domingo, 19 de julio de 2015

Las amistades neoliberales

Me contaron uno de esos chistes con los que los think-tankers neoliberales tratan de demostrar su ingenio. Su autor o sus autores pretenden ilustrarnos sobre los efectos maléficos que tienen los impuestos, concretamente los impuestos progresivos.

Te lo cuento: un grupo de diez hombres, supuestamente neoliberales, se reúnen a diario para tomarse unas cervezas. En total, la cuenta del bar asciende a cien euros (100 €) que se reparten siguiendo un criterio progresivo, de manera semejante a como se hace en la declaración de la renta donde se tiene en cuenta la situación financiera de cada ciudadano. Así, los cuatro más pobres no pagan, mientras que los otros seis lo hacen en distintas cantidades: 1 € es lo que pagaría el quinto; 3 €, el sexto; 12 €, el octavo; 18 €, el noveno; y 59 € el décimo que, como ves, debe ser ostensiblemente más rico que los otros nueve.

Todo se torció aquel día que el dueño del bar les anunció que iba a hacerles un descuento de 20 € para premiar su fidelidad. A raíz de eso, los amigos comenzaron un acalorado debate tras el cual, las cuentas iban a quedar así: el quinto pasaba a no pagar nada, como ya ocurría con los otros cuatro más pobres; el sexto pagaría 2 € en lugar de los tres que pagaba antes; el séptimo que antes pagaba siete ahora sólo pagaría 5 €; el octavo pagaría 9 € en vez de doce; el noveno, 14 € en vez de dieciocho; y, finalmente, el más rico pagaría 49 € y no los cincuenta y nueve que le correspondían antes del descuento.

Una vez salieron del bar, la discusión subió de tono cuando uno de ellos señaló que el más rico se estaba llevando el 50% del descuento que les hizo el hombre del bar. Ante este dato de nada servía razonar que todos estaban ahora mejor que antes. Los que más elevaban la voz eran, por supuesto, los cuatro que ni pagaban antes ni pagarían después del descuento. Su queja: que a ellos no les tocó nada del descuento de los veinte euros.

La historia continúa de un modo sorprendente, al menos para mí. En la versión que recoge Cartas Liberales, un blog neoliberal, sigue así:
«Entonces, los nueve hombres rodearon al décimo y lo golpearon, se lo madrearon… por rico».
A esto se le llama rizar el rizo. ¿Por qué al guionista le parece necesario hacer que los protagonistas llegasen a las manos? Por lo que me dicen, deduzco que en el subconsciente neoliberal anida una idea según la cual los de abajo están prestos a recurrir a la violencia contra los de arriba de una manera tan bárbara como irracional.

Pero a poco que lo pienses te darás cuenta que suele ocurrir al revés. Basta ver contra quiénes carga la policía y contra quiénes no, así como la facilidad con la que unos, los más desfavorecidos, entran en la cárcel frente a las dificultades que aparecen cuando se trata de un tipo afortunado al que se le pilla robando o estafando enormes sumas de dinero. Sobre todo si ese dinero es público.

Nuestro think-tanker prosigue relatando que al día siguiente el rico no se presentó a la cita, como era de esperar. Los otros nueve bebieron sus cervecitas pero a la hora de pedir la cuenta se llevaron la desagradable sorpresa de que no les alcanzaba ni para pagar la mitad.

La moraleja neoliberal que viene explícita en el chiste, nos dice que una reducción de impuestos ha de beneficiar, sobre todo, al más rico. Nuestro think-tanker añade que si molestamos a los ricos con los impuestos, éstos se irán a tomar sus cervecitas a otra parte, al extranjero quizás, allá donde se les traten bien, donde a buen seguro podrán formar nuevos grupitos de a diez en los que, esta vez sí, no estará permitida la entrada a perdedores. Sólo a ganadores. Gente de su misma clase.

Porque no sé si te habrás fijado, pero lo más extraño del chiste es que el think-tanker da por hecho que existen grupos heterogéneos con tales diferencias de clase. Y más extraño aún es que nos retrate a un neoliberal admitiendo que alguien disfrute de una cerveza que no se puede pagar. Y que además sea él quien tiene que costeársela. Al menos no por norma. Por caridad, puede, pero nunca como una obligación. Quizás sea en este punto donde neoliberales y cristianos encuentran mayores coincidencias.

