viernes, 31 de julio de 2015

Una guerra de clases unilateral

La lucha de clases consiste, entre otras cosas, en que los de arriba se atribuyen virtudes tales como la decencia y, de ese modo, niegan que los otros, los de abajo, puedan asociarse a ellas. El todavía presidente del gobierno español, Mariano Rajoy (1955) es muy dado a entrar en el juego de las etiquetas para ocultar que su gestión de la Crisis consiste en recortar a las clases medias y bajas para favorecer a los muy ricos o superricos.

Como continuación a Tras la agenda neocon, te cuento que para los del Wall Street Journal, Warren Buffett (1930) es un traidor a su clase. Nos explica Vicenç Navarro (1937) que, en 2011, el economista de Omaha escribió un artículo donde explicaba cómo un superrico como él pagaba menos del 17% de sus ingresos anuales mientras a sus empleados les salía a pagar entre el 33% y el 41%:
«[Buffett] subraya que los superricos no están contribuyendo al sacrificio general que el Gobierno federal de EEUU está pidiendo de todos los ciudadanos para salir de la crisis. A ninguno de los superricos se le ha pedido hasta recientemente que haga ningún sacrificio, y ello a pesar de que –tal como señala Buffett– la crisis les ha ido muy bien a los superricos». (Navarro, Vicenç: «¿Existe lucha de clases?». Público. Madrid, 22/09/2011)
Para Buffett, tanto las rentas derivadas del capital como las derivadas del trabajo, deberían gravarse por igual. Había que dejar de mimar a los superricos, decía. Actualmente, –según Navarro– las rentas del capital están privilegiadas ya que no sólo gravan menos, sino que incluso han ido descendiendo más y más, bajo el argumento de que disminuir tales impuestos al capital facilita la creación de puestos de trabajo.

La teoría del goteo (trickle down effect), acuñada en los años 80 durante la presidencia de Ronald Reagan (1911-2004), supone que favoreciendo a los más ricos, la economía genera beneficios que, cayendo hacia abajo como gotas, se transforman en una ventaja para todos

Sin embargo, ha ocurrido justo al revés: el goteo va de abajo a arriba. Son las rentas de los de abajo las que van a engrosar los bolsillos de los de arriba.

Podríamos pensar que la fiscalidad de un país se diseña atendiendo a criterios marcados por la economía, pero no es así. Detrás de las decisiones que se toman en materia fiscal, hay factores políticos. Los impuestos dependen del poder e influencia que ciertos grupos tienen sobre las instituciones políticas. En nuestra sociedad actual quienes tienen ese poder son los superricos. Es decir, la clase capitalista, o burguesía, es la que decide que los superricos paguen menos y que los demás, ricos o pobres, paguen más.

Que no se hable del poder de los superricos ejercen sobre los políticos tiene mucho que ver con que las empresas que poseen los medios de comunicación pertenecen a esta clase. Apenas hay periodismo independiente. Es muy difícil contrarrestar el mensaje de los poderosos cuando se carece de una televisión, una radio, un periódico. De existir un medio alternativo que hablara por los de abajo, le cerrarían el grifo de la publicidad y vería comprometidos sus ingresos. O bien, crearían ruido, mucho ruido, para que el mensaje se pierda así entre banalidades o medias verdades: ¿Para qué crees que existe la tele-basura? Desengáñate, los medios no viven de la audiencia o de los ejemplares que puedan vender, sino de los anunciantes o las subvenciones que reciben.

La hegemonía cultural norteamericana, con sus dogmas neoconservadores y neoliberales, ha logrado introducir en nuestras neuronas el paradigma de que todos somos clase media. Si no te lo crees, sal y pregunta a ver cuánta gente está dispuesta a admitir que pertenece a la clase baja y mucho menos que está bajo el umbral de la pobreza. El concepto de lucha de clases se ha desvanecido porque así le convenía al sistema neoliberal. Pero existir, existe. Los medios de comunicación insisten en la idea de que hablar de la persistencia de la lucha de clases resulta anticuado.

Grave error, advierte Navarro:
«La ley de la gravedad es muy antigua, pero no es anticuada. Si lo duda, salte de un cuarto piso y lo verá».
Que no se hable de lucha de clases sociales es un síntoma del dominio de clase. Para Noam Chomsky (1928), profesor de lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT):
«[Lo que existe es] una guerra de clases unilateral». (Navarro, Vicenç: «La silenciada lucha de clases». Público. Madrid, 02/07/2013)
La agresividad con que la clase capitalista se emplea en contra de la clase trabajadora y de las clases medias resulta patente. Son las élites privilegiadas quienes provocan el malestar en la civilización y no al revés. Son los superricos quienes vivieron por encima de sus posibilidades. Las clases inferiores no causaron la Crisis.

Es la desigualdad extrema lo que provoca nuestro malestar. Un malestar por el que estamos pagando un precio muy alto, nos dice Joseph Stiglitz (1943). Las desigualdades existen, ya lo hemos dicho, debido al criterio que se aplica a los impuestos favoreciendo a los que más tienen y perjudicando a todos los demás. Pero no sólo es eso. Entre las élites neoliberales encontramos a quienes hicieron fortuna gracias a las concesiones o privilegios a cuenta del Estado que gestionaban y gestionan a través de ese juego del que hablamos en Puertas giratorias. Ese juego que consiste en:
«El ir y venir de personas que un día ocupan un cargo público y al otro están en una empresa privada, y viceversa, la política depende del dinero».
Una vez que el Estado cae en manos de los neoliberales, éstos ya se encargan de cobrarle a éste demasiado por lo que compra (armas, medicamentos) o pagarle demasiado poco por lo que vende (permisos para explotación de minerales, inmatriculaciones).

