lunes, 31 de agosto de 2015

Control sobre nuestros cuerpos

Te recuerdo que el feminismo se ha visto escindido en dos posturas al respecto de la prostitución: la abolicionista y la legalizacionista. Hace unos meses, dedicamos una entrada a la primera que se tituló De abolir la prostitución; y también otra para la segunda, cuyo título fue De abolir la explotación sexual.

Que Amnistía Internacional se haya posicionado a favor de la despenalización de la prostitución supone un jarro de agua fría para quienes persiguen la abolición de la misma. Algunas actrices de Hollywood ya han mostrado su disgusto. En nuestro país, Lidia Falcón ha soltado frases como ésta:
«No quiero pensar que es la mafia del proxenetismo, con todo su dinero y su poder la que ha dirigido la decisión de AI, sino la ignorancia de las consecuencias que la tal habrá de tener». (Falcón, Lidia: «Carta abierta a Amnistía Internacional». Público. 20/08/2015)
Esperemos que no. No hay otra organización con mayor compromiso en la defensa de los derechos humanos que el que tiene AI, que yo sepa. Al igual que Lidia, también me involucré con esta organización y aún sigo colaborando.

Todos somos conscientes, o eso creo, de que a lo largo de la historia ha habido personas que desde el gobierno u otras entidades han tratado de imponernos (y han impuesto) amplias restricciones sobre lo que nuestras mentes pueden pensar o lo que nuestros cuerpos pueden hacer.

Se meten en cuestiones tan íntimas y privadas de nuestras vidas como lo son el sexo, el tipo de las relaciones que tenemos con los demás o el control de natalidad. Tales cuestiones son abordadas por extraños con el propósito de castigar a quienes no se adaptan a su norma.

Y, sin embargo, –como decía Locke– somos propietarios de nuestros cuerpos. O deberíamos serlo.

Por ello, Amnistía Internacional (AI), la organización que defiende los derechos humanos, nos anima a reclamar el control sobre nuestros cuerpos, nuestra salud y las decisiones personales que afectan a nuestro futuro. Así nos invitan a compartir en Twitter el siguiente mensaje:
«Tengo derecho a decidir sobre mi cuerpo y sobre mi vida, y tú también. No permitas que otras personas elijan por ti #MyBodyMyRights».
En su manifiesto "Mi Cuerpo. Mis Derechos", AI proclama estos siete puntos:
  1. Las relaciones sexuales con consentimiento mutuo no son nunca delito, cualquiera que sea nuestro sexo, orientación sexual, identidad de género o estado civil;
  2. Someterse a un aborto (o ayudar a alguien a abortar) NO convierte en criminales a las personas;
  3. Unos servicios de salud asequibles, confidenciales y de calidad, en los que estén incluidos el acceso a métodos anticonceptivos, no son un lujo, son un derecho humano;
  4. Toda educación e información sobre sexo y las relaciones deben basarse en datos científicos y han de estar a disposición de todas las personas;
  5. Todas las personas tenemos derecho a vivir sin ningún tipo de violencia, incluida la violación;
  6. Tenemos derecho a participar en la confección de leyes, políticas y programas que afecten a nuestros cuerpos y a nuestras vidas;
  7. Si se nos niega nuestra elección en materia sexual y reproductiva, nos asiste el derecho a denunciarlo, a que se investiguen los hechos y esperar que se haga justicia.
Añaden que tal manifiesto no representa un mero acto de fe, sino que se trata de principios fundamentados en derechos humanos consagrados en normas internacionales que imponen obligaciones a nuestros gobiernos que, por supuesto, no cumplen las más de las veces.

En 'El dinero de Locke' vimos cómo tanto Macpherson como Domènech están de acuerdo en algo: que el modo en que Locke define la propiedad es ambiguo. Insanablemente ambiguo dirá Alejandra Ciriza cuando escribe 'Sobre las significaciones de la libertad y la propiedad: una revisión feminista de Locke a la luz de algunos dilemas del presente', un trabajo excelente que nos invita a reflexionar sobre una de las claves en las formulaciones lockeanas: que la primera propiedad de un individuo es su propio cuerpo. (Ciriza, Alejandra: «Sobre las significaciones de la libertad y la propiedad: una revisión feminista de Locke a la luz de algunos dilemas del presente». Revista de Sociologia e Política, vol.18, no.36. Curitiba, junio de 2010)

La autopropiedad puede significar dos cosas:
  1. Que el individuo goza de autonomía sobre sí mismo;
  2. Que se es propietario del propio cuerpo a la manera de una cosa. 
Las dispares interpretaciones que de la teoría de Locke hacen Macpherson o Domènech nos lo presentan bien como un liberal, el primero, bien como un republicano, el segundo. Dicho esto podrías pensar que el profesor canadiense simpatizaba con las tesis liberales pero era, más bien, un marxista humanista. Del profesor catalán podríamos decir que es un marxista republicano.

