebir el género humano como una especie animal cuya naturaleza define un modo de vida bueno y sano, pero cuya evolución le ha hecho inaccesible (al menos para la mayoría de las personas que viven en sociedades civilizadas) una vida que sea buena por naturaleza». 
Basta echar un vistazo a lo que ocurre a nuestro alrededor para comprobar que todavía hoy vivimos rodeados de lujos, ampliamente publicitados, que sólo unos pocos disfrutan. La pobreza severa aumenta y, al parecer, no sabemos (o no queremos) atajarla.

Es más, el marco neoliberal que impera en nuestros días nos invita a considerar que los pobres son los únicos culpables de su propia desgracia. Muchos de políticos que profesan el credo liberal pretenden solucionar el problema de la pobreza escondiendo (o eliminando) a los pobres. Lo último que quieren los ricos, o quienes sueñan con serlo, es que se les recuerde que ellos son responsables del infortunio de sus conciudadanos.

En el 'Contrato social', Rousseau escribe:
«Los compromisos que nos vinculan al cuerpo social sólo son obligatorios porque son mutuos, y su naturaleza es tal que al cumplirlos no se puede trabajar para los demás sin trabajar también para uno mismo. ¿Por qué la voluntad general es siempre recta, y por qué todos quieren constantemente la felicidad de cada uno de ellos, sino porque no hay nadie que se apropie de la expresión cada uno, y que no piense en sí mismo al votar por todos? Lo que prueba que la igualdad del derecho, y la noción de justicia que ella produce, deriva de la preferencia que cada uno ceda y, por consiguiente, de la naturaleza del hombre; que la voluntad general, para serlo verdaderamente, debe serlo en su objeto tanto como en su esencia, que debe partir de todos para aplicarse a todos, y que pierde su rectitud natural cuando tiende a algún objeto individual y determinado; porque entonces, juzgando sobre lo que nos es ajeno, no tenemos ningún verdadero principio de equidad que nos guíe». (Las negritas son mías). (Rawls; 291) (Cita del 'Contrato social', 2.4.5, pág. 54-55)
La idea es que al votar, los ciudadanos asumimos que ese cada uno somos nosotros mismos a la hora de votar por todos. El individualismo favorece la desigualdad mientras que la sociedad tiende a la igualdad. Ésto es lo que pensaba Rousseau:
«La voluntad particular [individualista] tiende por naturaleza a las preferencias, y la voluntad general a la igualdad».
Cuando buscamos la igualdad, muchos temen que sea a costa de una pérdida en su libertad individual y también se nos alerta ante el riesgo de que esa igualdad suponga una uniformización de las costumbres o de las ideas. Pero Rousseau no lo veía así. En la sociedad del pacto social, la libertad y la igualdad no entran en conflicto si son adecuadamente entendidas y relacionadas. 
No hay libertad sin igualdad
Se trata de la concepción republicana de la libertad: esto es, que la libertad consiste en no ser dominado por otros. En frente encontramos la idea liberal que restringe la libertad (libertad negativa) a garantizarnos que nada ni nadie interfiera en nuestra vida. (Vega, Francisco: «Libertad, igualdad y fraternidad. La libertad republicana». En Rebelion.org, 23/12/2004)

Pero, ¿de qué igualdad nos habla Rousseau?:
«Respecto a la igualdad, no hay que entender por esta palabra que los grados de poder y de riqueza sean absolutamente los mismos [para todos], sino que, en cuanto al poder, que esté por debajo de toda violencia y no se ejerza nunca sino en virtud del rango [la autoridad] y de las leyes, y en cuanto a la riqueza, que ningún ciudadano sea lo bastante opulento para poder comprar a otro, y ninguno lo bastante pobre para ser constreñido a venderse». (Rawls; 293) ('Contrato social', 2.11.2, pág. 76)
Una cierta desigualdad, pues, está contemplada en el contrato social. El filósofo ginebrino nos concibe como seres socialmente dependientes de la sociedad del pacto social, aún cuando somos personalmente independientes, es decir, no dependientes de ninguna otra persona particular. O sea, está diciendo que somos libres. Libres de verdad.

Recordemos que Rousseau decía que el problema social consistía en encontrar una forma de asociación, tal que, uniéndonos a otras personas, sigamos obedeciéndonos únicamente a nosotros mismos y continuemos siendo igual de libres que antes.

Entonces, ¿seguimos siendo igual de libres después de entregarnos totalmente a la comunidad bajo la dirección suprema de la voluntad general? ¿Se nos fuerza por ello a ser libres? Fue éste párrafo de Rousseau el que dio origen a la polémica:
«A fin, pues, de que el pacto social no sea un vano formulario, implica tácitamente el compromiso, el único que puede dar fuerza a los demás [compromisos], de que quien rehúse obedecer a la voluntad general, será obligado a ello por todo el cuerpo: lo cual no significa sino que se le forzará a ser libre». (Rawls; 302) ('Contrato social' 1.7.8, pág. 42)
La frase, sin duda, se presta a diversas interpretaciones. ¿Hay que reprimir a quien se oponga a la voluntad general? Algunos líderes políticos, aquellos que previamente se erigen en “dueños” de la voluntad general estarían muy de acuerdo en que sí. Sin duda, nuestro flamante ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, es uno de ellos, aunque se refugie en la libertad de expresión para excusar las impertinencias de sus compañeros de partido o las suyas propias. El periodista Antonio Maestre hizo un retrato de él en La Marea. (Maestre, Antonio: «Jorge Fernández Díaz, un ministro de rosario y mano dura». La Marea, 25/06/2015)

Sin embargo, hemos visto a lo largo de estas líneas cómo Rousseau defendía la libertad de cada uno. Yo diría que nuestro caminante solitario se opone a que cualquiera pretenda ser más que alguien y también a que haya quien se resigne a verse como inferior a otro. Perdona que insista en repetir las palabras del filósofo:
«[...] que ningún ciudadano sea lo bastante opulento para poder comprar a otro, y ninguno lo bastante pobre para ser constreñido a venderse».
 ¿Quién podría oponerse a ésto? ¿Con qué argumentos?

Vale, los neoliberales, por supuesto, argumantando que se les impide ser todo lo libres que pueden llegar a ser. Eso sí, ¿a costa de qué? A costa de la libertad de los demás.


--- Sobre Rousseau encontrarás al menos estas tres entradas:



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