Además, según Stiglitz:
«Parte de la riqueza de los financieros proviene de la explotación de los pobres por medio de préstamos predatorios y prácticas abusivas con el uso de tarjetas de crédito. En estos casos, los que están arriba se enriquecen directamente de los bolsillos de los que están abajo». (Stiglitz, Joseph: «El precio de la desigualdad». El País. Madrid, 17/06/2012) 
Puede que, desde cierto punto de vista, Warren Buffett esté traicionando a su clase, pero no es culpa suya que el sueño americano esté siendo traicionado por quienes quieren a toda costa acabar con el estado del bienestar, precisamente.

Las élites de todo el mundo apuestan fuerte por instaurar el estado del malestar. Pero harán todo lo posible para distraernos con su panem et circenses.





miércoles, 29 de julio de 2015

Tras la agenda neocon

A poco que estés familiarizado con la historia contemporánea, te resultará extraño que liberales y conservadores pudieran llegar a firmar una alianza.

Fueron enemigos a muerte durante las revoluciones burguesas de 1789, 1820, 1830, 1848, y hasta la de febrero de 1917. Los liberales querían acabar con el sistema feudal basado en la tradición, la monarquía y la teocracia, que privilegiaba a los nobles y al clero en detrimento de la burguesía emergente. Los conservadores se oponían a tales anhelos de “libertad” y defendían la continuidad del Antiguo Régimen. La libertad que trajo el liberalismo sólo alcanzaba para unos cuantos: los burgueses, los capitalistas.

Otra cosa fue la revolución de octubre de 1917. La revolución bolchevique cambió el rumbo de la historia posibilitando la confluencia de liberales y conservadores en su común interés por luchar en contra del comunismo. La posterior caída de la URSS, en 1991 no significó la ruptura de esa alianza sino más bien todo lo contrario.

Un buen momento para observar cómo se mantiene esa alianza entre conservadores y liberales, fue el 2 de marzo de 2005. Había pasado casi un año desde que José María Aznar (1953) dejara de presidir el gobierno de España. Fue entonces cuando éste pronunció un discurso en el que elogiaba la figura de su gran amigo Mario Vargas Llosa (1936). El peruano iba a ser galardonado con el Premio Irving Kristol en la sede de The American Enterprise Institute (AEI), en Washington. En la Casa Blanca y en el Pentágono reinaban George W. Bush (1946), Dick Cheney (1941), Donald Rumsfeld (1932) y su camarilla de neocons.

Faltaban menos de tres años para que llegara la Crisis, cuyos responsables serían, precisamente, los neoconservadores de la era Bush. Lo que no supuso un obstáculo para seguir ejerciendo con Barack Obama (1961).

La AEI es un think tank (un laboratorio de pensamiento), de la derecha estadounidense, creado en 1938. El neoconservadurismo encontraría su base ideológica en las lecciones que el filósofo alemán Leo Strauss (1899-1973) impartiera en la Universidad de Chicago desde 1948.

Más incisivo que la AEI sería el think tank que lleva por nombre Project for the New American Century (PNAC). Lo que propone el proyecto por el nuevo siglo americano es la dominación suprema, militar y económica, del planeta, del espacio y del ciberespacio por parte de los Estados Unidos.

Tratemos de entederles. En opinión de Rafael Bardají (1959):
«La primera generación de neoconservadores americanos se lanza a una batalla que nada tiene que ver con la invasión de Irak, ni siquiera con Vietnam. Es la batalla de la cultura. Por un lado, consideran que el clima de los 60 y 70 es de extremo abandono de todo tipo de valores: movidos como estaban los jóvenes por el hedonismo y la sociedad americana por el materialismo extremo, los neoconservadores se proponen recuperar el sentido del deber y la responsabilidad de todos y cada uno. Hablan de enseñanza y de educación; de la familia; del aborto; de la igualdad de razas –y contra la discriminación positiva–; de criminalidad; de costumbres. Por otro lado, arremeten contra la cultura de la dependencia generada por el Estado del Bienestar, que adocena a la población y hurta a los individuos su capacidad para mejorar e innovar. El Estado como dueño de nuestros destinos».
Cabe decir que Bardají es fundador del Grupo de estudios estratégicos (GEES) y, desde 2004, ostenta la dirección de política internacional de otro famoso think tank español, el que fundara Aznar, la Fundación para el análisis y los estudios sociales (FAES). Neoconservadores ambos.

Es a Irving Kristol (1920-2009), un publicista de Nueva York, a quien se le considera como el fundador del movimiento neoconservador (neocon).

Su desarrollo no hubiera sido posible sin el apoyo que obtuvo durante la presidencia de Ronald Reagan (1911-2004). Aún así, el auge de este movimiento llegó con los atentados del 11 de septiembre de 2001.