Locke es republicano en cuanto se opuso al poder absolutista del monarca. Es liberal en cuanto a que desliza dicho poder hacia un parlamento que será controlado por los de su clase. Recordemos que Locke militaba en el partido whig, que representaba a los liberales de entonces.

A Ciriza lo que le interesa es determinar qué tipo de libertad tenemos sobre nosotros mismos, sobre nuestros cuerpos. En el trabajo antes citado, Ciriza critica el enfoque de Judith Jarvis Thomson (1929) según el cual «las mujeres pueden abortar pues tienen sobre su cuerpo (cosa) derecho de propiedad». Según esa lógica, el cuerpo de una mujer es suyo como una cosa de la que puede disponer libremente, negándose a aceptar un embarazo no consentido.

Esta es la disyuntiva que nos plantea Ciriza:
  1. Libertad como ausencia de interferencia;
  2. Libertad como autonomía para actuar libre de la dominación.
De una manera o de otra, los cierto es que por todo el mundo existen las discriminaciones que impiden a mucha gente actuar en libertad. Según AI:
«Existen muchos obstáculos para los derechos sexuales y reproductivos, entre ellos las barreras en el acceso a los servicios de salud, la información y la educación. Sin embargo, detrás de estos problemas subyace la discriminación. Las mujeres, las niñas y las personas que integran grupos marginados, como las personas que viven en la pobreza, las minorías, las castas llamadas “inferiores”, los hombres gays, las mujeres lesbianas y las personas transgénero, se enfrentan a un enorme riesgo cuando tratan de ejercer estos derechos». («Derechos sexuales y reproductivos». Amnesty.org)
A Amnistía Internacional le preocupan esos riesgos y por eso toma decisiones en temas tan polémicos como el aborto o la prostitución. Según Salil Shetty (1961), director general de esta organización:
«Los trabajadores sexuales son uno de los grupos más marginados del mundo, quienes en la mayoría de los casos afrontan un riesgo constante de discriminación, violencia y abuso».
Tal vez sigas pensando que AI está dando su apoyo a la explotación sexual de tantas y tantas mujeres. La organización lo niega por medio de una de sus asesoras, Catherine Murphy, quien dijo:
«[La nueva política] significará la despenalización de leyes sobre trabajo sexual consentido. La explotación o tráfico dentro del comercio sexual seguirán siendo delitos». (Nguyen, Katie: «Amnistía Internacional apoya la despenalización de la prostitución». La Vanguardia, 12/08/2015)
A mí me parece obvio. ¿Y a ti?

jueves, 27 de agosto de 2015

Una vegana a bordo del Aletheia

Nos anuncias tu veganismo y revolucionas la cubierta del Aletheia. Y lo haces justo cuando Masahiro, nuestro chef, nos presenta su menú de sushi y sashimi que incluye piezas de atún, salmón, pargo, caballa, jurel y langostino.

Puede que a más de uno nos amargues la cena pero, como filósofos, queremos conocer tus motivos para ser vegana. Queremos saber tu verdad, aunque cuestione la nuestra.

Empiezas por definir el concepto del veganismo: se trata de un principio moral que se resume en la idea de no utilizar a los animales para ningún propósito ni en ninguna forma. Lo que se traduce en la práctica en una actitud firme en no consumir productos de origen animal, ya sea con fines alimenticios, de vestimenta, higiene, entretenimiento u ocio.

Entre los filósofos de a bordo, a más de uno le ha molestado tu respuesta a una pregunta directa que se te hizo:
– «¿Lo haces por salud o por motivos éticos?».
– «Por ambas cosas» –dijiste.
Que sea por llevar una dieta más saludable es algo que todo el mundo puede entender e incluso aceptar. Pero cuando añades que se trata de una cuestión ética deja de ser algo que te concierne sólo a ti, pues le estás diciendo al resto que comemos carne que no lo estamos haciendo bien. Estás apelando a la ética colectiva tanto como a la individual.

Alguien te habla claro: No le gusta que una niña rica venga a decirnos que se siente superior a nosotros por el hecho de ser vegana.

Ésta fue tu respuesta:
«No me siento superior por ser vegana. Lo cierto es que soy vegana porque no me siento superior a nadie». (Añades que la cita pertenece a Michele McCowan)
Sabes bien que discutir sobre las ventajas o inconvenientes de llevar una dieta u otra no constituye un debate incómodo. Otra cosa es cuando nos enfrentas a un problema que los humanos todavía no hemos sabido resolver: ¿estamos legitimados para hacer sufrir a los animales?

Admites que son muchos los te han dicho que los animales no sufren. A ellos les recomiendas ver Earthlings (2003), dirigido por Shaun Monson. Earthlings (o Terrícolas) es un documental acerca de cómo los humanos explotamos a los animales de otras especies. 