Y es que, si algo le repugna a un neoliberal es que le hables de impuestos. Algunos preferirían abolirlos del todo pero en general aceptarían un sistema impositivo que fuera igual para todos, independientemente de la riqueza o la pobreza de cada cual. Volviendo al inicio del chiste, lo más probable es que, llegada la hora de pagar, los presuntos colegas dialoguen de una forma muy distinta a como lo hacen en el chiste:
- ¿Cómo pagamos las cervecitas?
- ¿A partes iguales?
- ¿A escote?
Pagar a escote es una expresión que los españoles utilizamos mucho y que, sin embargo, muchos no sabríamos explicar de dónde viene. ¿Tendrá que ver con esa parte de la ropa que deja más o menos visible el pecho de las mujeres? Pues siento decepcionarte, pero no. Lo de pagar a escote parece venir del francés. El término écot significa parte o porción. De ahí que payer son écot signifique pagar todos y cada uno con la misma cantidad de dinero. Aunque hay quien me apunta que eso es “hacer bote” o “ir a pachas”, mientras que “pagar a escote” sería si cada uno paga sólo por aquello que ha consumido.

Habrás oído a más de un neoliberal clamar contra los impuestos directos y defender, más o menos a regañadientes, que éstos han de ser indirectos. A ver si deduces por qué:
  1. Los directos gravan la riqueza en sí misma. Son los impuestos sobre la renta de las personas físicas (IRPF), de las sociedades, de las sucesiones, donaciones, y sobre el patrimonio;
  2. Los indirectos gravan la utilización de esa riqueza. Incluyen el impuesto sobre el valor añadido (IVA), sobre las transmisiones patrimoniales y actos jurídicos documentados, aduanas, o los llamados especiales (alcohol, tabaco, hidrocarburos, matriculaciones).
Está claro, ¿no? Los neoliberales prefieren los impuestos indirectos porque así los pagamos entre todos a partes iguales. Por el contrario, aplicar impuestos directos suele provocar que pague más quien más tiene. Un neoliberal auténtico verá como una gran injusticia la existencia de un impuesto progresivo, y como un mal menor la aplicación de impuestos directos.

Es paradójico que los neoliberales defiendan el individualismo posesivo cuando se trata de acaparar rentas, salarios y privilegios pero ataquen los impuestos si éstos individualizan o tienen en cuenta las circunstancias personales de cada cual. El credo neoliberal pretende que ante los impuestos seamos todos iguales, pero totalmente diferentes cuando se trata del disfrute de los bienes y recursos.

¿Dije que el chiste era clasista, o no lo dije? El autor, o a los autores del mismo, no parecen interesados determinar si es justo o no que a la barra del bar lleguen unos, los más, que apenas pueden pagarse una cervecita o ninguna, a la vez que otros, los menos, que podrían ahogarse en cerveza por los siglos de los siglos.

Igual estás pensando en algo que ya insinué antes: que un grupo así no existe. En el chiste, sin embargo, este grupo pretende ser un símbolo del conjunto de la sociedad. Esos diez individuos de los cuales la mitad no pueden pagarse sus cervezas, equivale a una sociedad con un 50% de pobreza. Un dato odioso, sí, pero es que para un partidario del mercado libre y del Estado mínimo, la sociedad no existe. Existen los individuos. O más bien los consumidores que, a su vez, son competidores entre sí. Y la competición establece un marco en el que solo es posible estar como vencedor o como perdedor.

Antes dije que todo se torció el día que el dueño del bar ofreció un descuento a los diez presuntos amigos. Y que la moraleja de nuestro chistoso think-tanker era que siempre que haya un descuento, éste ha de beneficiar al más rico. Pero hay más moralejas:
  1. Por una parte, cuando un buen número de los componentes del grupo no pueden pagar las cervezas se hace evidente que dependen de que el rico acepte pagárselas. Luego no son libres. Si no hay igualdad, no hay libertad. O dicho de otra manera, el neoliberalismo no es libertad;
  2. Por otra, el dueño del bar bien podría haber previsto lo que iba a pasar tras ofrecerles el descuento: la pérdida de un buen grupo de consumidores. Siguiendo la lógica del mercado libre, el propietario debería buscar su máximo beneficio. Sería más razonable pensar en subirles el precio moderadamente, lo que según la metáfora del chiste abre la posibilidad de subir los impuestos. Los diez parroquianos aplicarían una distribución progresiva como ya hicieron antes y así se evitarían los malos rollos.
Pero, ¿lo admitiría el más rico? ¿Acaso no habría rechazado ya de entrada el sistema de reparto con el que se inicia el chiste? Y de rechazarlo, ¿no se sentiría incómodo al provocar que más de la mitad de sus presuntos amigos se vieran obligados a renunciar a las tertulias del bar?

Más que sentirse incómodos ante las desigualdades de clase, los neoliberales parecen convencidos que es de justicia provocar que éstas aumenten hasta el infinito en pos de su enriquecimiento individual ilimitado. En el neoliberalismo apenas hay lugar para los amigos, los amigos de verdad, pero sí para los intereses, las conveniencias y el tráfico de influencias.

El neoliberalismo es un plan perverso. Pero, sobre todo, es estúpido.


No hay comentarios:

Publicar un comentario