viernes, 7 de agosto de 2015

Tauromaquia: entre el placer y la ética

El tema taurino no nos deja indiferentes a los filósofos. Pero como navegantes no nos queda otra: tenemos que mojarnos. De una manera u otra, nos vamos posicionando a favor o en contra.

Confieso que siendo niño, o adolescente, no lo tenía tan claro. Mi abuelo me llevó a la plaza alguna vez. Difícilmente podía escapar a las corridas que se emitían por la televisión, porque a mis mayores les gustaban. Tampoco era raro que me enviasen a comprar entradas para quienes nos visitaban, especialmente si eran extranjeros. Tengo amigos y amigas que se declaran taurinos y se ofenden si se cuestionan las corridas. Sin casi darme cuenta, los toros pasaban a formar parte de mi identidad como español. Y a buen seguro que esto fue lo que les pasó a muchos de los que nacieron antes de la década de los ochenta, y puede que de los setenta también.

Los españoles de entonces (y algunos de los de ahora) presumen de la fiesta nacional ante los turistas pensando que a éstos les va a encantar. Lo  cual no siempre ocurre: las dos comunidades que prohibieron las corridas de toros son de las que más turistas reciben: Canarias y Cataluña.

Precisamente, suelen ser los extranjeros quienes abren nuestros ojos ante la crueldad con que tratamos a estos animales. Creo que muchos podríamos relatar algo parecido a lo que nos cuenta Jordi Calvo Rufanges en su blog:
«Recuerdo también llevar orgulloso a los primeros extranjeros que conocía a ver esta tradición de mi tierra, quizá la más característica. Y fue en este momento, cuando algunas de sus preguntas sobre las posibles lesiones que el toro pudiera tener por correr por la calle asfaltada durante más de una hora, sobre el daño que el fuego pudiera hacer a sus ojos en el caso del llamado toro embolao, de si el toro tenía estrés o se sentía mal por pasar por tal trance, me hicieron pensar. Claro, yo nunca me había hecho estas preguntas, ni nadie a mi alrededor, por lo que no tenía respuestas. Fue entonces cuando empecé a prestar atención a los discursos que cuestionaban la fiesta del toro y explicaban sus efectos sobre el animal. Parece difícil de cuestionar que hacer pasar al animal por cualquier festejo taurino es en todo caso un situación traumática para el mismo. Porque acabará con lesiones físicas, por muy reducidas que sean y porque tendrá impacto psicológico en animal en forma de estrés o algún daño similar. De lo que no hay duda es de que el animal sufre, mucho o poco, pero sufre». (Calvo Rufanges, Jordi: «De jugar a toros a antitaurino». Diario de un altermundista. Público. Madrid, 31/07/2015)
La cita es larga pero valía la pena. Algunas cosas, sobre todo las que se justifican a través de la tradición, nos resultan difíciles de cuestionar cuando formamos parte de ella.

De poco sirve a los protaurinos dejar en evidencia a los de fuera, porque no entienden, porque no saben apreciar el arte del toreo, pues quienes se oponen a la fiesta, lo hacen por empatía hacia el que sufre. En cambio, los que defienden la lidia sostienen que los animales no sufren. Quizás porque les niegan el alma o porque Dios le dijo al hombre que tenía dominio sobre todo bicho viviente. O, simplemente, porque no les importa demasiado.

Lo más habitual es que los antitaurinos argumenten que en las plazas se tortura a los animales:
«La tortura no es cultura».
Es su grito de guerra que contrasta con la afirmación de los protaurinos de que el toreo es un arte.

A los antitaurinos tampoco les vale que les digan que también se tortura a los cerdos, corderos, atunes y pollos que nos comemos, porque a eso también se oponen, al menos la mayoría. Los antitaurinos militan en partidos o movimientos ecologistas o animalistas, y practican, cada vez más, el vegetarismo o el veganismo.

Es difícil trazar un perfil de quienes están a favor de las corridas. Los ha habido analfabetos o catedráticos, actrices o filósofos, monárquicos o republicanos, fascistas o progresistas.

Entre estos últimos, Enrique Tierno Galván (1918-1986) decía cosas como ésta:
«El torero sigue siendo mítico y, cuando expresa la valentía humana frente a la bruta, el pueblo se enardece y los viejos entusiasmos reaparecen». (Wikiquote)
El mito frente al logos, de nuevo. La tradición frente a la razón.

El poeta de la Generación del 27, Federico García Lorca (1898-1936) arremetía así contra sus colegas de la Generación del 98:
«El toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo». (Wikiquote)
Y es que muchos escritores y filósofos de la Generación del 98 detestaban las corridas de toros, pues las culpaban del atraso de la sociedad española. Recordemos que 1898 marca el momento en que España alcanza su decadencia al perder en guerra contra los Estados Unidos sus últimas colonias de ultramar: Cuba, Filipinas, Guam,...