Precisamente, hay un aspecto que quieres aclarar: no se trata de seguir una dieta vegana. Ser vegano implica no hacer daño a los animales. Está claro que los animales sufren cuando los llevamos al matadero. Algunos humanos no saben, o fingen no saber, que los cerdos, pollos, terneras, atunes y delfines son desangrados mientras aún están vivos. De lo contrario, su carne no sería apta para el consumo. 

Pero hay más. Los animales también son asesinados para obtener sus pieles. Los veganos se oponen a vestir abrigos de foca, calzar zapatos de cuero o portar bolsos de cocodrilo. También a los rellenos con plumas de oca, los célebres plumíferos. Y a las prendas confeccionadas con piel conejo. Y por supuesto aquellas que utilizan la lana o la seda.

Del mismo modo, la ética vegana está absolutamente en contra de que la industria experimente sus productos sobre animales. La experimentación con animales es una auténtica tortura. No es que los veganos estéis en contra de la ciencia. Para nada. De momento, los productos cosméticos que utilizas no se hicieron a base de pruebas sobre animales, como suele ocurrir con la mayoría de los que hallamos en las tiendas.

Los veganos os oponéis también a la caza deportiva, esa que convierte en colegas a un rey que dispara a los elefantes, un dentista que apunta a los leones o un frutero que abate perdices. 

Y no estáis de acuerdo, tampoco, con que se permita esclavizar animales a beneficio del espectáculo en circos, en acuarios o en zoos. Los animales no son un entretenimiento. Rechazas que nos divirtamos jugando con ellos hasta la muerte como ocurre en los festejos taurinos, las peleas de gallos o de perros, y en los rodeos.

El veganismo no es una moda, dices. Rechazas esa asociación de ideas que empareja a cantantes o actrices con el veganismo. Que Nosequien haya seguido una dieta vegana no puede emplearse para confundir a la gente en el sentido de que sólo los ricos y famosos optan por ser veganos. Afirmas que muchos son como tú: gente sencilla comprometida con unos valores éticos.
«La ética no se basa en meros caprichos o deseos personales sino en normas objetivas basadas en la razón. ¿Por qué iba ser diferente en el caso de otros animales?». 
Insistes en que de acuerdo con la lógica:
«No debemos hacer a otros individuos aquello que no deseamos que nadie nos haga a nosotros mismos».
Estás apelando al principio de igualdad o de igual consideración. Si no queremos que nadie nos use como comida, tampoco debemos comernos a otros individuos que tampoco desean que nadie les someta, les mate ni les haga daño. Todos los seres dotados de sensación somos conscientes de nosotros mismos y poseemos unos intereses básicos relativos a nuestra supervivencia y bienestar.

Ahora diriges la mirada hacia mí y me recuerdas lo que yo mismo puse por escrito en una de mis últimas entradas:
«Los animales tienen derechos porque pueden padecer daño: tienen derechos en cuanto son pacientes morales».
Recuerdo que la cita era del profesor Alcoberro.

El especismo –dices– consiste en discriminar de la igual consideración moral a otros individuos sólo porque pertenecen a una especie distinta a la nuestra. Es lo mismo que discriminarles por ser de otro sexo u otra raza.

Nos hablas con dulzura pero con voz firme. Te crees lo que dices, porque tienes razón.

El capitán del Aletheia nos anuncia que someterá a votación declarar la nave como vegan-friendly. De hecho, algunos nos planteamos cómo es que hemos llegado a viejos (o casi) sin habernos enfrentado nunca a esta cuestión. Tal vez es que mirábamos hacia otro lado.

Como inicio no está mal. Así que te pregunto:
– «¿Volveremos sobre el tema?».
– «Sí».
– «¿Seguro?».
– «Segura».



miércoles, 26 de agosto de 2015

Con el toro por bandera

Lo ha dicho Juan Carlos I de Borbón (1938), el que fuera rey de España hasta hace bien poco. Lo podemos leer en La Razón, periódico promonárquico y... protaurino:
«La Fiesta es un activo de España que tenemos que apoyar». («Don Juan Carlos: “La Fiesta es un activo de España que tenemos que apoyar”». La Razón, 13/08/2015)
Sin embargo, el catedrático de filosofía Jesús Parra Montero nos recuerda que no todos los reyes pensaron como nuestro regio cazador de elefantes. (Parra Montero, Jesús: «El apoyo banal de los “Borbones” a la ¿fiesta nacional?». En nuevatribuna.es, 20/08/2015)

Fueron muchos los monarcas que prohibieron la “fiesta nacional”. Quien más hizo por recuperarla fue, precisamente, Fernando VII de Borbón, el rey Felón, quien tras derogar la Constitución de Cádiz se dedicó a cerrar universidades y a perseguir a muerte a los liberales.

