viernes, 24 de julio de 2015

Los negacionistas del neoliberalismo

La anterior entrada la acabé afirmando que el liberalismo es un plan perverso, además de estúpido. Además es inhumano. El escritor portugués José Saramago (1922-2010) sostiene que:
«El neoliberalismo es algo que no vale la pena, –desde un punto de vista general– para los intereses de la Humanidad».
Te aclaro que el prefijo neo significa nuevo. Un neoliberal viene a ser un nuevo liberal, con una significación distinta a la que tuvo en otra época y circunstancias, ya veremos por qué.

Pero, hagamos la pregunta:
¿Existe el neoliberalismo? 
¿Qué dicen al respecto los negacionistas del neoliberalismo?

A finales del siglo pasado, el escritor peruano Mario Vargas Llosa (1936), considerado un adalid del neolibaralismo, hacía balance negando la mayor: para él, los neoliberales no existen.
«Me considero liberal –dice el de Arequipa– y conozco a muchas personas que lo son y a otras muchísimas más que no lo son. Pero, a lo largo de una trayectoria que comienza a ser larga, no he conocido todavía a un solo neo-liberal». 
A Vargas Llosa le ocurre como a tantos otros que se autoproclaman como liberales mientras rechazan ser etiquetados como neoliberales. Según él, esa etiqueta es un recurso creado por los enemigos de la libertad (sic), a los que se refiere como esos “intelectuales a los que el desplome de la ideología colectivista ha enviado al paro”, pero que siguen dando que hablar. Para desenmascararlos, recurre a este párrafo:
«La fórmula [del neoliberalismo] no ha sido inventada para expresar una realidad conceptual, sino para devaluar semánticamente, con el arma corrosiva de la irrisión, la doctrina que simboliza, mejor que ninguna otra, los extraordinarios avances que al aproximarse este fin de milenio, ha hecho la libertad en el largo transcurso de la civilización humana». (Vargas Llosa, Mario: «El liberalismo entre dos milenios». El Cato, 10/11/1999)
Recién comenzado este mismo año, desde Colombia, o mejor dicho desde Miami, Daniel Raisbeck (1982) se hace eco de las palabras que el peruano escribiera quince años atrás, en el cambio del milenio:
«Como escribe Mario Vargas Llosa, el neoliberalismo es una “tremebunda entelequia destructora” que se han inventado políticos e ideólogos de toda tendencia –izquierda, derecha y centro–, unidos en torno a “una desconfianza tenaz hacia la libertad como un instrumento de solución para los problemas humanos”». (Raisbeck, Daniel: «El siempre fiable espantapájaros del neoliberalismo». Panampost. Miami, 11/02/2015)
Envolverse en la bandera de la libertad es un gesto recurrente entre los liberales de antes y, por lo visto, lo es también entre los neoliberales de ahora. Tanto los unos como los otros muestran una clara preferencia por los mercados, por la propiedad privada, y una beligerante oposición al socialismo, al Estado y a la redistribución.

Llama la atención que Raisbeck se presente en las listas del partido conservador y no por el liberal, que también existe en Colombia. Ésto puede ser debido, bien a que los liberales colombianos ejercen más bien como socialdemócratas, o bien porque existe una tendencia al entendimiento entre conservadores y neoliberales, y viceversa.

El escocés Keith Dixon, profesor de civilización británica en la Université de Lyon, explica que, a partir de los años setenta, la corriente de pensamiento neoliberal supuso la reactivación del liberalismo económico que había constituido el pensamiento dominante en las políticas que se aplicaban hasta poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, en 1939. (Cruz, Sandro: «Comprender los lazos históricos y políticos del Neoliberalismo con la Globalización». Voltaire Net. París, abril de 2002)

Los treinta años de amplio intervencionismo del Estado que se desarrolló a partir de 1944 constituyeron tan sólo un breve paréntesis en el curso de la historia económica del capitalismo. El nuevo liberalismo, al que ahora llamamos neoliberalismo aparecería en 1972 con el ánimo de eliminar todo vestigio de keynesianismo. Ocurrió bajo el gobierno conservador de Margaret Thatcher (1925-2013).

La dama de hierro exportaría las ideas neoliberales de Friedrich von Hayek (1899-1992) y Milton Friedman (1912-2006) a un buen número de países, tal vez a todos, impregnándolo todo. Y es que el neoliberalismo es –como dice Dixon– la ideología de acompañamiento de eso que hoy conocemos como Globalización.

Los partidos socialdemócratas [los socialistas] colaboraron en la supresión de fronteras para el tránsito de productos y de capitales aunque no de personas; implantación del capitalismo salvaje; destrucción de los sindicatos; no respeto de la seguridad social y de las ocho horas de trabajo, etc. Los socialistas de la tercera vía pasaron a ser neoliberales y aún no saben que lo son.

Liberales y neoliberales aparentan ser sinónimos, pero, ¿hay alguna diferencia entre ambos términos?

Las hay. Pero no están tan claras. Los neoliberales reclaman para sí la herencia ideológica de los primeros liberales, como la de John Locke (1636-1704) y, sobre todo, la de Adam Smith (1723-1790). Pero, en realidad, sus ideas beben más en pensadores más actuales, como von Mises o von Hayek, ambos partidarios de un mundo donde los Estados se reduzcan a su mínima expresión al tiempo que las grandes corporaciones toman el poder.

