lunes, 14 de septiembre de 2015

Sin noticias del 11S

Ni los diarios lo llevan en sus portadas ni las cadenas de televisión abren sus informativos apelando al 11S. Han pasado muchos años desde aquel 11 de septiembre de 2001: catorce para ser exactos.

Apelar, ¿he dicho apelar? Apelamos cuando recurrimos a alguien o algo en cuya autoridad, criterio o predisposición ponemos nuestra confianza para dirimir, resolver o favorecer una cuestión. Y para eso, precisamente, se utilizaron los atentados contra las Twin Towers (torres gemelas) y el Pentágono: para zanjar cualquier discusión en torno al nuevo orden que las élites iban a imponer al mundo, empezando por los mismísimos Estados Unidos de América.

El 11S cambió la forma de ver el mundo de mucha gente y por eso es un tema que nos interesa como filósofos. Lo veremos a continuación.

Puede que estés pensando que vamos a dedicar esta entrada a las teorías de la conspiración que anticipábamos en 'Inmersos en las conspiraciones', hace sólo unos días. Pero no, hoy haremos otra cosa. Vamos a hablar, si te parece, de lo que ha significado el 9/11 (11S) en nuestra historia más reciente.

No sólo las portadas, sino muchos artículos, entrevistas, reportajes, discursos, declaraciones, etc. hicieron referencia a la infamia del 11S para luego justificar el lanzamiento de bombas primero sobre Afganistán, luego sobre Irak, y mientras tanto sobre Yemen, Pakistán u otros países. En otras palabras, el 11S serviría para emprender guerras preventivas contra otros países que ni siquiera habían amenazado con atacar a los Estados Unidos.

Las guerras pueden tener varios efectos positivos para las élites, por muchos y terribles que sean los efectos negativos para los ciudadanos. Estoy pensando no sólo en la relación que tienen con la extracción, el tráfico o la especulación de los recursos naturales (como el petróleo), sino también en el aumento del presupuesto en armamento. Las élites económicas las forman, entre otros, gente de la industria petrolífera y armamentista.

Bastó apelar al 11S para aprobar, en poco más de treinta días, la Patriot Act, una ley que acababa con la vigencia de los derechos humanos y las libertades civiles. Por poner un ejemplo, con esta ley se puede proceder a la inmediata detención de los sospechosos sin notificación a sus familiares y sin derecho a abogados defensores o notificación de causa... y con carácter indefinido.

Al pueblo norteamericano se le dijo que tenía que elegir entre su seguridad y sus derechos constitucionales. Pero la elección ya estaba hecha: el 7 de octubre de 2001, el presidente George W. Bush (1946) había declarado su War on Terror (Guerra contra el terrorismo) lo que colocaba a cualquiera que criticara su política en la posición de un enemigo del propio país, un traidor, un disidente o un presunto terrorista.

Para eso sirve poner a tu país en estado de guerra. Eso sí, no de una guerra cualquiera, sino que todo apunta a que se trata de una guerra perpetua.

Tanto es así que, a día de hoy, Wesley Kanne Clark (1944) sospecha incluso de quienes pierden un trabajo o rompen con una novia porque pasan a formar parte de un grupo de personas especialmente peligroso. Este general retirado tiene, aparentemente, poco que ver con el republicano y conservador Bush. De hecho, en 2003, se postuló como precandidato del Partido Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, con el apoyo, entre otros, de Michael Moore (1954).

Sin embargo, catorce años después del 11S, Wesley Clark se declara partidario de encerrar a los estadounidenses “desleales“ que no apoyen la guerra contra el terrorismo, la que se inventó Bush:
«En la Segunda Guerra Mundial, si alguien apoyaba la Alemania nazi, a expensas de los Estados Unidos, no dijimos que ejercía su libertad de expresión. Los pusimos en un campamento. Eran prisioneros de guerra». (Nimmo, Kurt: «US General Wesley Clark Calls For Interning “Disloyal” Americans Who Do Not Support the “War on Terrorism”». Global Research. Toronto, 18/07/2015)
No sé muy bien como eran aquellos campamentos de los años 40 pero, a día de hoy, un campamento quiere decir Guantánamo, lo más parecido a uno de esos campos de concentración erigidos por los nazis. En sintonía con lo que dice Clark, no resulta tan extraño que el actual presidente Barack Obama (1961), [prematuro] premio Nobel de la Paz, siga sin cumplir su promesa de cerrarlo.