Los liberales de ahora, los neoliberales, se hacen eco en Libertad Digital de las palabras del matador Enrique Ponce (1971) al brindarle un toro al ex-monarca:
«Su majestad, para mí es siempre un verdadero placer brindarle un toro, pero hoy me hace especial ilusión porque con su presencia, no sólo dignifica y defiende abiertamente la fiesta de los toros, sino también las tradiciones y la cultura de nuestro pueblo, un claro gesto por la democracia y la libertad». («Ponce, a Juan Carlos: “Su presencia en San Sebastián es un gesto de democracia y libertad”». Libertad Digital. 13/08/2015)
Todo ésto viene a cuento de que San Sebastián recuperaba las corridas de toros con el cambio de consistorio. Una decisión democrática, tan democrática como lo fue prohibirlas. Lo que chirría, en todo caso, es que alguien le diga al rey que considera democrática su presencia sabiendo que un rey, salvo rarísimas excepciones, no se somete al veredicto de las urnas. Y que hable de libertad, cuando él no se la concede al toro.

Observando la presencia de símbolos taurinos por doquier, uno diría que nuestros paisanos muestran una querencia hacia el toro. ¿La tenemos? ¿Mostramos la acción de amar o querer bien al toro? Pues en eso consiste la querencia. ¿O se trata, más bien, de una tendencia a repetir lo que nuestros antepasados hacían con independencia de si está bien o mal?

Tradición, tradición, y tradición.

Lo cierto es que los españoles, algunos españoles, parecen identificarse con la imagen del toro, pero ¿qué es lo que les gusta de esa imagen?

Según escribe Rubén Galgo para Brandemia, la silueta del toro es (o debería ser) la auténtica Marca España:
«Es un elemento muy gráfico e identificador de España como animal ibérico, bravo, de raza, masculino, fuerte...». (Galgo, Rubén: «La historia del Toro de Osborne, la auténtica marca España». Brandemia. 12/03/13)
Como ves la cosa va de testosterona.

Entremos pues al trapo de la rojigualda con la silueta del toro bordado. La empresa Zings, una de las que las fabrica, utiliza este argumento de venta:
«Luce tu orgullo español y taurino».
Ocurre que algunos no encuentran ese orgullo en la cabeza, sino en la entrepierna. Me remito a las palabras que el embajador José María Sanz Pastor dijo con motivo de nuestra última gran hazaña bélica, la que supuso retomar la isla Perejil:
«Más que los boinas verdes y el Tercio Duque de Alba, teníamos que haber plantado en el islote el toro de Osborne, para que los vecinos del Sur vieran, además, lo que le cuelga de la entrepierna...». (Burgos, Antonio: «Un toro de bandera». El Mundo. Madrid, 31/07/2002)
El caso es que él no acudió a la cita. Hubiera estado bien verlo allí, aunque fuera en bañador.

El embajador pertenece a ese grupo de españoles que asocian su patriotismo con el tamaño de los cojones que cuelgan de las vallas de Osborne a lo largo y ancho de, valga la redundancia, nuestra piel de toro.[1] Siendo así, hay cierta coherencia en aquella frase que el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero (1960), alias ZP, pronunció en su día:
«Y luego van de patriotas por la vida... patriotas de hojalata». («Zapatero acusa a los dirigentes del PP de ser "patriotas de hojalata"». 20 minutos, 18/12/2005)
Lo que pasa es que por la boca muere el pez, y cinco años más tarde ZP se confabuló con esos “patriotas de hojalata”, con el PP, para cambiar el Artículo 135 de la Constitución, siguiendo las órdenes de la canciller de Alemania y sin consultar la opinión de los españoles. Con ello, se daba prioridad absoluta al pago a los bancos de los intereses y el capital de la deuda pública del Estado sobre cualquier otra necesidad de gasto que pudiera afectar a los españoles. ¿Patriotismo, dices? Un patriotismo de cojones de hojalata, diría yo.

La silueta negra del toro sobre la bicolor se corresponde con la época actual, la de la Transición borbónica. Hay una cierta correspondencia, en mi opinión, con los tiempos en que ondeaba la bandera franquista, pues su escudo se enmarcaba también en una silueta negra, pero en este caso la de un águila. Cabe recordar que el Generalísimo repuso las tres franjas horizontales, roja, amarilla y roja, de la anterior etapa monárquica en sustitución de las que componían la bandera de la Segunda República (1931-1939) que era roja, amarilla y morada. Por cierto, durante el periodo republicano las corridas no se suspendieron.

Pero nos hemos alejado de la pregunta: Los españoles, ¿amamos realmente al toro?