Lo cierto es que el mundo de la cultura ha salido, en más de una ocasión, para echar un capote a los taurinos. Éstos se arropan con los grabados que Francisco de Goya (1746-1828) dedicara a esta fiesta, así como enarbolan los lienzos de Pablo Picasso (1881-1973). Pero, ¿no te parece un argumento débil? Los museos están llenos de cuadros que representan el arte de la guerra y no por ello hemos de dejar de oponernos a ese horror. Lo mismo ocurre con los poetas, dramaturgos, cineastas y dibujantes de comics. Que la guerra exista en la cultura no es motivo para reivindicarla como un bien cultural. ¿O te parece que sí?

Pues, más o menos, esa es la estrategia del Partido Popular en relación con el mundo de los toros. En febrero de este año, el entonces todavía ministro de Cultura José Ignacio Wert (1950) destacaba la importancia que tendría celebrar en el futuro que la fiesta de los toros fuera nombrada Patrimonio Cultural Inmaterial por parte de la UNESCO. Lo dijo en Albacete, durante el discurso inaugural del I Congreso Internacional de Tauromaquia. Como anfitriona, María Dolores de Cospedal (1965) afirmó:
«Los toros son la manifestación cultural más propia e identificativa de la cultura española, y eso no lo podemos perder». (Congreso Internacional de Tauromaquia, 28/02/2015)
Los antitaurinos arguyen que no es ético subvencionar la tauromaquia con fondos públicos, mientras que los protaurinos resaltan la poquedad de tales ayudas.
«Si se analizan los contenidos de los Presupuestos Generales del Estado en los últimos cinco años: la Tauromaquia no existe. Tan sólo en tres ocasiones aparece una pequeña partida de 30.000 euros para el Premio Nacional de Tauromaquia, una de las cuales no se llegó a utilizar porque no se convocó». (Medina, Juan: «Las subvenciones a los toros en los Presupuestos Generales del Estado (2010-2014)». Taurología.com)
En realidad resulta difícil saber cuánto nos cuesta la tauromaquia a los españoles, sobre todo si nos empeñamos en mirar las cuentas donde no quedan reflejadas.
«Las ayudas públicas mantienen vivo el negocio de los toros. [...] Las subvenciones a las ganaderías es solo una parte ínfima del gran negocio del toro. Las ayudas a los festejos dependen directamente de los ayuntamientos o las comunidades autónomas». (Martínez, Toni: «Las ayudas públicas mantienen vivo el negocio de los toros». La Marea. Valencia, 03/08/2012)
Para hacernos una idea, sólo la Comunidad de Madrid destina un millón y medio de euros a la partida de Asuntos Taurinos. («Los toros le cuestan a la Comunidad de Madrid 1,4 millones de euros». Estrella Digital. Madrid, 02/11/2014)

El despilfarro queda patente en pueblos como Torica, en Guadalajara, que construyó su plaza en 2010, en plena crisis, con un coste de 2 millones de euros. El aforo del coso es de 3.000 espectadores cuando el municipio apenas cuenta con 1.300 habitantes. Y no era prioritario como sugiere Ecologistas en Acción:
«Este pueblo no tiene dinero para una depuradora de aguas residuales, para contratación de personas desempleadas, para un centro social o para una casa de cultura». («Hoy se inaugura la polémica plaza de toros de Torija». El Digital de Castilla La Mancha, 10/09/2010)
Parece bastante claro que a los liberales (o neoliberales) no les parece tan mal que nuestros impuestos sirvan para sostener la fiesta taurina.

Ante esta evidencia, los neoliberales recurren a un Premio Nobel para emendarles la plana a los animalistas. Éstas son las razones que da Mario Vargas Llosa (1936) al ser preguntado por Fernando Sánchez Dragó (1936):
«El toro bravo existe porque existen los toros; si no, desaparecería. Es una creación de la Fiesta taurina. Y es un animal privilegiado, tratado con inmenso amor, aunque lo ignoren muchos animalistas. Se realiza en las plazas de toros». («Vargas Llosa: "El toro es tratado con inmenso amor, aunque lo ignoren muchos animalistas"». Abc. Madrid, 11/05/2012)
Los animalistas dirán que es al revés: que existen corridas porque existen los toros y que, además, éstos no están tan bien tratados. En todo caso, lo que ocurre en la plaza es tremendamente cruel, no se puede hablar de amor por un animal al que se le tortura y se le mata. Tanto Sánchez Dragó como Vargas Llosa  reconocen que las críticas que reciben por la crueldad y el sufrimiento les hacen mella y ambos admiten tener la conciencia desgarrada entre el placer y la ética.

Pero lo que de verdad le apena a Vargas Llosa es la prohibición de los toros en Cataluña porque estima que se trata de una decisión política, para manifestar su desafío a la unidad de España.

Son sus razones, pero hay otras.

Corría el mes de julio de 2010 cuando me encontré, sin querer, inmerso en un debate sobre la decisión del parlamento catalán de abolir las corridas de toros. Estaba en un restaurante de una aldea apartada en el monte. Aquella tarde éramos tres comensales: un matrimonio ocupaba una mesa y yo la otra.

El hombre criticaba la decisión de los catalanes y les negaba que tuvieran legitimidad para prohibir la fiesta: «Al que no le guste que no vaya», decía.