¿Cómo es que todo un liberal como Vargas Llosa recibe un premio tan neocon? La explicación venía en el discurso de su amigo Aznar:
«Hoy en día, ser liberal en España –liberal en el sentido europeo, no me malinterpreten– no es tarea fácil, y aún más difícil para un neoconservador - Seguir leyendo: http://www.libertaddigital.com/opinion/jose-maria-aznar/elogio-de-vargas-llosa-23520/». [1]
Los intereses de los neoconservadores coinciden con los de los neoliberales y viceversa. Hay una extraña alianza entre neoliberales –o nuevos liberales, no me malinterpretes– y neoconservadores. [Por cierto, observa que los neocon no tienen reparo en definirse como tales, cosa que no les ocurre a los neoliberales que necesitan matizar que ellos son liberales de toda la vida].

Según escribía Irving Kristol en su libro Reflexiones de un neoconservador, el neocon adquiere sus ideas tanto del neoliberalismo económico como del conservadurismo cultural:
«Aprendió de Friedman a apreciar las claves de la economía de mercado como motor del crecimiento. De Hayek aprendió que las instituciones sociales son el producto de la acción humana, pero casi nunca del designio humano... De los conservadores culturales y del filósofo político Leo Strauss aprendió a valorar el significado de la moral y de las tradiciones precapitalistas... El neoconservadurismo no es meramente patriótico... sino incluso nacionalista». (Bardají, Rafael: «¿Pero qué demonios es un neocon?». Libertad Digital. Madrid, 07/10/2008)
Los neocons españoles podrían muy bien este decálogo basado en lo escrito por Bardají, aunque yo le he reinterpretado a mi manera:
  1. Poner fin al actual modelo de las autonomías. Hay que prohibir el nacionalismo periférico y fomentar la idea de España como "una unidad de destino”;
  2. Regenerar el sistema educativo de arriba abajo, volviendo a los valores de responsabilidad, disciplina, excelencia y obligatoriedad de la religión católica;
  3. Reforma laboral que acabe con la cultura del subsidio y la dependencia y ponga fin al Estado del Bienestar;
  4. Mano dura contra los inmigrantes ilegales, aunque éstos sirven de excusa a los neoliberales para presionar los salarios a la baja;
  5. Lucha abierta contra el multiculturalismo, en defensa de nuestras raices judeo-cristianas;
  6. En política exterior, resituar a España como país satélite de los Estados Unidos y en firme alianza con Israel;
  7. Transformar la Unión Europea para que no sea tal unión, sino un conjunto de países que colaboren con y no entorpezcan en los planes imperialistas de los neoconservadores estadounidenses;
  8. Acabar con el papel de las Naciones Unidas y ponerlas al servicio de los neocons, o impulsar una Liga de las Democracias que acabe con el antioccidentalismo;
  9. Emprender una acción exterior de reforzamiento institucional de la democracia en América Latina y África [neocolonialismo] al tiempo que se reducen drásticamente los fondos para la ayuda al desarrollo;
  10. Aumentar el gasto en seguridad, defensa, servicios de inteligencia y control cibernético.
Como ves, el franquismo habría suscrito casi todos estos puntos, sin complejos, salvo en lo que toca a los judíos. De hecho, la principal diferencia entre conservadores y neoconservadores españoles radica en que los segundos admiran a Israel, mientras que para los conservadores clásicos españoles los judíos eran el pueblo deicida (el que mató a Cristo). Por aquel entonces los aliados de los conservadores eran musulmanes. Recuerda que el general Francisco Franco (1892-1975) invadió España con un ejército de más de cien mil marroquíes. En el colmo de la manipulación, el No-do nos los pintaban como más españoles que los propios españoles:
«Todos los musulmanes de nuestro Protectorado en Marruecos, impregnados del amor y la cultura que en ellos ha sembrado España, acuden en socorro inmediato al escuchar los clarines de la llamada de Occidente. (...) Ni levas ni propaganda. Voluntarios nada más. Por mandato del corazón». (Bárbulo, Tomás: «Los moros de la 'cruzada' de Franco». El País. Madrid, 01/03/2008)
Por cierto, que los Estados Unidos no tardaron en dar el visto bueno al gobierno fascista pocos años después de acabada la Segunda Guerra Mundial, en una demostración más de que el neoliberalismo puede apoyarse en los gobiernos más antidemocráticos.

Es más, la agenda neocon, que ya hemos visto que coincide con la neoliberal, no considera vinculante ni las resoluciones de la ONU, ni los convenios de Ginebra, ni el Tribunal Penal Internacional (TPI).

En 2006, Rumsfeld se vio obligado a dimitir tras el escándalo de las torturas de Abu Ghraib. A pesar de ello, Bush, Cheney y otros destacados neocons continuaron haciendo apología de la tortura que se practica en Guantánamo. La promesa de Obama de que cerraría esta base le dio mucha popularidad en su día, justo antes de su elección, pero siete años después todo indica que ya no la hará realidad.

En mi opinión, donde neoliberales y neconservadores encuentran sus mayores coincidencias es en la lucha de clases.
«La lucha de clases sigue existiendo, pero la mía va ganando».
La frase esta vez no es de un filósofo o un historiador marxista, sino de Warren Buffett (1930), uno de los hombres más ricos del mundo.

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[1] En la cultura norteamericana, un liberal es lo que en Europa llamaríamos un socialdemócrata: pero uno de la tercera vía, más bien.

viernes, 24 de julio de 2015

Los negacionistas del neoliberalismo

La anterior entrada la acabé afirmando que el liberalismo es un plan perverso, además de estúpido. Además es inhumano. El escritor portugués José Saramago (1922-2010) sostiene que:
«El neoliberalismo es algo que no vale la pena, –desde un punto de vista general– para los intereses de la Humanidad».
Te aclaro que el prefijo neo significa nuevo. Un neoliberal viene a ser un nuevo liberal, con una significación distinta a la que tuvo en otra época y circunstancias, ya veremos por qué.