En la web del filósofo Ramon Alcoberro (1957) hay una entrada para la ética animal donde se dice:
«Alguien se convierte en sujeto moral en la medida en que puede hacer un bien (es ‘agente moral’), o en la medida en puede sufrir un mal (y entonces se denomina ‘paciente moral’). A tal efecto resulta secundario que ese ‘alguien’ sea racional o no».
Según el profesor de la Universitat de Girona y de la UOC, los animales tienen derechos porque pueden padecer daño: tienen derechos en cuanto son pacientes morales.

Los humanos podemos llegar a ser muy peligrosos con los miembros de nuestra propia especie –lo vimos en La guerra de todos contra todos– pero sin duda aún lo somos más para las demás especies.
«El hombre no es el único animal que piensa, sino el único que piensa que no es un animal». (Alcoberro, Ramon: «Ética animal: definiendo un ámbito». Filosofia i pensament)
Que nosotros, los humanos, hemos hecho de nuestro planeta un infierno para los animales, ya lo decía Arthur Schopenhauer (1788-1860) hace más de un siglo. Según él, los humanos no debemos compasión a los animales, sino justicia.

Al filósofo prusiano le gustaba pensar, pensar hasta el final. Así decía frases como ésta:
«Ni el mundo es un artilugio para nuestro uso ni los animales son un producto de fábrica para nuestra utilidad». (Parerga und Paralipomena. Kleine philosophische Schriften, 1851)
De Schopenhauer se dice que fue el primero en reivindicar los derechos de los animales.

En Tauromaquia: entre el placer y la ética criticamos el sufrimiento que infligimos a los toros a benefico del espectáculo. Me dicen que me quedé corto, y debo admitir que tienen razón. Por eso esta entrada.

Apelando a la tradición y por mor del espectáculo, hay un lugar en España donde la multitud aún lancea un toro hasta darle muerte. Se trata de un linchamiento, ni más ni menos: esto es, una ejecución sin proceso y ejecutada tumultuariamente. Desde el Ayuntamiento lo ven de otra manera:
«El Toro de la Vega constituye el eje de las tradicionales fiestas de Tordesillas, miles de ciudadanos de diferentes partes de nuestro país y de fuera de nuestras fronteras llegan a Tordesillas para presenciar este singular festejo». («El toro de la Vega». En tordesillas.net, Última visita en 08/08/2015)
Tradición, tradición y tradición. Y negocio, al parecer.

Los iracundos vecinos de Tordesillas que están a favor de continuar con la tradición, toleran muy mal las críticas provenientes de quienes defienden los derechos de los animales. Tanto es así que en la pasada edición la emprendieron a pedradas contra los manifestantes que se oponían al acto, provocando que varias personas sufrieran heridas. («Batalla a pedradas en Tordesillas en el torneo del Toro de la Vega, que dejó 4 heridos por asta». En 20minutos.es, 16/09/2014)

Temen tal vez que algún día se prohiba este tipo de tortura, como ya ocurrió con aquella infame costumbre de lanzar una cabra desde el campanario de Manganeses de la Polvorosa, otro pueblo de Castilla y León, por cierto.

Hace apenas unos días, un toro era abatido a tiros en Coria, un pueblo de Extremadura. 
«El sacrificio de Guapetón, uno de los animales utilizados el pasado junio, con un disparo de escopeta en plena vía pública y rodeados de vecinos, “puede constituir una infracción grave” de la Ley de Seguridad Ciudadana». (Jiménez Gálvez, José María: «En Coria el toro va en nuestro ADN». El País, 07/08/2015)
En opinión de Almudena Domingo, teniente de alcalde de esta localidad, «el toro va en nuestro ADN», lo que no deja de ser otra manera de certificar que para muchos, y para muchas, el toro forma parte de nuestra identidad. Nos guste o no.

Practicamente en toda España se celebran festejos taurinos. Donde vivo, y en muchos sitios de Valencia, Castellón, Tarragona y Teruel, celebran el bou embolat (toro embolado) en el marco de lo que se conoce como Bous al carrer o Correbous.[2] La diversión, en este caso, consiste en colocar sendas bolas de fuego sobre las astas del animal.

Al respecto, los del partido animalista PACMA dicen:
«Consideramos una forma evidente de maltrato animal causar pánico al toro, que al tratar de deshacerse del fuego llega incluso a quemarse. Obligar a los toros a llevar fuego en la cabeza sin poder zafarse del peligro que para ellos supone, les provoca episodios de ansiedad y estrés muy elevados». («PACMA denuncia la celebración del 'Toro Jubilo' en Medinaceli». En pacma.es, 14/11/2010)
El maltrato que damos a los animales está relacionado con el maltrato que damos o podemos llegar a dar a los seres humanos. 