Yo traté de explicarle que existen unas cuantas razones para oponerse a que en nuestro país se practique la tortura contra los animales. Eso les enfadó, sobre todo a él que exclamó:
«A los catalanes habría que meterlos en un saco y lanzarlos al mar».
En ese momento comprendí que la Guerra Civil, en según que sitios, permanecía en las neuronas más que enterrada en las cunetas.
«Lo que usted dice ya está inventado: en América del Sur lo llamaban los vuelos de la muerte».
No me escuchaba. Discretamente, el mesonero se me acercó para explicarme, en voz baja, que mi interlocutor era un ganadero de reses bravas, de las que se utilizan para la lidia.

Más tarde supe que el sector de la tauromaquia se hallaba en una tremenda crisis con cada vez menor número de reses bravas y también de festejos taurinos. Estábamos muy cerca de Almansa, una ciudad manchega que tres años antes había prohibido las corridas sin, aparentemente, generar traumas. En 2007, tanto Almansa como Paterna acabaron con la organización de espectáculos taurinos en sus localidades. La decisión fue adoptada, además, con el voto favorable del PP en ambos municipios.

El episodio anterior acabó cuando la pareja abandonó el local. Ella aún se me acercó para disculparse por la salida de tono. Él no.

Aquella muestra de odio me dejó pensativo. Los animalistas llevan la voz cantante cuando se trata de reivindicar los derechos del toro. Es una cuestión de empatía con los animales que sufren. Pero hay un aspecto que se nos suele pasar por alto y que tiene que ver con la antropología: cuando acudimos a la plaza, participamos como espectadores de una tortura. Nos convertimos en cómplices. ¿Hasta qué punto nos afecta? ¿Nos hace mejores o peores como seres humanos? ¿Si admitimos el maltrato a los animales, no admitiremos también el maltrato contra las personas?

Un gran conocedor de los animales dijo:
«La fiesta nacional es la exaltación máxima de la agresividad humana». (Wikiquote)
La frase es de Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980).



4 comentarios:

  1. 'Capotadas a la ciencia y estocadas a la decencia', un muy buen artículo de Julio Ortega Fraile.
    http://www.eldiario.es/caballodenietzsche/Capotadas-ciencia-estocadas-decencia_6_420018002.html

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  2. Como el artículo hace referencia a los liberales le diré que cuando las personas piensen lo mismo que Ud. los toros se abolirán solos, porque nadie irá a la fiesta y esta no será rentable. Pero eso no le gusta y prefiere hacer una ley que imponga su idea u opinión sobre la de los demás por la fuerza del Estado y eso para Ud. no es violencia. Se horrorizan por la violencia contra un toro y aplauden la violencia y la imposición sobre las personas, buena filosofía.
    Podemo seguir. Como vegetariano no como carne y estoy en contra de todo maltrato animal. Las granjas, mataderos, etc son lugares donde se maltrata a los animales y también se les estresa, por lo que podemos hacer una ley que prohíba toda la ganadería. Es que el toro sufre y la gallina no. Ud. ha visto los cerdos metidos en cuartos donde no se pueden ni mover, ni ver la luz, se les alimenta para que engorden... y luego ¿ha visto como se mata un cerdo? ¿Porque no se mete con el cerdo y deja en paz al toro? Se lo digo yo, porque detrás del toro hay política y muchos catamañanas dispuestos a aplaudirle y detrás del cerdo están todos los que le aplauden. Hipocresia. ¿no le parece?

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    1. Hola, Txus,

      Estoy de acuerdo con su primera frase pero a partir de la segunda creo que no ha entendido el fondo de la cuestión.

      Dice usted ser vegetariano. En este blog encontrará al menos dos entradas que van un poco más allá: el veganismo o el animalismo. Quizá le interese su lectura. Aquí tiene los enlaces:

      http://elnaufragodelaletheia.blogspot.com.es/2015/08/una-vegana-bordo-del-aletheia.html

      http://elnaufragodelaletheia.blogspot.com.es/2015/09/chapoteando-entre-delfines-degollados.html

      Le aclaro que el autor de estas líneas no aplaude la violencia sobre las personas, en absoluto. Sería difícil ponerle ejemplos porque este tema está presente en muchas de las entradas al blog. Por poner al menos uno:

      http://elnaufragodelaletheia.blogspot.com.es/2014/05/la-guerra-de-todos-contra-todos.html

      Según me dice yo afirmo que "el toro sufre pero la gallina no". No es cierto. Por algo me hice vegano. Afirma ser vegetariano (que no vegano) por evitar que las gallinas o los cerdos sufran, pero ¿sostiene también que el toro no sufre? ¿O que le da igual que sufra? ¿De qué hipocresía me habla?

      De verdad que me gustaría saberlo.

      Saludos.

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    2. Púes muy fácil de entender. Ud. como quiere el sufrimiento de la gallina y por tanto se abstiene de comerla, pero con los toros pasa a la acción. Haga lo mismo con todo y no según le interese. ¿Cuantas veces se ha manifestado a favor de las vacas? ¿y de los cerdos?, pero el toro si. Si no le gustan los toros no vaya y listo, que es lo que hace con la gallina. Es todo política. En este rollo se os ve el plumero. Saludos.

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