Pero, hagamos la pregunta:
¿Existe el neoliberalismo? 
¿Qué dicen al respecto los negacionistas del neoliberalismo?

A finales del siglo pasado, el escritor peruano Mario Vargas Llosa (1936), considerado un adalid del neolibaralismo, hacía balance negando la mayor: para él, los neoliberales no existen.
«Me considero liberal –dice el de Arequipa– y conozco a muchas personas que lo son y a otras muchísimas más que no lo son. Pero, a lo largo de una trayectoria que comienza a ser larga, no he conocido todavía a un solo neo-liberal». 
A Vargas Llosa le ocurre como a tantos otros que se autoproclaman como liberales mientras rechazan ser etiquetados como neoliberales. Según él, esa etiqueta es un recurso creado por los enemigos de la libertad (sic), a los que se refiere como esos “intelectuales a los que el desplome de la ideología colectivista ha enviado al paro”, pero que siguen dando que hablar. Para desenmascararlos, recurre a este párrafo:
«La fórmula [del neoliberalismo] no ha sido inventada para expresar una realidad conceptual, sino para devaluar semánticamente, con el arma corrosiva de la irrisión, la doctrina que simboliza, mejor que ninguna otra, los extraordinarios avances que al aproximarse este fin de milenio, ha hecho la libertad en el largo transcurso de la civilización humana». (Vargas Llosa, Mario: «El liberalismo entre dos milenios». El Cato, 10/11/1999)
Recién comenzado este mismo año, desde Colombia, o mejor dicho desde Miami, Daniel Raisbeck (1982) se hace eco de las palabras que el peruano escribiera quince años atrás, en el cambio del milenio:
«Como escribe Mario Vargas Llosa, el neoliberalismo es una “tremebunda entelequia destructora” que se han inventado políticos e ideólogos de toda tendencia –izquierda, derecha y centro–, unidos en torno a “una desconfianza tenaz hacia la libertad como un instrumento de solución para los problemas humanos”». (Raisbeck, Daniel: «El siempre fiable espantapájaros del neoliberalismo». Panampost. Miami, 11/02/2015)
Envolverse en la bandera de la libertad es un gesto recurrente entre los liberales de antes y, por lo visto, lo es también entre los neoliberales de ahora. Tanto los unos como los otros muestran una clara preferencia por los mercados, por la propiedad privada, y una beligerante oposición al socialismo, al Estado y a la redistribución.

Llama la atención que Raisbeck se presente en las listas del partido conservador y no por el liberal, que también existe en Colombia. Ésto puede ser debido, bien a que los liberales colombianos ejercen más bien como socialdemócratas, o bien porque existe una tendencia al entendimiento entre conservadores y neoliberales, y viceversa.

El escocés Keith Dixon, profesor de civilización británica en la Université de Lyon, explica que, a partir de los años setenta, la corriente de pensamiento neoliberal supuso la reactivación del liberalismo económico que había constituido el pensamiento dominante en las políticas que se aplicaban hasta poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en 1939. (Cruz, Sandro: «Comprender los lazos históricos y políticos del Neoliberalismo con la Globalización». Voltaire Net. París, abril de 2002)

Los treinta años de amplio intervencionismo del Estado que se desarrolló a partir de 1944 constituyeron tan sólo un breve paréntesis en el curso de la historia económica del capitalismo. El nuevo liberalismo, al que ahora llamamos neoliberalismo aparecería en 1972 con el ánimo de eliminar todo vestigio de keynesianismo. Ocurrió bajo el gobierno conservador de Margaret Thatcher (1925-2013).

La dama de hierro exportaría las ideas neoliberales de Friedrich von Hayek (1899-1992) y Milton Friedman (1912-2006) a un buen número de países, tal vez a todos, impregnándolo todo. Y es que el neoliberalismo es –como dice Dixon– la ideología de acompañamiento de eso que hoy conocemos como Globalización.

Los partidos socialdemócratas [los socialistas] colaboraron en la supresión de fronteras para el tránsito de productos y de capitales aunque no de personas; implantación del capitalismo salvaje; destrucción de los sindicatos; no respeto de la seguridad social y de las ocho horas de trabajo, etc. Los socialistas de la tercera vía pasaron a ser neoliberales y aún no saben que lo son.

Liberales y neoliberales aparentan ser sinónimos, pero, ¿hay alguna diferencia entre ambos términos?

Las hay. Pero no están tan claras. Los neoliberales reclaman para sí la herencia ideológica de los primeros liberales, como la de John Locke (1636-1704) y, sobre todo, la de Adam Smith (1723-1790). Pero, en realidad, sus ideas beben más en pensadores más actuales, como von Mises o von Hayek, ambos partidarios de un mundo donde los Estados se reduzcan a su mínima expresión al tiempo que las grandes corporaciones toman el poder.