Ya lo decía Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928):
«Los hijos de los que asistían con religioso y concentrado entusiasmo al achicharramiento de herejes y judaizantes se dedicaron a presenciar con ruidosa algazara la lucha del hombre con el toro, en la que sólo de tarde en tarde llega la muerte para el lidiador. ¿No es esto un progreso?». (Parra Montero, Jesús: «El apoyo banal de los “Borbones” a la ¿fiesta nacional?». En nuevatribuna.es, 20/08/2015)
El escritor y político valenciano añadía que la única bestia en la plaza es la gente.

Pero de eso hace mucho tiempo. Este año, en San Sebastián, el alicantino José Mari Manzanares (1953) gritaba: «Viva España». Para, a continuación dar muerte a uno o más toros. Al fin y al cabo, su oficio no es otro que el de matador. La incongruencia consiste en asociar los vivas a nuestra nación (el patriotismo) con las muertes por diversión (el absurdo).

Y como una incongruencia lleva a otra, uno se acuerda de aquel incidente que protagonizara el fundador de la Legión, José Millán-Astray y Terreros (1879-1954), cuando exclamó fuera de sí:
«Viva la muerte, muera la inteligencia».
Algunas fuentes aclaran que, en realidad, lo que dijo es que mueran los intelectuales traidores. Se refería, sobre todo, a Miguel de Unamuno (1864-1936) allí presente. Con sus exabruptos, el legionario estaba dando la razón, sin saberlo, no sólo a Blasco Ibáñez, sino a John Locke (1632-1704) que, en el siglo xvii, dijo que la crueldad con los animales tendría efectos negativos sobre la evolución ética de los niños, ya que más tarde transmitirán la brutalidad a la interacción con los seres humanos. (Locke, John: Some Thoughts concerning education (1693))

No se puede amar y maltratar al mismo tiempo: es un oxímoron.

Amemos pues a los animales. Porque eso es lo que nos hace humanos. No matemos la inteligencia. O por lo menos, no permitamos que los patriotas de hojalata nos conviertan en salvajes. En matarifes.


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[1] Según el geógrafo griego Estrabón (64-19 a.C.), la península ibérica [Iberia] se parecía a una piel de toro extendida de oeste a este.
[2] En Cataluña prohibieron las corridas de toros pero no se atrevieron a prohibir también los correbous.


viernes, 7 de agosto de 2015

Tauromaquia: entre el placer y la ética

El tema taurino no nos deja indiferentes a los filósofos. Pero como navegantes no nos queda otra: tenemos que mojarnos. De una manera u otra, nos vamos posicionando a favor o en contra.

Confieso que siendo niño, o adolescente, no lo tenía tan claro. Mi abuelo me llevó a la plaza alguna vez. Difícilmente podía escapar a las corridas que se emitían por la televisión, porque a mis mayores les gustaban. Tampoco era raro que me enviasen a comprar entradas para quienes nos visitaban, especialmente si eran extranjeros. Tengo amigos y amigas que se declaran taurinos y se ofenden si se cuestionan las corridas. Sin casi darme cuenta, los toros pasaban a formar parte de mi identidad como español. Y a buen seguro que esto fue lo que les pasó a muchos de los que nacieron antes de la década de los ochenta, y puede que de los setenta también.

Los españoles de entonces (y algunos de los de ahora) presumen de la fiesta nacional ante los turistas pensando que a éstos les va a encantar. Lo  cual no siempre ocurre: las dos comunidades que prohibieron las corridas de toros son de las que más turistas reciben: Canarias y Cataluña.

Precisamente, suelen ser los extranjeros quienes abren nuestros ojos ante la crueldad con que tratamos a estos animales. Creo que muchos podríamos relatar algo parecido a lo que nos cuenta Jordi Calvo Rufanges en su blog:
«Recuerdo también llevar orgulloso a los primeros extranjeros que conocía a ver esta tradición de mi tierra, quizá la más característica. Y fue en este momento, cuando algunas de sus preguntas sobre las posibles lesiones que el toro pudiera tener por correr por la calle asfaltada durante más de una hora, sobre el daño que el fuego pudiera hacer a sus ojos en el caso del llamado toro embolao, de si el toro tenía estrés o se sentía mal por pasar por tal trance, me hicieron pensar. Claro, yo nunca me había hecho estas preguntas, ni nadie a mi alrededor, por lo que no tenía respuestas. Fue entonces cuando empecé a prestar atención a los discursos que cuestionaban la fiesta del toro y explicaban sus efectos sobre el animal. Parece difícil de cuestionar que hacer pasar al animal por cualquier festejo taurino es en todo caso un situación traumática para el mismo. Porque acabará con lesiones físicas, por muy reducidas que sean y porque tendrá impacto psicológico en animal en forma de estrés o algún daño similar. De lo que no hay duda es de que el animal sufre, mucho o poco, pero sufre». (Calvo Rufanges, Jordi: «De jugar a toros a antitaurino». Diario de un altermundista. Público. Madrid, 31/07/2015)
La cita es larga pero valía la pena. Algunas cosas, sobre todo las que se justifican a través de la tradición, nos resultan difíciles de cuestionar cuando formamos parte de ella.