Desde Santiago de Chile, Daniel Brieba, miembro de Red Liberal, sugiere que el neoliberalismo no conserva apenas nada de la teoría de Adam Smith:
«La percepción del Estado como una amenaza permanente e inminente sobre la libertad humana, en una lógica de suma cero entre la libertad individual y el poder estatal, no es enteramente fiel al espíritu de Smith, que entendía ambos en un forma más complementaria. Por otra parte, el neoliberalismo es también una rigidización del pensamiento de Smith, pues la obsesión de los neoliberales con achicar el Estado y sustituirlo por el mercado a todo evento dista bastante del pragmatismo de Smith, que era amigo pero no esclavo de las soluciones de mercado a problemas sociales y que no tenía complejos en volverse ‘estatista’ si el problema lo requería».
El sociólogo chileno critica que:
«Políticamente, el neoliberalismo se ha caracterizado por su indiferencia hacia las libertades civiles y políticas, o como mínimo la subordinación de éstas a la consecución primera de las libertades económicas». (Brieba, Daniel: «Liberales y neoliberales». Política para principiantes. Santiago, 27/07/2009)
Lo cierto es que los políticos actuales manipulan y someten al resto de los ciudadanos mediante leyes ad hoc para mantener su estatus de casta, siempre al servicio de las grandes corporaciones y las grandes fortunas.

Desde Buenos Aires, Diego Rodríguez, que se autodefine en su cuenta de Twitter como liberal y comiquero, observa que hay incluso similitudes con la religión. No en vano, se habla del fundamentalismo de mercado:
«[Los políticos] utilizan los medios de comunicación, convertidos en plataformas de lavado de cerebro, haciendo creer a los ciudadanos que las medidas se toman por el bien común. Esto tiene un claro paralelismo con las sociedades de los siglos xviii o xix en la que las personas no eran ciudadanos sino súbditos y los liberales combatían las prebendas de la nobleza y el lavado de cerebro realizado por el clero». (Rodríguez, Diego: «Diferencias entre liberalismo y neoliberalismo». En http://rodriguezdiegon.blogspot.com.es, Buenos Aires, 10/2010) 
De hecho, los neoliberales se defienden como pueden de las críticas que denuncian que el neoliberalismo se haya consolidado como un pensamiento único. Para ello, hemos visto como tachan a sus oponentes de enemigos de la libertad, al tiempo que niegan que la propaganda y la ejecución de sus planes neoliberales respondan a una especie de consigna goebeliana o sigan una doctrina totalitaria.

Visto lo visto, cabría hacerse otra pregunta:
¿Existen los liberales? 
¿Dónde están aquellos liberales que decían anteponer los derechos individuales de la gente sobre los derechos de la propiedad de las élites?

La respuesta nos la da otro neoliberal americano, Carlos Alberto Montaner (1943), en este caso nacido en La Habana, pero con nacionalidad española y estadounidense. En su conferencia de Miami, en 2000, establecía una línea de continuidad histórica que no sólo conecta a los neoliberales del siglo xx con los liberales del siglo xvii, sino que incluso se retrotrae a Aritóteles (384-322 a.C.). No obstante, su análisis histórico –muy sesgado por cierto– llega a un punto donde Montaner reconoce lo que Vargas Llosa negaba insistentemente un año antes: que los gobiernos no nos representan, sino que velan por los intereses de la élites que detentan realmente el poder. Dice Montaner:
«Los liberales piensan que, en la práctica, los gobiernos real y desgraciadamente no suelen representar los intereses de toda la sociedad, sino suelen privilegiar a los electores que los llevan al poder o a determinados grupos de presión».
En el artículo citado más arriba, Vargas Llosa criticaba a Robert D. Kaplan (1952) por alertarnos de que la humanidad se encamine hacia un mundo dominado por el autoritarismo encubierto –o no encubierto– de gobiernos en apariencia liberales que ejecutan las órdenes que les dan las grandes corporaciones internacionales. Gracias a su ubicuidad y extraterritorialidad –decía Kaplan– dichas corporaciones gozan de impunidad frente a los Estados, por muy democráticos que estos pretendan ser. Lo hemos visto recientemente con el ninguneo a los griegos por parte de los gobiernos europeos y el FMI al servicio de los bancos y las multinacionales.

Sigue Montaner:
«Los liberales, en cierta forma, sospechan de las intenciones de la clase política, y no se hacen demasiadas ilusiones con relación a la eficiencia de los gobiernos. De ahí que el liberalismo debe erigirse siempre en un permanente cuestionador de las tareas de los servidores públicos, y de ahí que no pueda evitar ver con cierto escepticismo esa función de redistribuidores de la renta, equiparadores de injusticias o motores de la economía que algunos les asignan». (Montaner, Carlos Alberto: «Liberalismo y neoliberalismo en una lección». Liberalismo.org. Miami, 14/09/2000)
En otras palabras, este (neo)liberal nos dice que el liberalismo confía más bien poco en la democracia. El liberalismo, o lo que otros llamamos neoliberalismo, no es más que un disfraz para ocultar una realidad cada vez más clara: que el liberalismo acaba con la democracia. No quieren políticos, quieren gestores. Nos venden la idea de que nosotros podemos elegir pero, en realidad, votamos sólo entre aquellos que ellos quieren, entre los que están dispuestos a obedecer sus órdenes. No hay otra forma de gobernar, insiste Montaner.

Estos presuntos liberales (o neoliberales) toleran que hagamos cosas tales como cambiar de pareja, pero no que rectifiquemos de sistema. 



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