Desde Santiago de Chile, Daniel Brieba, miembro de Red Liberal, sugiere que el neoliberalismo no conserva apenas nada de la teoría de Adam Smith:
«La percepción del Estado como una amenaza permanente e inminente sobre la libertad humana, en una lógica de suma cero entre la libertad individual y el poder estatal, no es enteramente fiel al espíritu de Smith, que entendía ambos en un forma más complementaria. Por otra parte, el neoliberalismo es también una rigidización del pensamiento de Smith, pues la obsesión de los neoliberales con achicar el Estado y sustituirlo por el mercado a todo evento dista bastante del pragmatismo de Smith, que era amigo pero no esclavo de las soluciones de mercado a problemas sociales y que no tenía complejos en volverse ‘estatista’ si el problema lo requería».
El sociólogo chileno critica que:
«Políticamente, el neoliberalismo se ha caracterizado por su indiferencia hacia las libertades civiles y políticas, o como mínimo la subordinación de éstas a la consecución primera de las libertades económicas». (Brieba, Daniel: «Liberales y neoliberales». Política para principiantes. Santiago, 27/07/2009)
Lo cierto es que los políticos actuales manipulan y someten al resto de los ciudadanos mediante leyes ad hoc para mantener su estatus de casta, siempre al servicio de las grandes corporaciones y las grandes fortunas.

Desde Buenos Aires, Diego Rodríguez, que se autodefine en su cuenta de Twitter como liberal y comiquero, observa que hay incluso similitudes con la religión. No en vano, se habla del fundamentalismo de mercado:
«[Los políticos] utilizan los medios de comunicación, convertidos en plataformas de lavado de cerebro, haciendo creer a los ciudadanos que las medidas se toman por el bien común. Esto tiene un claro paralelismo con las sociedades de los siglos xviii o xix en la que las personas no eran ciudadanos sino súbditos y los liberales combatían las prebendas de la nobleza y el lavado de cerebro realizado por el clero». (Rodríguez, Diego: «Diferencias entre liberalismo y neoliberalismo». En http://rodriguezdiegon.blogspot.com.es, Buenos Aires, 10/2010) 
De hecho, los neoliberales se defienden como pueden de las críticas que denuncian que el neoliberalismo se haya consolidado como un pensamiento único. Para ello, hemos visto como tachan a sus oponentes de enemigos de la libertad, al tiempo que niegan que la propaganda y la ejecución de sus planes neoliberales respondan a una especie de consigna goebeliana o sigan una doctrina totalitaria.

Visto lo visto, cabría hacerse otra pregunta:
¿Existen los liberales? 
¿Dónde están aquellos liberales que decían anteponer los derechos individuales de la gente sobre los derechos de la propiedad de las élites?

La respuesta nos la da otro neoliberal americano, Carlos Alberto Montaner (1943), en este caso nacido en La Habana, pero con nacionalidad española y estadounidense. En su conferencia de Miami, en 2000, establecía una línea de continuidad histórica que no sólo conecta a los neoliberales del siglo xx con los liberales del siglo xvii, sino que incluso se retrotrae a Aritóteles (384-322 a.C.). No obstante, su análisis histórico –muy sesgado por cierto– llega a un punto donde Montaner reconoce lo que Vargas Llosa negaba insistentemente un año antes: que los gobiernos no nos representan, sino que velan por los intereses de la élites que detentan realmente el poder. Dice Montaner:
«Los liberales piensan que, en la práctica, los gobiernos real y desgraciadamente no suelen representar los intereses de toda la sociedad, sino suelen privilegiar a los electores que los llevan al poder o a determinados grupos de presión».
En el artículo citado más arriba, Vargas Llosa criticaba a Robert D. Kaplan (1952) por alertarnos de que la humanidad se encamine hacia un mundo dominado por el autoritarismo encubierto –o no encubierto– de gobiernos en apariencia liberales que ejecutan las órdenes que les dan las grandes corporaciones internacionales. Gracias a su ubicuidad y extraterritorialidad –decía Kaplan– dichas corporaciones gozan de impunidad frente a los Estados, por muy democráticos que estos pretendan ser. Lo hemos visto recientemente con el ninguneo a los griegos por parte de los gobiernos europeos y el FMI al servicio de los bancos y las multinacionales.

Sigue Montaner:
«Los liberales, en cierta forma, sospechan de las intenciones de la clase política, y no se hacen demasiadas ilusiones con relación a la eficiencia de los gobiernos. De ahí que el liberalismo debe erigirse siempre en un permanente cuestionador de las tareas de los servidores públicos, y de ahí que no pueda evitar ver con cierto escepticismo esa función de redistribuidores de la renta, equiparadores de injusticias o motores de la economía que algunos les asignan». (Montaner, Carlos Alberto: «Liberalismo y neoliberalismo en una lección». Liberalismo.org. Miami, 14/09/2000)
En otras palabras, este (neo)liberal nos dice que el liberalismo confía más bien poco en la democracia. El liberalismo, o lo que otros llamamos neoliberalismo, no es más que un disfraz para ocultar una realidad cada vez más clara: que el liberalismo acaba con la democracia. No quieren políticos, quieren gestores. Nos venden la idea de que nosotros podemos elegir pero, en realidad, votamos sólo entre aquellos que ellos quieren, entre los que están dispuestos a obedecer sus órdenes. No hay otra forma de gobernar, insiste Montaner.

Estos presuntos liberales (o neoliberales) toleran que hagamos cosas tales como cambiar de pareja, pero no que rectifiquemos de sistema. 



domingo, 19 de julio de 2015

Las amistades neoliberales

Me contaron uno de esos chistes con los que los think-tankers neoliberales tratan de demostrar su ingenio. Su autor o sus autores pretenden ilustrarnos sobre los efectos maléficos que tienen los impuestos, concretamente los impuestos progresivos.

