lunes, 13 de julio de 2015

Los dientes de la verdad

De costa a costa: de los fiordos noruegos a la costa atlántica de los Estados Unidos. De barco a barco: desde el Aletheia a la cubierta del Orca. De amenaza en amenaza: de la diminuta bacteria al gran tiburón.

Cuarenta años después, resulta tentador ponernos a analizar la figura de Bruce, el enorme tiburón blanco (Carcharodon carcharias) que aterrorizó las playas de Amity y, en cierta manera, las del mundo entero. Un joven Steven Spielberg (1946) rodó la película Jaws que ese año, 1975, rompió récords de taquilla. En nuestro país la titularon como Tiburón, aunque tampoco hubiera estado mal dejarla en su traducción literal: fauces. El título coincide con el de la novela en la que se basa, la que escribió Peter Benchley (1940-2006) un año antes.

Pero mi intención es otra. Quiero incidir en las evidentes coincidencias que se dan entre Tiburón y la obra que Henrik Ibsen (1828-1906) escribió para el teatro en 1882: Un enemigo del pueblo, de la que hablamos en la entrada anterior, la que titulamos como 'La democracia bajo sospecha'. Ambos alcaldes, el de aquel pequeño pueblo noruego y el de Amity, se oponen a que la verdad se de a conocer para no ahuyentar a los turistas del balneario o de la playa, según el caso. Que algunos políticos entiendan que su cometido consista en mentirnos resulta un tema recurrente tanto en la vida real como en la ficción.

Tanto Benchley, en la novela, como Spielberg, en la película, nos presentaron a Bruce como la encarnación del peligro, como un monstruo, como un asesino en serie, como un “devorador de hombres”. Bueno, y devorador de mujeres, también. Si has visto la película o leído la novela, seguro que te impactó la primera escena en la que una joven es atacada por el jaquetón al ritmo inolvidable que interpretan seis bajos, ocho violonchelos, cuatro trombones y una tuba, bajo la batuta de John Williams (1932).

Es interesante constatar que Benchley se arrepintió de haber contribuido a construir esa imagen de terrorista de los mares que hoy asociamos al tiburón. Los datos contradicen esa percepción: las muertes de seres humanos debidas al ataque de escualos no suelen pasar de cinco al año. Por cada una de ellas, nosotros matamos unos dos millones de tiburones al año. Estamos hablando de alrededor de cien millones anuales a los que damos muerte. Para hacer sopa con sus aletas. O por selacofobia, por ese miedo irracional a estos peces. La cinta de Spielberg no sólo produjo un mayor pánico entre las personas sino que además ocasionó una gran matanza de tiburones en todo el mundo.
«En los últimos años de su vida, Benchley se dedicó exclusivamente al conservacionismo marítimo, dando conferencias contra la explotación del entorno marino y publicando libros como Shark Trouble, donde desmiente científicamente el perfil de serial killer que su libro contribuyó a popularizar». (Peirano, Marta: «Tiburón: 40 años de arrepentimiento». El Mundo, 01/07/2015)
Al igual que el alcalde Stockmann quería evitar que su hermano, el doctor, cerrase el balneario aún a sabiendas de que las aguas estaban contaminadas, tampoco el alcalde de Amity deseaba que el sheriff Brody cerrase las playas. El negocio es el negocio. Pero aquí acaban las similitudes de la novela de Benchley con la obra de Ibsen.

La bacteria contaminante de las aguas del balneario noruego no se convierte en protagonista: el tiburón sí. Sus ataques son espectaculares y los muertos y heridos resultan difíciles de ocultar ante la opinión pública. En Amity, el enemigo del pueblo será el tiburón. La gente quiere acabar con su amenaza, no con el mensajero que les alerta de su existencia. Por el contrario, el pueblo noruego no elige la bacteria como su enemigo, sino al doctor que la descubre.

Finalmente, la lucha contra el monstruo la llevan a cabo tres hombres: el veterano cazador de tiburones Sam Quint, el jefe de la policía local Martin Brody y el oceanógrafo Matt Hooper. En la novela, sólo Brody sobrevive. En la película, Spielberg altera el texto de Benchley para “resucitar” a Hooper y hacer más “explosiva” la muerte del depredador. Tales licencias suponen «un exorcismo colectivo, una ceremonia para la restauración de la confianza ideológica». (Grant, Barry Keith: 'Britton on film'. Wayne State University Press. Detroit, Michigan, 1979)

Lo cierto es que la película no sería la misma sin el júbilo, sin la catarsis, de los espectadores cuando el monstruo es aniquilado de esta manera: significa la destrucción del mal en sí. Es más, Spielberg convierte a Brody en el símbolo de cómo la acción individual puede bastar para lograr el buen funcionamiento de la sociedad. En el mundo occidental, y más en el norteamericano, el individualismo tiene que ser más eficiente que la acción colectiva.

Me llama mucho la atención observar cómo Brody, Quint y Hooper navegan en el mismo barco pero sin formar equipo. Cada uno va a su rollo. Son constantes los conflictos motivados por sus respectivos egos. Lo único que les une es la lucha contra un enemigo externo.

Y es que, en el marco de la sociedad estadounidense, el terror provocado por el tiburón podría interpretarse como una amenaza extranjera: el comunismo, por ejemplo. Esa es la opinión del crítico estadounidense Fredric Jameson (1934), de ideología marxista. Mientras Spielberg disimula los conflictos de clase, que sí están presentes en la novela de Benchley, la desaparición de Quint entre las fauces del monstruo representa algo así –nos dice Jameson– como la destrucción simbólica del viejo y populista Estados Unidos de la época del New Deal. En mi opinión, podemos ver el triunfo del neoliberalismo que, en 1975, está a punto de llegar, en contraposición de la derrota del keynesianismo, que ya queda muy atrás.

Para Jameson, la asociación entre Brody y Hooper viene a ser:
«[Como una] alegoría de una alianza entre las fuerzas de la ley y el orden y la nueva tecnocracia de las corporaciones multinacionales… en la cual el espectador se regocija sin entender si él o ella está excluido». (Jameson, Fredric; 'Signatures of the Visible'. Routledge. New York, 1990)
Con la muerte de Quint desaparece una forma de ser, individualista pero enfrentada al sistema. La muerte de Hooper, en la novela, nos puede hacer dudar de la eficacia de la ciencia y las nuevas tecnologías. Quizás por eso, en la película Spielberg lo resucita de las aguas justo en el último momento. Claramente, es Brody quien triunfa. Él representa los valores de la familia mientras que Hooper y Quint, no. Brody es, además, el representante del orden. El mensaje es claro: tenemos que confiar en los uniformados. Ellos protegen a nuestras familias. No son ellos los enemigos del pueblo. Ni tampoco les chiens de garde (los perros guardianes) de la burguesía, según denunciaba el filósofo Paul-Yves Nizan (1905-1940) en un libro homónimo publicado en 1932.

Si la democracia quedaba bajo sospecha en la Noruega que nos pintó Ibsen, en los Estados Unidos de Spielberg, es el sheriff quien queda fuera de toda duda. La democracia está a salvo de los tiburones, siempre que no sean de los que nadan en Wall Street.

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