viernes, 31 de julio de 2015

Una guerra de clases unilateral

La lucha de clases consiste, entre otras cosas, en que los de arriba se atribuyen virtudes tales como la decencia y, de ese modo, niegan que los otros, los de abajo, puedan asociarse a ellas. El todavía presidente del gobierno español, Mariano Rajoy (1955) es muy dado a entrar en el juego de las etiquetas para ocultar que su gestión de la Crisis consiste en recortar a las clases medias y bajas para favorecer a los muy ricos o superricos.

Como continuación a Tras la agenda neocon, te cuento que para los del Wall Street Journal, Warren Buffett (1930) es un traidor a su clase. Nos explica Vicenç Navarro (1937) que, en 2011, el economista de Omaha escribió un artículo donde explicaba cómo un superrico como él pagaba menos del 17% de sus ingresos anuales mientras a sus empleados les salía a pagar entre el 33% y el 41%:
«[Buffett] subraya que los superricos no están contribuyendo al sacrificio general que el Gobierno federal de EEUU está pidiendo de todos los ciudadanos para salir de la crisis. A ninguno de los superricos se le ha pedido hasta recientemente que haga ningún sacrificio, y ello a pesar de que –tal como señala Buffett– la crisis les ha ido muy bien a los superricos». (Navarro, Vicenç: «¿Existe lucha de clases?». Público. Madrid, 22/09/2011)
Para Buffett, tanto las rentas derivadas del capital como las derivadas del trabajo, deberían gravarse por igual. Había que dejar de mimar a los superricos, decía. Actualmente, –según Navarro– las rentas del capital están privilegiadas ya que no sólo gravan menos, sino que incluso han ido descendiendo más y más, bajo el argumento de que disminuir tales impuestos al capital facilita la creación de puestos de trabajo.

La teoría del goteo (trickle down effect), acuñada en los años 80 durante la presidencia de Ronald Reagan (1911-2004), supone que favoreciendo a los más ricos, la economía genera beneficios que, cayendo hacia abajo como gotas, se transforman en una ventaja para todos

Sin embargo, ha ocurrido justo al revés: el goteo va de abajo a arriba. Son las rentas de los de abajo las que van a engrosar los bolsillos de los de arriba.

Podríamos pensar que la fiscalidad de un país se diseña atendiendo a criterios marcados por la economía, pero no es así. Detrás de las decisiones que se toman en materia fiscal, hay factores políticos. Los impuestos dependen del poder e influencia que ciertos grupos tienen sobre las instituciones políticas. En nuestra sociedad actual quienes tienen ese poder son los superricos. Es decir, la clase capitalista, o burguesía, es la que decide que los superricos paguen menos y que los demás, ricos o pobres, paguen más.

Que no se hable del poder de los superricos ejercen sobre los políticos tiene mucho que ver con que las empresas que poseen los medios de comunicación pertenecen a esta clase. Apenas hay periodismo independiente. Es muy difícil contrarrestar el mensaje de los poderosos cuando se carece de una televisión, una radio, un periódico. De existir un medio alternativo que hablara por los de abajo, le cerrarían el grifo de la publicidad y vería comprometidos sus ingresos. O bien, crearían ruido, mucho ruido, para que el mensaje se pierda así entre banalidades o medias verdades: ¿Para qué crees que existe la tele-basura? Desengáñate, los medios no viven de la audiencia o de los ejemplares que puedan vender, sino de los anunciantes o las subvenciones que reciben.

La hegemonía cultural norteamericana, con sus dogmas neoconservadores y neoliberales, ha logrado introducir en nuestras neuronas el paradigma de que todos somos clase media. Si no te lo crees, sal y pregunta a ver cuánta gente está dispuesta a admitir que pertenece a la clase baja y mucho menos que está bajo el umbral de la pobreza. El concepto de lucha de clases se ha desvanecido porque así le convenía al sistema neoliberal. Pero existir, existe. Los medios de comunicación insisten en la idea de que hablar de la persistencia de la lucha de clases resulta anticuado.

Grave error, advierte Navarro:
«La ley de la gravedad es muy antigua, pero no es anticuada. Si lo duda, salte de un cuarto piso y lo verá».
Que no se hable de lucha de clases sociales es un síntoma del dominio de clase. Para Noam Chomsky (1928), profesor de lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT):
«[Lo que existe es] una guerra de clases unilateral». (Navarro, Vicenç: «La silenciada lucha de clases». Público. Madrid, 02/07/2013)
La agresividad con que la clase capitalista se emplea en contra de la clase trabajadora y de las clases medias resulta patente. Son las élites privilegiadas quienes provocan el malestar en la civilización y no al revés. Son los superricos quienes vivieron por encima de sus posibilidades. Las clases inferiores no causaron la Crisis.

Es la desigualdad extrema lo que provoca nuestro malestar. Un malestar por el que estamos pagando un precio muy alto, nos dice Joseph Stiglitz (1943). Las desigualdades existen, ya lo hemos dicho, debido al criterio que se aplica a los impuestos favoreciendo a los que más tienen y perjudicando a todos los demás. Pero no sólo es eso. Entre las élites neoliberales encontramos a quienes hicieron fortuna gracias a las concesiones o privilegios a cuenta del Estado que gestionaban y gestionan a través de ese juego del que hablamos en Puertas giratorias. Ese juego que consiste en:
«El ir y venir de personas que un día ocupan un cargo público y al otro están en una empresa privada, y viceversa, la política depende del dinero».
Una vez que el Estado cae en manos de los neoliberales, éstos ya se encargan de cobrarle a éste demasiado por lo que compra (armas, medicamentos) o pagarle demasiado poco por lo que vende (permisos para explotación de minerales, inmatriculaciones).

Además, según Stiglitz:
«Parte de la riqueza de los financieros proviene de la explotación de los pobres por medio de préstamos predatorios y prácticas abusivas con el uso de tarjetas de crédito. En estos casos, los que están arriba se enriquecen directamente de los bolsillos de los que están abajo». (Stiglitz, Joseph: «El precio de la desigualdad». El País. Madrid, 17/06/2012) 
Puede que, desde cierto punto de vista, Warren Buffett esté traicionando a su clase, pero no es culpa suya que el sueño americano esté siendo traicionado por quienes quieren a toda costa acabar con el estado del bienestar, precisamente.

Las élites de todo el mundo apuestan fuerte por instaurar el estado del malestar. Pero harán todo lo posible para distraernos con su panem et circenses.





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