Te lo cuento: un grupo de diez hombres, supuestamente neoliberales, se reúnen a diario para tomarse unas cervezas. En total, la cuenta del bar asciende a cien euros (100 €) que se reparten siguiendo un criterio progresivo, de manera semejante a como se hace en la declaración de la renta donde se tiene en cuenta la situación financiera de cada ciudadano. Así, los cuatro más pobres no pagan, mientras que los otros seis lo hacen en distintas cantidades: 1 € es lo que pagaría el quinto; 3 €, el sexto; 12 €, el octavo; 18 €, el noveno; y 59 € el décimo que, como ves, debe ser ostensiblemente más rico que los otros nueve.

Todo se torció aquel día que el dueño del bar les anunció que iba a hacerles un descuento de 20 € para premiar su fidelidad. A raíz de eso, los amigos comenzaron un acalorado debate tras el cual, las cuentas iban a quedar así: el quinto pasaba a no pagar nada, como ya ocurría con los otros cuatro más pobres; el sexto pagaría 2 € en lugar de los tres que pagaba antes; el séptimo que antes pagaba siete ahora sólo pagaría 5 €; el octavo pagaría 9 € en vez de doce; el noveno, 14 € en vez de dieciocho; y, finalmente, el más rico pagaría 49 € y no los cincuenta y nueve que le correspondían antes del descuento.

Una vez salieron del bar, la discusión subió de tono cuando uno de ellos señaló que el más rico se estaba llevando el 50% del descuento que les hizo el hombre del bar. Ante este dato de nada servía razonar que todos estaban ahora mejor que antes. Los que más elevaban la voz eran, por supuesto, los cuatro que ni pagaban antes ni pagarían después del descuento. Su queja: que a ellos no les tocó nada del descuento de los veinte euros.

La historia continúa de un modo sorprendente, al menos para mí. En la versión que recoge Cartas Liberales, un blog neoliberal, sigue así:
«Entonces, los nueve hombres rodearon al décimo y lo golpearon, se lo madrearon… por rico».
A esto se le llama rizar el rizo. ¿Por qué al guionista le parece necesario hacer que los protagonistas llegasen a las manos? Por lo que me dicen, deduzco que en el subconsciente neoliberal anida una idea según la cual los de abajo están prestos a recurrir a la violencia contra los de arriba de una manera tan bárbara como irracional.

Pero a poco que lo pienses te darás cuenta que suele ocurrir al revés. Basta ver contra quiénes carga la policía y contra quiénes no, así como la facilidad con la que unos, los más desfavorecidos, entran en la cárcel frente a las dificultades que aparecen cuando se trata de un tipo afortunado al que se le pilla robando o estafando enormes sumas de dinero. Sobre todo si ese dinero es público.

Nuestro think-tanker prosigue relatando que al día siguiente el rico no se presentó a la cita, como era de esperar. Los otros nueve bebieron sus cervecitas pero a la hora de pedir la cuenta se llevaron la desagradable sorpresa de que no les alcanzaba ni para pagar la mitad.

La moraleja neoliberal que viene explícita en el chiste, nos dice que una reducción de impuestos ha de beneficiar, sobre todo, al más rico. Nuestro think-tanker añade que si molestamos a los ricos con los impuestos, éstos se irán a tomar sus cervecitas a otra parte, al extranjero quizás, allá donde se les traten bien, donde a buen seguro podrán formar nuevos grupitos de a diez en los que, esta vez sí, no estará permitida la entrada a perdedores. Sólo a ganadores. Gente de su misma clase.

Porque no sé si te habrás fijado, pero lo más extraño del chiste es que el think-tanker da por hecho que existen grupos heterogéneos con tales diferencias de clase. Y más extraño aún es que nos retrate a un neoliberal admitiendo que alguien disfrute de una cerveza que no se puede pagar. Y que además sea él quien tiene que costeársela. Al menos no por norma. Por caridad, puede, pero nunca como una obligación. Quizás sea en este punto donde neoliberales y cristianos encuentran mayores coincidencias.

Y es que, si algo le repugna a un neoliberal es que le hables de impuestos. Algunos preferirían abolirlos del todo pero en general aceptarían un sistema impositivo que fuera igual para todos, independientemente de la riqueza o la pobreza de cada cual. Volviendo al inicio del chiste, lo más probable es que, llegada la hora de pagar, los presuntos colegas dialoguen de una forma muy distinta a como lo hacen en el chiste:
- ¿Cómo pagamos las cervecitas?
- ¿A partes iguales?
- ¿A escote?
Pagar a escote es una expresión que los españoles utilizamos mucho y que, sin embargo, muchos no sabríamos explicar de dónde viene. ¿Tendrá que ver con esa parte de la ropa que deja más o menos visible el pecho de las mujeres? Pues siento decepcionarte, pero no. Lo de pagar a escote parece venir del francés. El término écot significa parte o porción. De ahí que payer son écot signifique pagar todos y cada uno con la misma cantidad de dinero. Aunque hay quien me apunta que eso es “hacer bote” o “ir a pachas”, mientras que “pagar a escote” sería si cada uno paga sólo por aquello que ha consumido.

