sábado, 12 de septiembre de 2015

Chapoteando entre delfines degollados

Cada inicio de septiembre tiene lugar una matanza de delfines en Japón. Un rincón paradisíaco del parque nacional en Wakayama, se tiñe de rojo para la ocasión con la sangre derramada por más de mil delfines degollados. Previamente fueron cercados por los botes y dirigidos hacia una cala concreta: una trampa.

Según el documental The Cove (2009) cada año los japoneses matan cerca de 23.000 cetáceos, entre delfines y marsopas. El ministerio de Agricultura, Forestal y Pesca nipón rebaja la cifra total a trece mil pero admite que son unos 1.200 los delfines que se matan cada año en la cala de Taiji. En cualquier caso, es difícil saberlo puesto que se impide, no sin violencia, el acceso a las cámaras. De hecho, la mayor parte de la película dirigida por Louie Psihoyos (1957) fue grabada en secreto.

Vamos a navegar en el tiempo.

¿Te acuerdas de Flipper? Fue una famosa serie de televisión que se emitió entre 1964 y 1967. Su protagonista era un delfín mular (Tursiops truncatus). Aunque sería más exacto decir que ese papel lo interpretaban cinco delfines hembra, los que Ric O'Barry (1941) capturó y luego entrenó para la serie. Estos delfines de nariz de botella son los más habituales en los espectáculos acuáticos con animales. Dicen de ellos que son también los más inteligentes, los más sensibles. Y como todos los animales que se encuentran en cautiverio sufren depresiones. 

En cierta ocasión, Cathy nadó hasta los brazos de Ric. Inhaló aire a través de su orificio nasal. Pero no lo exhaló. Los cetáceos no respiran de manera automática como los humanos, sino que cada inhalación de aire les supone realizar un esfuerzo. Según O'Barry, aquelllo fue un sucidio.

Después de eso, Ric O'Barry dejó de entrenar delfines en cautividad para sumarse a la causa en contra de la cautividad de los animales. De hecho, es el alma-mater de la película The Cove, antes citada.

Se da la paradoja de que los seres humanos seguimos gastando miles de millones de dólares para enviar señales al espacio en busca de vida inteligente cuando posiblemente haya especies junto a nosotros que lo son tanto o más que nosotros.

Según Seth Shostak (1943), director del Search for extraterrestrial intelligence (SETI):
«El presupuesto de la NASA programado para el 2015 es de 2.500 millones de dólares, mucho menos que una milésima parte del presupuesto federal total de EE.UU. A los proyectos del SETI les corresponde una milésima parte del presupuesto de la NASA». («Jefe del SETI: "Se podría encontrar vida extraterrestre, pero los políticos se oponen"». En rt.com, 19/08/2014)
Has deducido bien: Lo que el jefe del SETI trata de decirnos es que con más financiación se podría avanzar en programas que permitieran encontrar vida extraterrestre en un plazo inferior a veinte años. Pero los políticos se oponen, se queja Shostak.

Buscamos la inteligencia fuera del planeta azul mientras nos negamos a admitir que los animales que nos rodean la tengan. Aunque en realidad, hay algo más importante que la inteligencia: la conciencia. Los delfines tienen conciencia de sí mismos, como los humanos.

Como los humanos que les cortan el cuello mientras chapotean en su sangre.

El caso es que no se trata de dinero, sino de combatir la plaga, dicen los propios pescadores. Los gobiernos de los tres países balleneros, Japón, Noruega e Islandia, culpan a los cetáceos de diezmar determinadas poblaciones de peces. (Donhauser, Michael: «Tres países contra el resto del mundo en la reunión de la Comisión Ballenera». El Mundo, 11/07/2011)

Se niegan a reconocer que somos los humanos quienes, en realidad, estamos acabando con las especies marinas. Según un informe publicado en la revista Science, en 2006, el colapso total de la pesca llegará antes de cuarenta años si se mantiene el ritmo actual de capturas. O sea, antes de 2046. (Dean, Cornelia: «Study Sees ‘Global Collapse’ of Fish Species». The New York Times, 03/11/2006)

Por otra parte, el consumo de carne de delfín o de ballena presenta graves riesgos para la salud humana ya que se han encontrado altas concentraciones de mercurio en su carne. (Johnston, Eric: «Mercury danger in dolphin meat». The Japan Times, 23/09/2009)

No lo hacemos por dinero, ni tampoco deberíamos comer la carne de los cetáceos. Entonces, ¿por qué los matamos?

Los humanos somos bien capaces de convertir lo paradisíaco en dantesco, como ocurre en la cala de Taiji, en las islas Feroe u otros lugares. Y lo hacemos por el mismo motivo que aún existen las corridas de toros: por tradición. Por el espectáculo. Por la diversión. Por cultura.

Bordeamos pues en el terreno de la antropología. Siendo que la cultura se define como el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc., quizás deberíamos corregir el lema que utilizan los animalistas: la tortura sí es cultura. Aunque ello nos disguste.

Pero estas escenas dicen poco de los delfines y mucho, en cambio, de nosotros. De vez en cuando uno tiende a pensar como Thomas Hobbes (1588-1679) que nos advertía a los humanos que a quien más hemos de temer es a la especie humana, precisamente.

1 comentario:

  1. Sin duda, lo que se les hace a los delfines es horrible, pero considero que esto no se distingue en realidad de lo que la mayoría hace a los animales cada día. Masacrar a los delfines por tradición no sería moralmente distinto a comer cerdos por costumbre. En ambos casos infligimos sufrimiento y muerte a los animales sólo por obtener un beneficio, un placer.

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