Tras el 11S se instauró la censura. Apelando al patriotismo, se acabó con la libertad de expresión:
«Hoy por hoy, desde el famoso encuentro que Condolezza Rice, Consejera de Seguridad Nacional, sostuvo con los dueños de las cinco principales cadenas televisivas del país el 10 de octubre de 2001, la prensa norteamericana aceptó la más férrea censura gubernamental. El 11 de octubre, un día después del encuentro con Rice, se logró la total capitulación de los medios de comunicación en Estados Unidos bajo el pretexto de los dueños de las cadenas de someterse por “patriotismo“». (Alvarado Godoy, Percy Francisco: «La renovación de la Ley USA Patriot: nuevo intento por perpetuar las violaciones y la antidemocracia». Rebelion.org, 11/05/2004)
El 11S sirvió, además, para justificar la tortura. La que se practicaba en la prisión de Abu Ghraib, en Irak, en Guantánamo u otros lugares clandestinos a lo largo del planeta adonde llegaban nuevos secuestrados mediante los vuelos secretos de la CIA. Para Bush, la Convención de Ginebra no tiene lugar en este caso, puesto que los terroristas no usan uniforme y no se rigen por las normas de la guerra. Un argumento que le servía para animar a sus agentes, con o sin uniforme, a actuar al margen de la ley y sin respetar los derechos humanos: es decir, como terroristas. (Saiz, Eva: «EE UU empleó técnicas de tortura tras los atentados del 11-S». El País, 17/04/2013)

Según el vicepresidente Dick Cheney (1941), a los que torturaron bajo sus órdenes habría que glorificarles y deberían ser condecorados. (Dann, Carrie: «Cheney on Interrogation Tactics: 'I Would Do It Again in a Minute'». NBC News, 14/12/2014)

Si fuiste de los que creyeron que Obama arreglaría los desaguisados de Bush, Cheney y CIA, siento decirte que te equivocaste. Todo sigue igual, o peor.

Por un caso de espionaje tuvo que dimitir el presidente Richard Nixon (1913-1994) en 1974. Sigue siendo el único que ha pasado por ese trance a pesar del espionaje masivo llevado a cabo por la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) durante los últimos dos años de Bush en la Casa Blanca y durante toda la etapa de Obama. El PRISM, que así se llama este programa de vigilancia electrónica, pudo llevarse a cabo, ¡cómo no!, apelando al 11S. De no ser por Edward Snowden (1983) ni tú, ni yo ni tampoco Angela Merkel (1954) sabríamos que nos estaban espiando. Aunque probablemente lo siguen haciendo.

Es cierto que la acción que presuntamente acabó con la vida de Osama bin Laden (1957-2011), un diez de marzo de 2011, tuvo el efecto de acabar con la eterna cacería del creador de Al Qaeda. Pero sólo fue para sustituirlo por un enemigo aún mayor: el ISIS. En 2014, el líder del Estado Islámico, Abu Bakr al-Baghdadi (1971), cortaba los lazos con Al Qaeda al tiempo que se autoproclamaba califa con el nombre de Ibrahim.

El 11S había servido para crear un enemigo creíble en sustitución de la amenaza que representaba la Unión Soviética (URSS). Pero con bin Laden amortizado, aún sirvió para rescatar de entre sus cenizas un nuevo monstruo del mal capaz de sembrar el terror y el caos en aquellos lugares del planeta donde a la élite le interese. La masa de inmigrantes que ahora cruza las fronteras de Europa es consecuencia, tal vez inesperada, de haber iniciado la Guerra de Irak y de haber creado y financiado tanto a Al Qaeda como al ISIS. Pero ya hablaremos de ello en otro momento.

Que el 11S haya dejado de ser noticia no significa que la gente haya aceptado el relato que se nos contó entonces como válido. Los del 9/11 Truth Movement (Movimiento por la Verdad del 11-S) cuestionan la versión oficial tanto en Internet como en mítines locales, conferencias nacionales e internacionales. Se llaman a sí mismos “9/11 Truthers” o “escépticos del 9/11”. Rechazan, en cambio, que les etiqueten de “teoristas en la conspiración”. Y, sí, de ellos también hablaremos. Pero otro día.

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