Habrás oído a más de un neoliberal clamar contra los impuestos directos y defender, más o menos a regañadientes, que éstos han de ser indirectos. A ver si deduces por qué:
  1. Los directos gravan la riqueza en sí misma. Son los impuestos sobre la renta de las personas físicas (IRPF), de las sociedades, de las sucesiones, donaciones, y sobre el patrimonio;
  2. Los indirectos gravan la utilización de esa riqueza. Incluyen el impuesto sobre el valor añadido (IVA), sobre las transmisiones patrimoniales y actos jurídicos documentados, aduanas, o los llamados especiales (alcohol, tabaco, hidrocarburos, matriculaciones).
Está claro, ¿no? Los neoliberales prefieren los impuestos indirectos porque así los pagamos entre todos a partes iguales. Por el contrario, aplicar impuestos directos suele provocar que pague más quien más tiene. Un neoliberal auténtico verá como una gran injusticia la existencia de un impuesto progresivo, y como un mal menor la aplicación de impuestos directos.

Es paradójico que los neoliberales defiendan el individualismo posesivo cuando se trata de acaparar rentas, salarios y privilegios pero ataquen los impuestos si éstos individualizan o tienen en cuenta las circunstancias personales de cada cual. El credo neoliberal pretende que ante los impuestos seamos todos iguales, pero totalmente diferentes cuando se trata del disfrute de los bienes y recursos.

¿Dije que el chiste era clasista, o no lo dije? El autor, o a los autores del mismo, no parecen interesados determinar si es justo o no que a la barra del bar lleguen unos, los más, que apenas pueden pagarse una cervecita o ninguna, a la vez que otros, los menos, que podrían ahogarse en cerveza por los siglos de los siglos.

Igual estás pensando en algo que ya insinué antes: que un grupo así no existe. En el chiste, sin embargo, este grupo pretende ser un símbolo del conjunto de la sociedad. Esos diez individuos de los cuales la mitad no pueden pagarse sus cervezas, equivale a una sociedad con un 50% de pobreza. Un dato odioso, sí, pero es que para un partidario del mercado libre y del Estado mínimo, la sociedad no existe. Existen los individuos. O más bien los consumidores que, a su vez, son competidores entre sí. Y la competición establece un marco en el que solo es posible estar como vencedor o como perdedor.

Antes dije que todo se torció el día que el dueño del bar ofreció un descuento a los diez presuntos amigos. Y que la moraleja de nuestro chistoso think-tanker era que siempre que haya un descuento, éste ha de beneficiar al más rico. Pero hay más moralejas:
  1. Por una parte, cuando un buen número de los componentes del grupo no pueden pagar las cervezas se hace evidente que dependen de que el rico acepte pagárselas. Luego no son libres. Si no hay igualdad, no hay libertad. O dicho de otra manera, el neoliberalismo no es libertad;
  2. Por otra, el dueño del bar bien podría haber previsto lo que iba a pasar tras ofrecerles el descuento: la pérdida de un buen grupo de consumidores. Siguiendo la lógica del mercado libre, el propietario debería buscar su máximo beneficio. Sería más razonable pensar en subirles el precio moderadamente, lo que según la metáfora del chiste abre la posibilidad de subir los impuestos. Los diez parroquianos aplicarían una distribución progresiva como ya hicieron antes y así se evitarían los malos rollos.
Pero, ¿lo admitiría el más rico? ¿Acaso no habría rechazado ya de entrada el sistema de reparto con el que se inicia el chiste? Y de rechazarlo, ¿no se sentiría incómodo al provocar que más de la mitad de sus presuntos amigos se vieran obligados a renunciar a las tertulias del bar?

Más que sentirse incómodos ante las desigualdades de clase, los neoliberales parecen convencidos que es de justicia provocar que éstas aumenten hasta el infinito en pos de su enriquecimiento individual ilimitado. En el neoliberalismo apenas hay lugar para los amigos, los amigos de verdad, pero sí para los intereses, las conveniencias y el tráfico de influencias.

El neoliberalismo es un plan perverso. Pero, sobre todo, es estúpido.


lunes, 13 de julio de 2015

Los dientes de la verdad

De costa a costa: de los fiordos noruegos a la costa atlántica de los Estados Unidos. De barco a barco: desde el Aletheia a la cubierta del Orca. De amenaza en amenaza: de la diminuta bacteria al gran tiburón.

Cuarenta años después, resulta tentador ponernos a analizar la figura de Bruce, el enorme tiburón blanco (Carcharodon carcharias) que aterrorizó las playas de Amity y, en cierta manera, las del mundo entero. Un joven Steven Spielberg (1946) rodó la película Jaws que ese año, 1975, rompió récords de taquilla. En nuestro país la titularon como Tiburón, aunque tampoco hubiera estado mal dejarla en su traducción literal: fauces. El título coincide con el de la novela en la que se basa, la que escribió Peter Benchley (1940-2006) un año antes.

Pero mi intención es otra. Quiero incidir en las evidentes coincidencias que se dan entre Tiburón y la obra que Henrik Ibsen (1828-1906) escribió para el teatro en 1882: Un enemigo del pueblo, de la que hablamos en la entrada anterior, la que titulamos como 'La democracia bajo sospecha'. Ambos alcaldes, el de aquel pequeño pueblo noruego y el de Amity, se oponen a que la verdad se de a conocer para no ahuyentar a los turistas del balneario o de la playa, según el caso. Que algunos políticos entiendan que su cometido consista en mentirnos resulta un tema recurrente tanto en la vida real como en la ficción.

Tanto Benchley, en la novela, como Spielberg, en la película, nos presentaron a Bruce como la encarnación del peligro, como un monstruo, como un asesino en serie, como un “devorador de hombres”. Bueno, y devorador de mujeres, también. Si has visto la película o leído la novela, seguro que te impactó la primera escena en la que una joven es atacada por el jaquetón al ritmo inolvidable que interpretan seis bajos, ocho violonchelos, cuatro trombones y una tuba, bajo la batuta de John Williams (1932).