De poco sirve a los protaurinos dejar en evidencia a los de fuera, porque no entienden, porque no saben apreciar el arte del toreo, pues quienes se oponen a la fiesta, lo hacen por empatía hacia el que sufre. En cambio, los que defienden la lidia sostienen que los animales no sufren. Quizás porque les niegan el alma o porque Dios le dijo al hombre que tenía dominio sobre todo bicho viviente. O, simplemente, porque no les importa demasiado.

Lo más habitual es que los antitaurinos argumenten que en las plazas se tortura a los animales:
«La tortura no es cultura».
Es su grito de guerra que contrasta con la afirmación de los protaurinos de que el toreo es un arte.

A los antitaurinos tampoco les vale que les digan que también se tortura a los cerdos, corderos, atunes y pollos que nos comemos, porque a eso también se oponen, al menos la mayoría. Los antitaurinos militan en partidos o movimientos ecologistas o animalistas, y practican, cada vez más, el vegetarismo o el veganismo.

Es difícil trazar un perfil de quienes están a favor de las corridas. Los ha habido analfabetos o catedráticos, actrices o filósofos, monárquicos o republicanos, fascistas o progresistas.

Entre estos últimos, Enrique Tierno Galván (1918-1986) decía cosas como ésta:
«El torero sigue siendo mítico y, cuando expresa la valentía humana frente a la bruta, el pueblo se enardece y los viejos entusiasmos reaparecen». (Wikiquote)
El mito frente al logos, de nuevo. La tradición frente a la razón.

El poeta de la Generación del 27, Federico García Lorca (1898-1936) arremetía así contra sus colegas de la Generación del 98:
«El toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo». (Wikiquote)
Y es que muchos escritores y filósofos de la Generación del 98 detestaban las corridas de toros, pues las culpaban del atraso de la sociedad española. Recordemos que 1898 marca el momento en que España alcanza su decadencia al perder en guerra contra los Estados Unidos sus últimas colonias de ultramar: Cuba, Filipinas, Guam,...

Lo cierto es que el mundo de la cultura ha salido, en más de una ocasión, para echar un capote a los taurinos. Éstos se arropan con los grabados que Francisco de Goya (1746-1828) dedicara a esta fiesta, así como enarbolan los lienzos de Pablo Picasso (1881-1973). Pero, ¿no te parece un argumento débil? Los museos están llenos de cuadros que representan el arte de la guerra y no por ello hemos de dejar de oponernos a ese horror. Lo mismo ocurre con los poetas, dramaturgos, cineastas y dibujantes de comics. Que la guerra exista en la cultura no es motivo para reivindicarla como un bien cultural. ¿O te parece que sí?

Pues, más o menos, esa es la estrategia del Partido Popular en relación con el mundo de los toros. En febrero de este año, el entonces todavía ministro de Cultura José Ignacio Wert (1950) destacaba la importancia que tendría celebrar en el futuro que la fiesta de los toros fuera nombrada Patrimonio Cultural Inmaterial por parte de la UNESCO. Lo dijo en Albacete, durante el discurso inaugural del I Congreso Internacional de Tauromaquia. Como anfitriona, María Dolores de Cospedal (1965) afirmó:
«Los toros son la manifestación cultural más propia e identificativa de la cultura española, y eso no lo podemos perder». (Congreso Internacional de Tauromaquia, 28/02/2015)
Los antitaurinos arguyen que no es ético subvencionar la tauromaquia con fondos públicos, mientras que los protaurinos resaltan la poquedad de tales ayudas.
«Si se analizan los contenidos de los Presupuestos Generales del Estado en los últimos cinco años: la Tauromaquia no existe. Tan sólo en tres ocasiones aparece una pequeña partida de 30.000 euros para el Premio Nacional de Tauromaquia, una de las cuales no se llegó a utilizar porque no se convocó». (Medina, Juan: «Las subvenciones a los toros en los Presupuestos Generales del Estado (2010-2014)». Taurología.com)
En realidad resulta difícil saber cuánto nos cuesta la tauromaquia a los españoles, sobre todo si nos empeñamos en mirar las cuentas donde no quedan reflejadas.
«Las ayudas públicas mantienen vivo el negocio de los toros. [...] Las subvenciones a las ganaderías es solo una parte ínfima del gran negocio del toro. Las ayudas a los festejos dependen directamente de los ayuntamientos o las comunidades autónomas». (Martínez, Toni: «Las ayudas públicas mantienen vivo el negocio de los toros». La Marea. Valencia, 03/08/2012)
Para hacernos una idea, sólo la Comunidad de Madrid destina un millón y medio de euros a la partida de Asuntos Taurinos. («Los toros le cuestan a la Comunidad de Madrid 1,4 millones de euros». Estrella Digital. Madrid, 02/11/2014)

El despilfarro queda patente en pueblos como Torica, en Guadalajara, que construyó su plaza en 2010, en plena crisis, con un coste de 2 millones de euros. El aforo del coso es de 3.000 espectadores cuando el municipio apenas cuenta con 1.300 habitantes. Y no era prioritario como sugiere Ecologistas en Acción:
«Este pueblo no tiene dinero para una depuradora de aguas residuales, para contratación de personas desempleadas, para un centro social o para una casa de cultura». («Hoy se inaugura la polémica plaza de toros de Torija». El Digital de Castilla La Mancha, 10/09/2010)
Parece bastante claro que a los liberales (o neoliberales) no les parece tan mal que nuestros impuestos sirvan para sostener la fiesta taurina.

Ante esta evidencia, los neoliberales recurren a un Premio Nobel para emendarles la plana a los animalistas. Éstas son las razones que da Mario Vargas Llosa (1936) al ser preguntado por Fernando Sánchez Dragó (1936):
«El toro bravo existe porque existen los toros; si no, desaparecería. Es una creación de la Fiesta taurina. Y es un animal privilegiado, tratado con inmenso amor, aunque lo ignoren muchos animalistas. Se realiza en las plazas de toros». («Vargas Llosa: "El toro es tratado con inmenso amor, aunque lo ignoren muchos animalistas"». Abc. Madrid, 11/05/2012)
Los animalistas dirán que es al revés: que existen corridas porque existen los toros y que, además, éstos no están tan bien tratados. En todo caso, lo que ocurre en la plaza es tremendamente cruel, no se puede hablar de amor por un animal al que se le tortura y se le mata. Tanto Sánchez Dragó como Vargas Llosa  reconocen que las críticas que reciben por la crueldad y el sufrimiento les hacen mella y ambos admiten tener la conciencia desgarrada entre el placer y la ética.

Pero lo que de verdad le apena a Vargas Llosa es la prohibición de los toros en Cataluña porque estima que se trata de una decisión política, para manifestar su desafío a la unidad de España.

Son sus razones, pero hay otras.

Corría el mes de julio de 2010 cuando me encontré, sin querer, inmerso en un debate sobre la decisión del parlamento catalán de abolir las corridas de toros. Estaba en un restaurante de una aldea apartada en el monte. Aquella tarde éramos tres comensales: un matrimonio ocupaba una mesa y yo la otra.

El hombre criticaba la decisión de los catalanes y les negaba que tuvieran legitimidad para prohibir la fiesta: «Al que no le guste que no vaya», decía.

Yo traté de explicarle que existen unas cuantas razones para oponerse a que en nuestro país se practique la tortura contra los animales. Eso les enfadó, sobre todo a él que exclamó:
«A los catalanes habría que meterlos en un saco y lanzarlos al mar».
En ese momento comprendí que la Guerra Civil, en según que sitios, permanecía en las neuronas más que enterrada en las cunetas.
«Lo que usted dice ya está inventado: en América del Sur lo llamaban los vuelos de la muerte».
No me escuchaba. Discretamente, el mesonero se me acercó para explicarme, en voz baja, que mi interlocutor era un ganadero de reses bravas, de las que se utilizan para la lidia.

Más tarde supe que el sector de la tauromaquia se hallaba en una tremenda crisis con cada vez menor número de reses bravas y también de festejos taurinos. Estábamos muy cerca de Almansa, una ciudad manchega que tres años antes había prohibido las corridas sin, aparentemente, generar traumas. En 2007, tanto Almansa como Paterna acabaron con la organización de espectáculos taurinos en sus localidades. La decisión fue adoptada, además, con el voto favorable del PP en ambos municipios.

El episodio anterior acabó cuando la pareja abandonó el local. Ella aún se me acercó para disculparse por la salida de tono. Él no.

Aquella muestra de odio me dejó pensativo. Los animalistas llevan la voz cantante cuando se trata de reivindicar los derechos del toro. Es una cuestión de empatía con los animales que sufren. Pero hay un aspecto que se nos suele pasar por alto y que tiene que ver con la antropología: cuando acudimos a la plaza, participamos como espectadores de una tortura. Nos convertimos en cómplices. ¿Hasta qué punto nos afecta? ¿Nos hace mejores o peores como seres humanos? ¿Si admitimos el maltrato a los animales, no admitiremos también el maltrato contra las personas?

Un gran conocedor de los animales dijo:
«La fiesta nacional es la exaltación máxima de la agresividad humana». (Wikiquote)
La frase es de Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980).