Es interesante constatar que Benchley se arrepintió de haber contribuido a construir esa imagen de terrorista de los mares que hoy asociamos al tiburón. Los datos contradicen esa percepción: las muertes de seres humanos debidas al ataque de escualos no suelen pasar de cinco al año. Por cada una de ellas, nosotros matamos unos dos millones de tiburones al año. Estamos hablando de alrededor de cien millones anuales a los que damos muerte. Para hacer sopa con sus aletas. O por selacofobia, por ese miedo irracional a estos peces. La cinta de Spielberg no sólo produjo un mayor pánico entre las personas sino que además ocasionó una gran matanza de tiburones en todo el mundo.
«En los últimos años de su vida, Benchley se dedicó exclusivamente al conservacionismo marítimo, dando conferencias contra la explotación del entorno marino y publicando libros como Shark Trouble, donde desmiente científicamente el perfil de serial killer que su libro contribuyó a popularizar». (Peirano, Marta: «Tiburón: 40 años de arrepentimiento». El Mundo, 01/07/2015)
Al igual que el alcalde Stockmann quería evitar que su hermano, el doctor, cerrase el balneario aún a sabiendas de que las aguas estaban contaminadas, tampoco el alcalde de Amity deseaba que el sheriff Brody cerrase las playas. El negocio es el negocio. Pero aquí acaban las similitudes de la novela de Benchley con la obra de Ibsen.

La bacteria contaminante de las aguas del balneario noruego no se convierte en protagonista: el tiburón sí. Sus ataques son espectaculares y los muertos y heridos resultan difíciles de ocultar ante la opinión pública. En Amity, el enemigo del pueblo será el tiburón. La gente quiere acabar con su amenaza, no con el mensajero que les alerta de su existencia. Por el contrario, el pueblo noruego no elige la bacteria como su enemigo, sino al doctor que la descubre.

Finalmente, la lucha contra el monstruo la llevan a cabo tres hombres: el veterano cazador de tiburones Sam Quint, el jefe de la policía local Martin Brody y el oceanógrafo Matt Hooper. En la novela, sólo Brody sobrevive. En la película, Spielberg altera el texto de Benchley para “resucitar” a Hooper y hacer más “explosiva” la muerte del depredador. Tales licencias suponen «un exorcismo colectivo, una ceremonia para la restauración de la confianza ideológica». (Grant, Barry Keith: 'Britton on film'. Wayne State University Press. Detroit, Michigan, 1979)

Lo cierto es que la película no sería la misma sin el júbilo, sin la catarsis, de los espectadores cuando el monstruo es aniquilado de esta manera: significa la destrucción del mal en sí. Es más, Spielberg convierte a Brody en el símbolo de cómo la acción individual puede bastar para lograr el buen funcionamiento de la sociedad. En el mundo occidental, y más en el norteamericano, el individualismo tiene que ser más eficiente que la acción colectiva.

Me llama mucho la atención observar cómo Brody, Quint y Hooper navegan en el mismo barco pero sin formar equipo. Cada uno va a su rollo. Son constantes los conflictos motivados por sus respectivos egos. Lo único que les une es la lucha contra un enemigo externo.

Y es que, en el marco de la sociedad estadounidense, el terror provocado por el tiburón podría interpretarse como una amenaza extranjera: el comunismo, por ejemplo. Esa es la opinión del crítico estadounidense Fredric Jameson (1934), de ideología marxista. Mientras Spielberg disimula los conflictos de clase, que sí están presentes en la novela de Benchley, la desaparición de Quint entre las fauces del monstruo representa algo así –nos dice Jameson– como la destrucción simbólica del viejo y populista Estados Unidos de la época del New Deal. En mi opinión, podemos ver el triunfo del neoliberalismo que, en 1975, está a punto de llegar, en contraposición de la derrota del keynesianismo, que ya queda muy atrás.

Para Jameson, la asociación entre Brody y Hooper viene a ser:
«[Como una] alegoría de una alianza entre las fuerzas de la ley y el orden y la nueva tecnocracia de las corporaciones multinacionales… en la cual el espectador se regocija sin entender si él o ella está excluido». (Jameson, Fredric; 'Signatures of the Visible'. Routledge. New York, 1990)
Con la muerte de Quint desaparece una forma de ser, individualista pero enfrentada al sistema. La muerte de Hooper, en la novela, nos puede hacer dudar de la eficacia de la ciencia y las nuevas tecnologías. Quizás por eso, en la película Spielberg lo resucita de las aguas justo en el último momento. Claramente, es Brody quien triunfa. Él representa los valores de la familia mientras que Hooper y Quint, no. Brody es, además, el representante del orden. El mensaje es claro: tenemos que confiar en los uniformados. Ellos protegen a nuestras familias. No son ellos los enemigos del pueblo. Ni tampoco les chiens de garde (los perros guardianes) de la burguesía, según denunciaba el filósofo Paul-Yves Nizan (1905-1940) en un libro homónimo publicado en 1932.

Si la democracia quedaba bajo sospecha en la Noruega que nos pintó Ibsen, en los Estados Unidos de Spielberg, es el sheriff quien queda fuera de toda duda. La democracia está a salvo de los tiburones, siempre que no sean de los que nadan en Wall Street.